Por mucho que lo intentamos,
no
logramos aprehender la realidad
de las cosas. Y puede que la terrible
razón de eso esté
en que lo único real sea su
apariencia.
Oscar Wilde
(Entrevista en la cárcel de Reading)
Desde la antigüedad clásica, la
retórica ha considerado que el lenguaje, y en particular
el discurso, es un medio idóneo para elaborar razonamientos,
hacer inferencias o presentar argumentos con el fin de convencer
o persuadir al interlocutor de la justeza de una idea o de la
necesidad de llevar a cabo una acción.
Refutar esta creencia parecería
ilógico o impensable pero, desde un punto de vista lingüístico,
es posible tener una concepción muy diferente de la lengua
y de la manera como funciona. Así, se puede considerar
que en los encadenamientos discursivos (que contienen conectores
como por consiguiente, por lo tanto, entonces, sin embargo,
etc.) no se realizan inferencias ni razonamientos.
Tal es la posición que sostiene la semántica de
los bloques argumentativos de Oswald Ducrot y Marion Carel.[1]
Esta teoría lingüístico argumentativa
parte, pues, de una concepción del discurso opuesta a
los planteamientos de la retórica clásica.
Para esta última, las inferencias y los razonamientos
ocupan un lugar primordial en la estrategia persuasiva, mientras
que para la semántica de los bloques argumentativos,
los razonamientos en el discurso son el resultado de una pura
ilusión.[2]
Esta perspectiva implica, a la vez, una manera
específica y particular de percibir y definir el sentido.
Al respecto, cabe aclarar que en la semántica lingüística
existen tantas concepciones del sentido como teorías
que pretenden describirlo. Y para lograrlo, cada una de
ellas toma el aspecto del sentido que le parece más pertinente:
su valor referencial (en cuyo caso estaríamos hablando
de una semántica denotativa), alguna propiedad del pensamiento
que se expresa (una semántica cognitiva), una posibilidad
inferencial (una semántica de tipo lógico), alguna
función en la actividad de la comunicación (una
semántica enunciativa) o los encadenamientos de las palabras
y de las frases en el discurso (datos que son pertinentes para
la semántica de los bloques argumentativos).[3]
Por consiguiente, es absurdo
pensar que una descripción semántica pueda justificarse
independientemente de la teoría que la explica, ya que
los datos por describir son construcciones hipotéticas
y, por lo tanto, la teoría determina lo que se va a observar.
Esta situación (a la que está forzosamente condenado
cualquier análisis que tenga que ver con el sentido)
hace que el objetivo de una descripción semántica
sólo pueda consistir en evaluar la relación que
se da entre las decisiones que se toman a partir de una determinada
teoría y la visión de los hechos que las diversas
teorías implican.[4]
Una vez aclarada la relación que necesariamente guardan
los datos observables y la teoría semántica, es
oportuno especificar que el propósito de la semántica
de los bloques argumentativos de Ducrot y Carel es desterrar
del discurso la pretendida
descripción de la realidad,[5]
a fin de describir en términos no informativos, sino
puramente argumentativos, los fenómenos de la lengua.
En esta óptica, llevar a cabo una descripción
semántica consistirá en estudiar el valor argumentativo
de los enunciados, entendiendo por valor argumentativo sus posibles
encadenamientos discursivos.
Esta concepción de la lengua y del análisis semántico
se relaciona con otra proposición teórica igualmente
importante: lo que hay tras las palabras son otras palabras,
no un referente, ni la realidad, ni el mundo.
De igual manera, este punto de vista encierra una concepción
polifónica del significado: en un enunciado hay una pluralidad
de voces que se escuchan. El locutor pone en escena, en
el interior de su propio discurso, un diálogo entre diversos
enunciadores; construye, en su discurso, el habla del otro.[6]
Aun cuando estos planteamientos teóricos resulten para
algunos muy innovadores y para otros simplemente insólitos
-tanto por cuestionar que en el discurso se den razonamientos
e inferencias, como por considerar que las palabras no se emplean
de manera verídica sino atendiendo a la organización
que imponen al discurso-, se basan en la ya muy antigua noción
de valor de Saussure, es decir, en el principio según
el cual la lengua es un sistema cuyos elementos, los signos,
no tienen un carácter propio, fuera de las relaciones
mutuas que establecen al interior del todo.
