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AÑO III - WASHINGTON DC., ESTADOS UNIDOS -
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Carlos Chiavarino
(Foto Antonio Montano) |
FALLECIO
EN BUENOS AIRES, ARGENTINA, CARLOS CHIAVARINO, UN PERIODISTA
Y AMIGO CABAL
Por Marcelo Mendieta
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Carlos Chiavarino, Carlitos,
era un extraordinario ser humano. Generoso hasta la médula.
Sabía que estaba solo, sin familia en Buenos Aires, y
todos los domingos nos ofrecía su mesa dominical con
tallarines que preparaba su suegra con hongos italianos.
Compartíamos la mesa con su esposa Gina, la mamá
de Gina y Carlitos, su hijo, con otro gran solitario: el poeta
tucumano Guillermo Orce Remis. El gran bajo argentino Victor
de Narké, que había actuado dirigido por Pablo
Casals, entre otros grandes maestros, fue invitado a dar una
audición privada para el Santo Padre Pabo VI. Al concluir
el recital, varios cardenales se ofrecieron para acompañarlo
a recorrer Roma. Ante el asombro de ellos, les pidió
que lo llevaran al mercado para comprar hongos para su
amigo Carlos Chiavarino. Llenó una bolsa grande con ellos
y por vía de la diplomacia vaticana, llegaron frescos
a la casa de Carlitos.
En 1955, el gobierno de la Revolución
Libertadora que había derrocado al presidente Juan Domingo
Perón, lo designó interventor en la Biblioteca
de la Fundación Eva Perón. Carlitos tomó
el cargo, ordenó un inventario, puso en orden las colecciones
y pidió instrucciones. La orden telefónica fue
terminante: “¡Queme todos los libros!”.
Sin decir palabra, colgó y sin hesitar, llamó
al director de una de las grandes bibliotecas del mundo
y le dijo que la Biblioteca de la Fundación era suya.
Llegaron camiones, cargaron todos los libros y ese pedazo de
la historia argentina ha quedado preservada para los estudiosos
de cualquier lugar del planeta.
Ingresamos contemporáneamente a La Nación.
A él, después de pasar por otras secciones, lo
integraron a la sección de crítica de cine
junto con Nicolás Cócaro, Bartolomé de
Vedia, Rolando Riviere, Ernesto Schoo y Tomás Eloy Martínez.
Almorzábamos con el chispeante Carlitos en el restaurante
del diario y después lo acompañaba a ver algunos
de los estrenos.
Tenía un excelente humor. Sus cuentos nos hacían
llorar de risa. Hay muchos que andan dando vueltas por el tiempo
y siempre que uno los repite en distintos auditorios tienen
la frescura primigenia.
Un día, salía corriendo del diario
para ir a tomar un avión para Bolivia. Habían
derrocado a Paz Estensoro y había combates en La Paz.
En el pasillo de San Martín 344 – la puerta de
los periodistas, como le llamaba Constantino Del Esla - , me
preguntó dónde iba y cuando se lo dije, escribió
un nombre en un papel y puso un teléfono. “Llámalo,
en mi nombre. El sabe todo”. Así fue. Gané
a mis 27 años la primera plana de La Nación con
mis despachos firmados, cuando firmar era un privilegio reservado
solo para para los grandes periodistas y escritores de todo
el mundo, por las informaciones del amigo de Chiavarino y de
otros generosos amigos escritores y poetas que había
conocido en Salta y Jujuy. Nunca olvidaré el abrazo que
me dio Manucho Mujica Lainez cuando ingresé de regreso
de Bolivia a la redacción, felicitándome por mi
trabajo. Bajé del avión y fui al diario para ver
la colección de ejemplares atrasados, y allí estaban
mis crónicas de la revolución boliviana de 1964.
Una sola vez lo ví con la mirada perdida, triste; no
tenía noticias de su hijo. Carlitos había ido
a ver un partido de fútbol en la cancha de River Plate
y una parte de la tribuna se había derrumbado. Fue a
buscarlo y regresó con la sonrisa que le estallaba en
la cara. Su hijo no había sufrido ni un rasguño.