La tesis saussuriana
llevada a la semántica de los bloques argumentativos
significa, pues, considerar, en primer lugar, que el sentido
debe buscarse en el interior del orden lingüístico,
en las relaciones que los signos guardan entre sí, sin
tomarlo como un reflejo deformado o empobrecido de la realidad
preexistente,[7]
y, en segundo lugar, afirmar que existe una interdependencia
radical entre los diversos segmentos de un encadenamiento argumentativo.
En otras palabras, el sentido de cada segmento contiene la indicación
de que es argumento o conclusión de otro segmento.
Ahora bien, esta interdependencia no es la que puede darse,
en un razonamiento, entre una conclusión y sus premisas.
Tampoco se trata de una interdependencia semántica según
la cual cada segmento del discurso forma parte de un mismo contexto.
Al hablar de una semántica de los bloques
argumentativos sus autores consideran, como ya dije antes, que
los encadenamientos argumentativos no tienen como función
marcar una inferencia entre una afirmación y otra –aun
cuando contengan conectores como por lo tanto o sin embargo-,
porque los segmentos que aparecen como argumento y conclusión
no son semánticamente independientes el uno del otro,[8]
sino que conforman un sentido cuando se toman juntos en la argumentación.
Esto significa que los conectores califican una cosa o una situación
por medio de un bloque semántico único: “
el por lo tanto es un medio para describir y no para probar,
justificar, volver verosímil.”[9]
Para ilustrar lo anterior veamos algunos
ejemplos en los que resulta difícil aplicar un análisis
de tipo inferencial:
- Juan es un hombre extraordinario,
por lo tanto le darán el Nobel de física.
- Juan es un hombre extraordinario,
por lo tanto rechazará
el Nobel de física.
Aun cuando en ambos encadenamientos
se relacionan dos enunciados asertivos por medio del conector
por lo tanto, éstos no señalan una inferencia
que vaya de una afirmación a la otra porque, para eso,
sería necesario poder atribuir, a cada uno de los segmentos
que une el conector, un sentido independiente del otro segmento.
En estos ejemplos es claro, en efecto,
que cada segmento en 1. y en 2. no puede comprenderse sin
tomar en cuenta que es argumento o conclusión del otro;
cada afirmación contiene el conjunto del encadenamiento
en el que se encuentra. El por lo tanto permite explicitar
tanto la cualidad de Juan como el tipo de distinción
o de reacción a la que se alude. Así,
mientras que en 1. su carácter extraordinario se relaciona
con una capacidad intelectual sobresaliente, en 2., en cambio,
la misma cualidad es de carácter moral. Por lo
tanto, a pesar de que parece tratarse del mismo calificativo,
es decir, del mismo argumento, las conclusiones en cada caso
dan un sentido diferente a este calificativo: para ganar el
Nobel de física es necesario ser científicamente
muy distinguido, y, para rechazarlo, tener férreas
convicciones personales.
De igual manera, las conclusiones
se comprenden a partir de los dos sentidos de extraordinario
en estos ejemplos. Así, la certeza al afirmar
que le concederán a Juan el Nobel de física
se explica por su inteligencia y sus conocimientos reconocidos,
y la seguridad de que Juan lo rechazará también
responde a que se le conoce por sus principios imperturbables.
Tanto en 1. como en 2. se manifiesta, pues, un bloque semántico
único: en el primer caso se trata de la capacidad intelectual
que será premiada; en el segundo, del valor personal
que Juan pondrá de manifiesto al rechazar el premio.
Ninguno de estos discursos puede descomponerse semánticamente,
porque los ejemplos en cuestión pretenden calificar
una situación en su conjunto.
En otras palabras, los locutores de estos
discursos no califican primero (y de igual manera) a una persona,
para luego, a partir de una supuesta descripción objetiva,
argumentar a favor de una determinada conclusión.
El sentido mismo de los argumentos en 1. y en 2. está
incompleto sin tal o cual conclusión. Pero la
conclusión, a su vez, también necesita del argumento
al que se articula para esclarecerse.[10]
Por esta razón, al enunciar
- Juan no es un hombre extraordinario,
por lo tanto le darán el Nobel de física
aun cuando las conclusiones de 1. y de 3. sean idénticas,
no tienen el mismo valor semántico. La atribución
del premio en 1. tiene que ver con el valor científico
que se le reconoce a Juan y que lo hace digno de recibir uno
de los galardones más prestigiados, mientras que en
3. esta atribución se relaciona con la falta de valor
que el locutor atribuye a dicho premio, dado que se otorga
a una persona que no es sobresaliente.
La decisión de considerar los encadenamientos conclusivos
como la expresión de un bloque semántico que
expresa un punto de vista único, concierne igualmente
a discursos sin un conector explícito:
- Juan es extraordinario, le darán
el Nobel de física.
Por otra parte, también es posible constatar el mismo
tipo de interdependencia entre las palabras de los dos
segmentos (en este caso: entre ser extraordinario y obtener
el Nobel o rechazarlo) en otro tipo de encadenamientos:
- Si Juan es un hombre extraordinario,
seguramente le darán el Nobel de física.
- A Juan le darán el Nobel
de física, ya que es un hombre extraordinario.
Estos ejemplos ilustran,
pues, cómo la argumentación no se funda en inferencias
sino que se encuentra enraizada en el léxico mismo.
De hecho, los encadenamientos discursivos no hacen más
que desarrollar las representaciones que ya contienen las
palabras. En efecto, además de los encadenamientos
que se realizan por medio de la gran diversidad de conectores
que existen en las lenguas naturales (pero, además,
incluso, etc.), las palabras (sustantivos, adjetivos, verbos)
evocan, sugieren, en su sentido mismo, argumentaciones,[11]
ya que precisamente por medio de las palabras se categoriza
y se piensa.[12]
Este tipo de descripción semántica concierne,
entonces, a las llamadas palabras llenas (adjetivos, sustantivos,
verbos) y, más allá de las palabras, a los enunciados,
y concierne también al encadenamiento de las palabras
y de los enunciados en el discurso. Por lo tanto, esta
teoría no sólo es de carácter estructural
sino también enunciativo, entendiendo por enunciativa
la posibilidad de que las virtualidades argumentativas que
poseen y evocan las palabras y los enunciados, se sitúen
en el discurso, es decir, como la continuación de un
discurso anterior y como el anuncio de uno que le seguirá.[13]
Los encadenamientos conclusivos tienen su complemento en otro
tipo de discursos: aquellos que contienen encadenamientos
de tipo concesivo (ya sea que se expresen por medio de locuciones
adverbiales como sin embargo, o a pesar de, o de conjunciones
como aun cuando o aunque).
Veamos los siguientes ejemplos:
- Juan es un hombre extraordinario;
sin embargo, no le darán el
Nobel de física.
- Juan es un hombre extraordinario;
sin embargo, no rechazará el Nobel de física.
Aun cuando los discursos conclusivos o resultativos y los
concesivos se oponen en cierta forma (es imposible asumir
ambos a la vez), también poseen algo en común:
tanto el locutor de 1. como el de 7. admiten que, por su capacidad
intelectual y sus conocimientos científicos, Juan debería
ganar el Nobel de física. Lo mismo sucede en
2. y 8.: ambos locutores consideran que, por sus principios
inquebrantables, Juan rechazaría el galardón.