Nos reuniamos a comer en el Club de Pelota y
Esgrima de la calle Moreno al 900, junto con los compañeros
y amigos de la redacción. En toda su vida, la institución
no permitió jamás la presencia de una dama en
sus dependencias. Las despedidas, los encuentros, las festividades,
constituían un pretexto para compartir la mesa y un buen
vino. Carlos Chiavarino era el dueño de casa, debido
a su antigüedad como socio y dirigente de esa entidad.
Gracias a Antonio Montano, he logrado el recuerdo gráfico
de una de las últimas reuniones gastronómicas
de Carlitos y nuestros ex compañeros, fotografía
que comparto con ustedes.
Chiavarino sigue vivo en nuestros corazones. M.M |
En uno de los salones del
antiguo Club de Pelota y Esgrima, sentados de izquierda
a derecha, Bartolomé De Vedia, Carlos Chiavarino,
Esteban Ezcurra y Eduardo
Bonelli.De pie, de izquierda a derecha Germán González,
Rafael Saralegui,Ovidio Bellando, Carlos Correch, Héctor
Masquelet, Jorge Cruz, Juan Carlos Insiarte, Ignacio López,
Enrique Mayochi, Fernando Sánchez Zinny, Norberto
García Rosada, Antonio Montano y Pedro Sivak. |
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| La Nación lo despidió
con esta necrología:
Ha repercutido dolorosamente en los ambientes
vinculados con el periodismo la noticia del fallecimiento de
Carlos L. Chiavarino, que durante varias décadas fue
redactor de LA NACION, donde dejó un vivo recuerdo por
su vasta formación cultural, su gran calidez humana y
su profundo sentido de la camaradería y la amistad.
Firme defensor de las ideas democráticas,
se había iniciado en la labor periodística como
redactor del diario Democracia, al que llegó en noviembre
de 1955 acompañando a quien fue en ese momento su director,
Ricardo Mosquera Eastman.
En LA NACION, a cuya Redacción se incorporó
en 1958, cumplió diferentes funciones: trabajó
en la vieja sección Comunicaciones, fue redactor especializado
en temas culturales, crítico cinematográfico y,
finalmente, integrante del equipo general de diseño y
diagramación.
En los últimos años, aunque retirado
de toda actividad profesional, seguía ejerciendo una
suerte de liderazgo espontáneo entre muchos viejos amigos
que habían pertenecido a la Redacción de LA NACION,
a quienes nucleaba en cálidos encuentros que se desarrollaban,
periódicamente, en el comedor del antiguo Club de Pelota
y Esgrima, en el barrio de Montserrat. En ese club, al que brindó
sus mejores afanes, Chiavarino desempeñó funciones
directivas en sucesivos períodos.
Apasionado por la filosofía, era discípulo
y amigo de Francisco Romero, con quien trabajó durante
varios años en el Colegio Libre de Estudios Superiores.
Fue un lector constante de los pensadores clásicos y
modernos y guardaba un recuerdo muy entrañable de su
visita al filósofo Martin Heidegger, a quien entrevistó
para LA NACION, al igual que otros pensadores e intelectuales.
El sepelio se efectuó en el cementerio
de la Chacarita.
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DR.JACOBO BRAILOVSKY, BUENA
PERSONA,BUEN PERIODISTA, UN MEDICO EXCEPCIONAL Y UN
GRAN AMIGO, DESCANSA EN PAZ |
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El Dr. Jacobo Brailovsky será
recordado como un hombre sabio, como un médico que curaba
almas y cuerpos con sencillez, humildad, siempre utilizando
un tono menor y afectuoso. Tenía el ojo clínico
y las más de las veces no necesitaba auscultar a su paciente.
Lo miraba con sus ojos marrones claros y le informaba de toda
su sintomatología, recomendándole lo mejor para
su tratamiento. Era un ser puro.
Tuve el honor de compartir su escritorio en
la redacción del diario La Nación de Buenos Aires,
Argentina. Omití señalar que también era
un consumado periodista. Escribía sobre temas universitarios
y comentaba con soltura y claridad toda la bibliografía
médica que le enviaban sus colegas de todo el mundo,
incluidas las Academias de Medicina. Resumía esos trabajos
con paciencia y claridad, vertiéndolos al lenguaje común.
Desarrollaba su tarea entre consulta y consulta que le formulábamos
sus compañeros de redacción, acerca de pequeñas
dolencias. Abría el cajón de su escritorio y con
alguna muestra gratis, solucionaba el problema planteado.
Como dije, tenía el ojo y oído
clínicos. Compartíamos el teléfono interno.
Una tarde, levantó el auricular y una voz femenina gritó,
“¡Mendieta!” como para que la oyéramos
todos los ubicados a dos metros a la redonda. Al pasarme el
auricular, Brailovsky me dijo en voz baja, “lo llama una
suicida”. Cuando dije “soy yo”, mi amiga –
una excelente escritora, una Chejov con polleras- , gritó
“¡Marcelo, me voy a suicidar!¡No aguanto más!”.
Y cortó. Nunca supe de dónde me llamaba. Azorado,
le pregunté cómo pudo hacer un diagnóstico
tan exacto. Mi miró a los ojos y me respondió:
“Por la voz”.
Di Giglio, el creador de los noticiosos radiales
de La Nación para la entonces Radio Municipal, padecía
de un cáncer. Los médicos determinaron extirpárselo.
“Me parece – dijo entonces el Dr. Brailovsky –
que, lamentablemente, la decisión es tardía”.
El cuñado de Di Giglio, Enrique Smith, secretario de
Redacción, acotó: “Pero “Cobo”–
ese era el apelativo cariñoso que utilizaban sus amigos
– los médicos dicen que hay esperanzas”.
Brailovsky asistió a la operación. Como abrieron
el sector afectado, lo cerraron: era irrecuperable.
El suegro del entonces secretario general de
Redacción, Octavio Hornos Paz – quien creó
hace 40 años en La Nación “Las páginas
de la Juventud” que en el 2005 presentó como novedad
The Washington Post – sufría, si mal no recuerdo,
un cáncer abdominal. Los médicos lo habían
desahuciado. Brailovsky lo revisó y ordenó su
intervención quirúrgica. El paciente vivió
muchos años más.
A mi madre la traje moribunda desde Jujuy a
Buenos Aires en un avión sanitario, cedido por mi amigo,
el Dr. Farid Fernando Fiad. Brailovsky la recibió y le
dijo: “María, a partir de ahora y hasta cuando
estés bien, solo jarras de de té de tilo”.
Y sobrevivió.
Fue mi amigo, mi médico, el médico
de mis hijos y de algunos parientes. A una de ellas, cuando
lo visitamos en su apartamento del barrio de Belgrano en Buenos
Aires, cuando se acercaba a sus noventa años, cómodamente
sentados en el vestíbulo, tras recitarle todos sus síntomas,
le recomendó: “Querida, usted necesita una buena
psicóloga. Hable con ella y verá cómo desaparecen
todos sus males”.
Jacobo Brailovsky es un santo varón.
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Así lo despidió el Diario La Nación,
donde escribió hasta pocos años antes de su fallecimiento:
Una trayectoria singular
A los 99 años murió Jacobo
Brailovsky
Fue médico y periodista de LA NACION
En su casa del barrio de Belgrano, en la que vivía desde
hace 35 años, falleció anteanoche el doctor Jacobo
Brailovsky, médico y periodista cuyo nombre llenó
un capítulo extraordinariamente fecundo de la vida cultural
argentina. En la Redacción de LA NACION, a la cual perteneció
durante mucho más de medio siglo, cumplió una
trayectoria tan extensa como admirable.
Es difícil expresar todo lo que Jacobo Brailovsky representó
en la vida de nuestro diario, tanto para los lectores como para
quienes fueron sus compañeros de Redacción, en
intensas e inolvidables jornadas de trabajo.
Había nacido en la provincia de Santa Fe el 25 de abril
de 1906. Por lo tanto, estaba próximo a cumplir cien
años de vida. Se había incorporado a LA NACION
en 1924 como redactor de la agencia de Rosario, de la cual era
jefe don Miguel Angel Fulle. Durante varios años pagó
sus estudios de Medicina con su sueldo de periodista. Se graduó
de médico en 1929 y luego se trasladó a Buenos
Aires, donde continuó perteneciendo a la Redacción
del diario fundado por Mitre.
Médico entre periodistas y periodista entre médicos,
como más de una vez se dijo, el doctor Jacobo Brailovsky
-el inolvidable "Cobo" Brailovsky- se distinguió
como un auténtico humanista: se lo valoraba por la solidez
de su formación científica, así como por
su profunda sabiduría y indestructible confiabilidad
moral. Era un exponente de los tiempos en que la figura del
médico tenía especial relevancia social y familiar.