Por consiguiente, los discursos en 7. y 8. expresan, respectivamente,
los mismos bloques semánticos que se manifiestan en
los enunciados 1. y 2.[14]
La diferencia estribaría únicamente en el aspecto
bajo el cual el locutor utiliza estos discursos: en 1. y 2.
los emplea bajo su aspecto normativo, mientras que en 7. y
en 8. bajo el transgresivo.[15]
Resumiendo, para esta teoría el rasgo que permite calificar
un discurso como argumentativo no es una supuesta relación
de justificación entre un argumento y su conclusión,
sino la interdependencia que existe entre los segmentos de
un encadenamiento. A su vez, estos encadenamientos pueden
ser de dos tipos: los discursos normativos (cuyos encadenamientos
se realizan por medio de conectores como por lo tanto, que
abreviamos PT) y los transgresivos (cuyos encadenamientos
comportan conectores del tipo de sin embargo, abreviado SE).
Éstos son, para la semántica de los bloques
argumentativos, los dos tipos fundamentales de argumentación.
Ahora bien, la asociación de una expresión y
de un aspecto argumentativo (ya sea normativo o transgresivo)
puede efectuarse a través de la lengua o en el discurso.
En el primer caso se hablará de una argumentación
intrínseca, y, en el segundo, de una extrínseca.[16]
Así, por ejemplo, la lengua asocia
intrínsecamente el adjetivo medroso, con los aspectos
argumentativos peligro PT miedo, responsabilidad PT miedo,
imprevisto PT miedo.[17]
Por definición, una persona medrosa es la que reacciona
con temor ante cualquier situación de peligro, cualquier
responsabilidad o, en general, ante cualquier acontecimiento
imprevisto. Aquí se dirá que los aspectos
argumentativos peligro PT miedo, responsabilidad PT miedo,
imprevisto PT miedo son intrínsecos a la expresión
que definen; pero, además, estos aspectos son internos[18]
al sentido de la expresión en cuestión.
Por otra parte, la lengua también asocia el adjetivo
medroso a discursos como 9. y 10.:
- Jaime es un medroso; por lo tanto,
no aceptaría la dirección de la compañía.
- Jaime es un medroso; sin embargo,
te defendería en un asalto.
En estos casos se dirá
que los aspectos argumentativos medroso PT NO-aceptación
de un cargo y medroso SE defensa son también intrínsecos,
pero externos,[19]
de medroso.
En cambio, en otras ocasiones, la semántica de una
palabra puede no estar en relación con el encadenamiento
en el que se encuentra:
- Jaime es un medroso; por lo tanto,
buscará a Pedro mañana.
En este caso se hablará de la continuación extrínseca
que puede tener una expresión en el discurso.
La semántica de los bloques argumentativos considera
que la posibilidad de un encadenamiento extrínseco,
bajo el aspecto normativo, permite, a la vez, que se dé
el mismo encadenamiento bajo el aspecto transgresivo:
- Jaime es un medroso; sin embargo,
buscará a Pedro mañana.
En el caso de los encadenamientos intrínsecos, en cambio,
la correspondencia entre el aspecto normativo y el transgresivo
sólo es posible cuando a la transformación con
SIN EMBARGO le sigue una negación (o, en el caso inverso,
cuando se trata de un POR LO TANTO negativo, la transformación
necesita de un SIN EMBARGO positivo). Así, el
correspondiente de 9. sería 13:
- Jaime es un medroso; sin embargo,
aceptaría la dirección de la compañía.
Si, en cambio, no hay inversión de lo positivo en negativo,
el encadenamiento opuesto a un encadenamiento intrínseco
da como resultado un discurso paradójico. En
este caso, 14. y 15. se oponen, respectivamente, a 9. y a
10.:
- Jaime es un medroso; sin embargo,
no aceptaría la dirección de la compañía.
- Jaime es un medroso; por lo tanto,
te defendería en un asalto.
Llegados a este punto cabe
preguntarse: ¿qué propósito se puede perseguir
al elaborar una teoría semántico argumentativa?
El físico francés Pierre Duhem afirmaba que los
hechos de hoy se construyeron con las teorías de ayer.