Durante un extenso período tuvo a su cargo en LA NACION
las informaciones universitarias y científicas, tarea
en la que mostró una idoneidad profesional rigurosa y
brillante. Sus crónicas sobre la vida universitaria eran
famosas. Fueron memorables, por ejemplo, las reconstrucciones
periodísticas que supo hacer de las reuniones del Consejo
Superior de la Universidad de Buenos Aires, especialmente a
partir de 1956, cuando las universidades recuperaron su autonomía
y volvió a ser respetada la libertad de cátedra.
A su trabajo anónimo como integrante de la Redacción
del diario, sumó Brailovsky la autoría de innumerables
artículos firmados, a través de los cuales LA
NACION dio cuenta a sus lectores de los progresos científicos
que se fueron registrando en el mundo en las diferentes áreas
de la medicina, de la ciencia, de la preservación del
medio ambiente, de las tareas asistenciales y hospitalarias,
de la defensa de la salubridad pública y, en general,
de los esfuerzos que se fueron desplegando en el siglo XX para
ensanchar las fronteras de la ciencia y de la tecnología.
En 1974, al cumplir medio de siglo de trabajo en LA NACION,
Brailovsky dejó de pertenecer a la Redacción y
optó por jubilarse. Pero eso no lo desvinculó
del diario; al contrario, siguió colaborando activamente
en sus páginas, en las que el lector continuó
encontrando un testimonio seguro y confiable de las evoluciones
de la ciencia, así como nuevos aportes sobre los temas
que formaban parte de su mundo intelectual: la salud, los avances
científicos, la enseñanza, la investigación
social y antropológica, los nuevos horizontes en el campo
de la medicina y la lucha contra las múltiples psicopatologías
individuales y sociales que su mirada inquieta de periodista
lograba individualizar y describir.
Con los años, Jacobo Brailovsky fue firmando sus artículos
de diferente manera. En un tiempo se presentó como Jules
Brail, en otras épocas fue simplemente el Dr. Brail y
más adelante firmó sus notas periodísticas
con su nombre completo. Pero el lector se acostumbró
a descubrir detrás de esas sucesivas mutaciones al médico
y periodista eminente que siempre le garantizaba un parejo nivel
de sabiduría y calidad.
Fundador y presidente de la Asociación Argentina de Periodistas
Científicos, Brailovsky realizó numerosos viajes
de estudio y concurrió a congresos médicos internacionales.
Entrevistó a las figuras de mayor prestigio internacional
en la medicina y la ciencia. Su personalidad llenaba un espacio
inconfundible en el mundo de LA NACION. Era el médico
personal de quien fue a partir de 1952 el director del diario:
el doctor Bartolomé Mitre, padre del director actual.
El sepelio del doctor Brailovsky se realizó a las 11,
en el cementerio de la Chacarita.
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ARGENTINA, BUENOS AIRES: MURIO
LUIS EMILIO MITRE, UN SER UNIVERSAL |
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Mi fraternal amigo Luis Emilio
Mitre falleció trágicamente. Es difícil
imaginar que alguien le haya quitado la vida a un ser que amaba
a la vida, a su familia, a sus amigos y a quienes le conocían.
Una media tarde de verano, cuando había
concluído sus estudios en el Colegio San Miguel de Buenos
Aires, Argentina, entró a la redacción de La Nación
con el Secretario General de Redacción,don Alfredo Calisto.
El nos llamó a Ignacio Ezcurra y a mí, diciéndonos
“aquí tienen un nuevo redactor. Llévenlo
con ustedes a cubrir noticias”. Ignacio ya lo conocía.
A mí presentó como “el chango Mendieta”
(chango según la acepción quechua, significa muchacho,
pero nosotros le conferimos el valor de “amigo”,
“hermano”). En ese momento se había producido
un accidente automovilístico tremendo en la avenida Eduardo
Madero y Viamonte. No había coches disponibles de propiedad
del diario, ni fotógrafos, así que decidimos tomar
un taxi. Discutimos quien pagaría el viaje y pagó
él.
Reunimos los datos y los comentamos entre nosotros
y emprendimos el retorno al diario, que aún estaba situado
en la casona de San Martín 344. Luis Emilio volvió
a pagar. Cuando entramos a la redacción, Ignacio le llenó
en su máquina de escribir el vale por los gastos incurridos.