Para Ducrot esto es igualmente cierto en lo que concierne a
los hechos lingüísticos. En efecto, la lengua
actual se observa a través de las teorías de antaño
y “aquel que construye una teoría espera que ésta
permita un día construir nuevos hechos –es decir,
…introducir un nuevo sesgo en la observación, cambiar
la percepción misma que se tiene del habla, llamar la
atención sobre aspectos hasta entonces imperceptibles”.
Y al relacionar las teorías con los hechos que pretenden
explicar, se modifica automáticamente la manera de vivir
y de percibir la lengua, lo que demuestra que la actividad metalingüística
no es exterior a la lengua misma.[20]
Una ilustración de lo anterior es la posibilidad que
abre la semántica de los bloques argumentativos a una
explicación de expresiones, enunciados y discursos cuyo
sentido resulta, en cierta forma, opuesto a lo que podría
esperarse (que más arriba llamamos paradójico)
y que se puede encontrar -y, de hecho, a menudo se encuentra-
en el discurso.
En efecto, dado que un discurso puede continuar de cualquier
manera, ya sea predecible o inimaginable, es necesario lograr
explicar, dentro de la semántica de los bloques argumentativos,
la existencia del discurso paradójico (y no sólo
tildarlo de anormal anteponiéndole un asterisco), y mostrar
que posee características lingüísticas propias
que lo distinguen de los discursos no paradójicos.[21]
Estos casos se corresponden con uno de los problemas a los que
cotidianamente se enfrenta cualquier descripción
lingüística y, en particular, semántica:
el de los contraejemplos, los cuales, cuando no es posible explicarlos
en el interior de la teoría misma, restan validez a la
descripción.
Concretamente, si no es posible explicar el funcionamiento de
los encadenamientos paradójicos, tampoco se podría
sustentar la noción de encadenamiento intrínseco,
es decir, la idea de que ciertas expresiones de la lengua
poseen una argumentación intrínseca.
Ahora bien, como es de esperarse, esta explicación debe
coincidir con los lineamientos teóricos arriba expuestos,
por lo que una definición retórica, y por lo tanto
no discursiva (en el sentido que aquí se define), resultaría
incongruente (ya que en esa perspectiva se hablaría de
ideas o de creencias opuestas o contrarias a las comunes o a
las socialmente aceptadas). Así, desde un punto
de vista retórico, la paradoja es una “figura de
pensamiento que altera la lógica de la expresión
pues aproxima dos ideas opuestas y en apariencia irreconciliables,
que manifestarían un absurdo si se tomaran al pie de
la letra –razón por la que los
franceses suelen describirla como ‘opinión contraria
a la opinión’- pero que contienen una profunda
y sorprendente coherencia en su sentido figurado”.[22]
En una perspectiva discursiva, en cambio, para distinguir las
expresiones paradójicas de las que no lo son, primero
es necesario definir la noción de encadenamiento lingüísticamente
“dóxico”,[23]
y contraponerle la de encadenamiento lingüísticamente
paradójico. Se considerará que un encadenamiento
E es lingüísticamente dóxico (LD) si el aspecto
al que pertenece (ya sea normativo o transgresivo) está
ya inscrito en la significación intrínseca de
uno de los segmentos de E.[24]
Así, por ejemplo, 9. es LD porque, como ya vimos, el
aspecto medroso PT NO-aceptación de un cargo está
inscrito en la significación de Jaime es un medroso:
alguien de naturaleza temerosa no toma a su cargo un puesto
de responsabilidad. En cambio, 14. es lingüísticamente
paradójico (LP) porque el aspecto medroso SE NO-aceptación
de un cargo no es intrínseco a Jaime es un medroso.
Sistematizando lo anterior, es posible proponer un criterio
para reconocer un encadenamiento lingüísticamente
paradójico. Consideraremos “a con b”
como un encadenamiento formado de un primer segmento a y de
un segundo segmento b, y “a con’ b” como el
encadenamiento resultado de la inversión del conector.