Cuando se lo entregamos para que fuera a pedir el conforme a
la mesa de Secretarios de Redacción, comenzó a
negarse, pero le dijimos que no correspondía que hubiera
gastado su dinero y que todos nosotros hacíamos lo mismo.
Y de paso, le llenamos el vale de comida. Nos divertimos Ignacio
y yo viendo cómo todos los secretarios se hallaban
prestos para autorizar la restitución de los gastos y
el “pasword” para una cena en el querido restaurante
del matutino.
Luego de recuperar su dinero, se sentó
entre nosotros –ocupábamos la primera línea
de escritorios frente a la mesa de la secretaría de Redacción
– y escribió un impecable relato del accidente
y sus consecuencias. El título ordenado eran tres lineas
de trece espacios. Era como escribir versitos. Cotejamos y el
mejor era el elaborado por Ignacio. Entregado el material, nos
fuimos al bar del diario para celebrar el exitoso bautismo de
fuego de Luis Emilio. Y allí nació una amistad
fraterna.
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| Luis Emilio Mitre,
frente a él, Nicolás Cócaro y MM en
el porteñísimo restaurante Pedemonte |
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Terminada la labor cotidiana,
con el poeta y escritor Nicolás Cócaro y Luis
Emilio nos íbamos a comer al viejo Pedemonte o a algún
bohemio restaurante de la Boca donde oíamos al hoy exitoso
mundialmente Dino Saluzzi, o a nuestro preferido restaurante
almacén de Balcarce y Chile, donde habíamos descubierto
una deliciosa y vieja colección de Norton y una colección
humana digna de Balzac.
Entonces concluíamos la noche oyendo
tangos en lo de Beba Bidart.
Pasaron los años y cuando nos reencontrábamos
era como si nunca nos hubiéramos separado: un abrazo
fraterno y nuestras historias. Estaba viviendo en el “Village”
de New York. Un día oyó en la calle que un joven
matrimonio con un bebé en brazos gritaba: “¡Nos
quieren llevar presos y no nos dicen el motivo!”. “Me
acerqué – me dijo - y les pregunté a los
policías los motivos por los que los llevaban presos
y ni me contestaron. Entonces me uní al grito del matrimonio.
En menos de un minuto, había cien personas gritando “¡Freedom!¡Freedom!”.
Vinieron más policías, esta vez con cascos, pero
ya eramos doscientos gritando “¡Freedom!”.
Finalmente, liberaron al matrimonio y al bebito, y se fueron.
Todos nos abrazamos y saltábamos de júbilo”.
Sus historias, sus reflexiones, su sencillez,
toda su calidad humana nos estruja el corazón por que
no podremos reencontrarnos ahora, en algún rincón
de este mundo. Empero, su recuerdo está vivo. MM
He aquí el texto de la necrología
que publicó el diario La Nación el día
que cumplía 136 años de vida en homenaje a un
descendiente director de su fundador, Bartolomé Mitre:
Luis Emilio Mitre
El fallecimiento
Luis Emilio Mitre, fallecido trágicamente
a los 58 años, fue abogado y periodista. Pero fue también
una persona inquieta por el devenir de las diversas expresiones
de la cultura, amante de la música y del arte, un lúcido
observador de los cambios que se daban en el mundo.
Desde muy joven se dedicó al periodismo,
que llevaba en la sangre por sus ancestros y en el cual se inició
en este diario; hizo agudas notas que revelaban a una persona
con singular poder de observación de las costumbres sociales,
y en sus primeros años mostró una incipiente inclinación
literaria, con el seudónimo Luis de Ocaña.
Era el hijo menor del doctor Bartolomé
Mitre, que fue director de La Nación desde 1951 hasta
su fallecimiento, en 1982, y de María del Rosario Noales,
también fallecida.
Eran sus hermanos mayores María Elena
Mitre, Bartolomé Mitre -director de LA NACION desde 1982-
y María Elisa Mitre de Larreta.
Al dejar la adolescencia, concluido el ciclo
secundario en el colegio San Miguel, trabajó en La Nación,
donde se mostró como un joven con inquietudes y un trato
sencillo y desacartonado. Se desempeñó en la revista
dominical, que dirigía José Daniel Viacava.