Para que un encadenamiento “a con b” sea lingüísticamente
paradójico es necesario que “a con b” no
sea LD y que “a con’ b” sea LD.[25]
Veamos el discurso 15:
15. Jaime es un medroso; por lo tanto, te defendería
en un asalto.
En primer lugar, 15. no es LD ya que medroso PT defensa no está
inscrito en la significación de Jaime es un medroso.
Por otra parte, el discurso 10:
10. Jaime es un medroso; sin embargo, te defendería en
un asalto
resultado de la inversión del conector, es LD, por lo
que 15. corresponde a un encadenamiento lingüísticamente
paradójico.
Una vez definida la noción de encadenamiento paradójico,
y con el fin de oponerse a la actitud que simplemente lo consideraría
como “lingüísticamente inaceptable”
o “incoherente”, es necesario hacer hincapié
en el sentido que puede tener un discurso paradójico.
Entre los rasgos que distinguen las palabras,[26]
enunciados o discursos paradójicos está
su carácter polifónico, es decir, el hecho de
que evocan implícitamente el discurso dóxico al
cual se substituyen. Así, para contradecir
que una persona medrosa no aceptaría un cargo de responsabilidad,
el discurso16. alude implícitamente a este hecho:
16. Jaime es un medroso; por lo tanto, aceptaría la dirección
de la compañía.
Esto en cambio no sucede en el caso de los discursos dóxicos,
los cuales no evocan los discursos paradójicos subyacentes.[27]
La presencia muy frecuente de los encadenamientos paradójicos
en el discurso es una muestra de la necesidad que tiene el hombre
de cuestionar el sentido de las palabras y, con éste,
las creencias o las instituciones sociales.[28]
Un ejemplo de esa necesidad sería la afirmación
de Oscar Wilde, citada como epígrafe de este trabajo,
en la que presenta una paradoja que, de hecho, no sólo
aboga por las tesis que aquí se defienden,[29]
sino que, además, ilustra esta idea contestataria, característica
del discurso paradójico: “lo único real
en la realidad de las cosas es su apariencia” (discurso
al que, de acuerdo con la descripción anterior, correspondería
el aspecto real por lo tanto aparente).[30]
Al mismo tiempo, los encadenamientos paradójicos también
ilustran la manera como se puede contribuir al enriquecimiento
semántico de la lengua. Así, cuando Wilde
vuelve a afirmar:
…life is much too important a thing ever to talk seriously
about it[31]
el aspecto muy importante por lo tanto NO-serio constituye un
nuevo bloque argumentativo que se añade a los bloques
en los que aparecen estas expresiones (por ejemplo, importancia
/ reflexión, importancia / interés, seriedad /
virtud, seriedad / sensatez, etc.), lo que da lugar a nuevos
discursos en los que las palabras “se transforman espectacularmente”.
Lo extraordinario de este procedimiento es que, para construir
nuevos bloques argumentativos, se empieza por “echar abajo”
los anteriores.[32]
En algunas ocasiones, el discurso paradójico puede dejar
de serlo debido al contexto que le sigue. Por ejemplo,
veamos el siguiente discurso en el que nuevamente habla
Wilde:
Beauty has as many meanings as man has moods. Beauty is
the symbol of symbols. Beauty reveals everything, because
it expresses nothing. When it shows us itself, it shows
us the whole fiery-coloured world.[33]
Aquí, el aspecto no expresar nada por lo tanto revelarlo
todo[34]
corresponde a un discurso paradójico. Esta paradoja
se aclara, sin embargo, enseguida, por lo que se trata sólo
de una pseudoparadoja. Así, la relación
original a PT c (no expresar nada por lo tanto revelarlo todo)
se modifica y, por el contexto, da lugar al análisis
b PT (a SE c): al mostrarse ante nosotros, la belleza nos muestra
el mundo entero en sus ardientes colores (=b), por lo tanto
[la belleza no expresa nada (=a) y sin embargo lo revela todo
(=c)].[35]
Volviendo al objetivo que puede perseguir una teoría
semántica, el hecho de considerar el discurso como la
expresión de bloques argumentativos en los que se manifiesta
la cristalización del sentido de las palabras,
abre muchas perspectivas nuevas para el análisis semántico.