Colaboraciones suyas dan cuenta de su veta literaria.
En el suplemento literario de LA NACION aparecieron cuentos
como "La fisura", en 1967, ilustrado por Héctor
Basaldúa, donde el narrador contaba su romance con una
joven, Paula, transcurrido en San Isidro, San Fernando y Tigre.
En "Entre cristales" (1973), ese joven de 25 años
que era entonces Luis Emilio Mitre hacía hablar en primera
persona a un personaje londinense de 53 años que decía:
"Nunca creí exactamente en la suerte. Mis ideales
se fueron disolviendo hasta perder su razón de ser".
Nacido el 24 de marzo de 1947, Luis Emilio Mitre
se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires
(UBA), pero no se dedicó demasiado a esa profesión.
Le gustaba viajar y conocer lugares. Viajó a los Estados
Unidos, donde residió un largo tiempo e hizo un master
en Arts en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA),
durante cuatro años, centrado en historia y literatura
latinoamericanas.
Su vocación se orientó después
hacia la poesía, el cuento, la crónica y la crítica
de espectáculos, que publicó con su firma en estas
páginas. En los años 1984 y 1985, envió
desde Nueva York largos artículos para La Nacion, con
sutiles observaciones y comentarios, como "Los teen-agers,
víctimas y verdugos". Otras notas evidenciaban una
singular percepción de las adolescentes que imitaban
a Madonna o una apreciación de las fiestas navideñas
y su comercialización, iniciada a partir de su mirada
a un gigantesco árbol de Navidad instalado en el Rockefeller
Center. La versatilidad de temas e intereses se reflejaba en
una entrevista a un compositor y músico brasileño,
hijo del célebre autor de "Garota de Ipanema",
el enfoque de un cuerpo civil de seguridad en las zonas más
peligrosas de la gran urbe o los campeonatos de break-dance.
Observador curioso, con un amplio espectro de
intereses, confería a sus escritos una dimensión
lírica, con un dejo de humor, que sumaba a una veta a
veces iconoclasta en el registro de las cosas. La figura de
su padre prevalecía en él como inspiración
en el ámbito de lo familiar, empresarial, y por sus virtudes
personales: un hombre que desde la austeridad de un genuino
criollo, configuraba un arquetipo de argentinidad. Admirador
de la expresión individual del talento, descubría
en la obra de Jorge Luis Borges y de Sara Gallardo modelos de
creación argentina.
Volvió al país. En sus últimos
años, con cierto aire de bohemia, era afecto a la conversación
fluida, las reuniones con amigos y la participación en
acontecimientos artísticos y culturales. Se hacía
querer por todos los que lo conocían, y estaba lleno
de vida y de amigos. Lo valoraban como un espiritu sensible,
solidario, atento a las vocaciones y los valores. A todos ellos
los embarga hoy una inexpresable congoja y un profundo dolor.
Luis Emilio Mitre era accionista de LA NACION,
pero desde hace años no mantenía contacto formal
con la empresa, aunque seguía unido al diario de sus
mayores por los lazos del espíritu y por un hondo sentido
de pertenencia.
De sus hermanas
En la Sección Avisos Fúnebres
del diario La Nación del 4 de enero último, sus
hermanas publicaron los avisos que transcribimos textualmente:
MITRE, Luis Emilio , q.e.p.d. - Querido hermano,
hermano querido, te arrancaron de este mundo y te fuiste con
los ángeles, porque eso es lo que eras; un ángel
amado por todos; grandes, jóvenes y ñiños.
Ese humor, ese amor que me inundó el alma desde que éramos
chicos. Compartimos cabalgatas, compartimos dolores, compartimos
el amor por esa música, la bossa nova que tanto nos gustaba
y que fue tu último regalo. Compartimos el amor por la
lectura y la escritura. Cuando reíamos, reíamos
de verdad y cuando llorábamos casi no nos podíamos
sostener. Esa sensibilidad, la tuya, que penetraba la mía
hasta el punto que los dos supimos siempre que contábamos
el uno con el otro. La palabra extrañar no alcanza para
describir lo que significa el concepto de esa vivencia infinita.
Como te quiero Luis. María Elisa.
MITRE, Luis Emilio , q.e.p.d. - Querido hermano,
que más que hermano fuiste mi hijo, te recordaré
todos los días de mi vida, te quiero con toda mi alma.
No tengo consuelo. Kinucha.
Toda la familia Mitre y sus allegados publicaron
avisos de condolencia pidiendo una oración en su memoria.
Muchos amigos que estaban ausentes del pais
publicaron sentidos avisos fúnebres en las sucesivas
ediciones del matutino.
Esta es la crónica del sepelio de sus
restos que publicó La Nación en su edición
del 6 de enero último.
Inhumaron los restos de Luis Emilio Mitre
Amigos y familiares asistieron al sepelio
Una expresión de profundo dolor y de
afecto fue la inhumación de los restos de Luis Emilio
Mitre, que fue periodista de LA NACION, efectuada ayer, a las
11.30, en el cementerio Parque Memorial, en Pilar. Más
de 150 personas acompañaron el sepelio, conmovidas y
en respetuoso silencio, y depositaron flores sobre su tumba,
donde se rezó un padrenuestro y no se pronunciaron discursos
fúnebres. En la capilla del cementerio, ofició
una misa y un responso el padre Pedro Marano, de la asociación
Domus Mariae, de Tortuguitas. En su homilía, el sacerdote
narró dos escenas evangélicas e instó a
acudir a la misericordia de Dios, "reconociendo que todos
somos pecadores" y pidiendo perdón, para alcanzar
la gloria de la resurrección.
Los hermanos de Luis Emilio Mitre, el doctor
Bartolomé Mitre, director de LA NACION; María
Elena Mitre y María Elisa Mitre de Larreta, estuvieron
acompañados por Nequi Galotti de Mitre, Alberto Díaz
Navarro y Juan Larreta; sus sobrinos Soledad y Juan Cruz Lacarra,
y Paula Lamarca; Dolores Mitre, Rosario Mitre de Lahore y Francisco
Lahore; Bartolomé Mitre (h.) y Esmeralda Mitre, y Miguel,
Félix y Juana Larreta; primos y otros familiares y amigos.
Entre los asistentes se encontraban el presidente
del directorio de la SA LA NACION, Julio Saguier; la esposa
del presidente honorario de la SA LA NACION, Cécile de
Beauchamp de Drago Mitre; Alejandro Saguier, vicepresidente
del directorio, y su esposa, Daniela Marcuzzi; Carlos María
Gelly y Obes y su esposa, Estela Cichero; Alberto Rodríguez
Galán, Juan R. Aguirre Lanari, Horacio García
Belsunce; Natalio Botana, y su esposa, Mónica Vila Echagüe;
Delfina Mitre, Lila Barroetaveña de Mitre, Sylvina Walger,
Jorge García Badaracco, Ricardo González, Carlos
Mario Aslan, Hernan Simón, Roberto Laperche, Emilio Basaldúa,
Bonifacio del Carril, Inés de Lafuente Lacroze, Mariano
Goñi, Justa Aguirre, Jorge Concaro y su señora;
Gina Pelham, Oscar Carreras, Pedro Miguel Ledesma, Fernando
Lynch, Horacio Pueyrredon, Cora Torres Duggan de Pidal, Marcela
Torres Duggan de Achával, Patricia Peralta Ramos, Félix
Diego San Martín y señora; Miguel Lagos Mármol,
Vicente Centurión, Delfina Frers, Miguel Canale, y su
esposa, Jolie Gil Casalis; Javier Comesaña, Juan Carlos
Insiarte, Héctor D´Amico, Ana D´Onofrio,
Bartolomé de Vedia, y su esposa, Esther Olivera; Enrique
Maschwitz (h.), Camilo Raffo, Susana Pereyra Iraola, Roberto
Cuccioletta, Mabel Newton de Frías, Martín Farrell,
Luis M. Premoli, Carlos Fresco, Horacio y Pablo Arrechea, Santiago
de Alzaga, Cristina de Oliveira Cézar, Héctor
Iribarne, Guillermo McLoughlin Bréard, Jaime y Chichita
Rosselló, Jorge Piquer, Eduardo Bonelli y su esposa,
Enriqueta Gallo del Castillo; Carlos Pereyra Iraola, Rafael
Groisman, Arturo y Bartolomé Abella Nazar, Adrián
Batrosse, directivos y personal de LA NACION.
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Diseño y Webmaster: Mónica
Spinelli
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