Pero, además, permite tener una concepción diferente
de la lengua: ésta ya no se revela como un instrumento
de comunicación transparente y objetivo: su fuerza
persuasiva no estriba en demostrar y justificar por medio de
inferencias, sino que más bien es un medio que permite
“engañar”, “imponer”, “dominar”
con pseudodemostraciones que, como dice Barthes,[36]
aparecen siempre bajo dos formas: a través del autoritarismo
de la aserción y del gregarismo de la repetición.
De ahí la función del discurso paradójico,
el cual, en tanto que procedimiento lingüístico
que cuestiona y se rebela contra los bloques argumentativos
existentes y, a la vez, en su calidad de fuente de creación
semántica de nuevos bloques argumentativos, es un medio
para contrarrestar o paliar las maniobras veladas de la lengua.
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-“Los implícitos discursivos: un
enfoque retórico, Acta Poetica , 14-15, México,
UNAM, 1993-1994, pp. 217-234.
- Discurso y argumentación: un análisis semántico
y pragmático , México, UNAM, 1991.
- La estructura del relato y los conceptos de actante y función
, 1ª ed. México, UNAM, 1978, 2ª ed. México,
LIMUSA-UNAM, 1990.

*
Acta Poetica 21, México, Seminario de Poética,
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, 2000,
pp 381-398
* La autora de este trabajo es Doctora en Lingüística,
1981, Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, París.
Su tesis: “Discours et argumentation. Une analyse de deux
débats politiques au Mexique“, publicada. Es Licenciada
en Lengua y Literatura Modernas (Letras Francesas), 1976, Facultad
de Filosofía y Letras, UNAM, tesis: “El análisis
estructural del relato…”, publicada. Investigadora
del Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.
Miembro fundador del Seminario de Poética del I.I.FL.
Profesora de Teoría de la argumentación, desde
una perspectiva lingüística, Licenciatura en Letras
Hispánicas y Posgrado en Lingüística, Facultad
de Filosofía y Letras, UNAM. Sus investigaciones se centran
principalmente en torno a la lingüística, la semántica,
la pragmática, la argumentación y la retórica.
Actualmente trabaja en torno a las relaciones que pueden establecerse
entre la lingüística y la retórica.
ALGUNAS PUBLICACIONES
-“Polifonía lingüística
y polifonía narrativa”, Acta Poetica 25-2, México
UNAM, 2004.
-“Lingüística y argumentación: algunos
hitos que han marcado este vínculo”, en: Encomio
de Helena. Homenaje a Helena Beristáin, T.Bubnova y L.
Puig (editoras), México, IIFL, UNAM, 2004.
-“Análisis argumentativo de algunas expresiones
populares del español en México” en: H.
Beristáin, comp., El abismo del lenguaje , México,
UNAM, 2002.
- La realidad ausente. Teoría y análisis polifónicos
de la argumentación , México, UNAM, 2000.
- Discurso y argumentación: un análisis semántico
y pragmático , México, UNAM, 1991.
- La estructura del relato y los conceptos de actante y función
, 1ª ed. México, UNAM, 1978, 2ª ed. México,
LIMUSA-UNAM, 1990.
* * * * * *
**
Seminario de Poética, I.I.FL., UNAM.
[1]
Para un análisis del desarrollo y de la evolución
de esta teoría cf.: L. Puig, 2000.
[2]
O. Ducrot, 1998.
[3]
O. Ducrot, 1997.
[4]
O. Ducrot, 1980: p 23 y s.
[5]
En otras palabras, esta teoría se opone a una semántica
“veritativa” o “denotativa”, la cual
considera que el significado de una palabra equivale a las condiciones
a las que un objeto debe satisfacer para poder ser designado
por esa palabra y, a nivel de la frase, el significado corresponde
a las relaciones que deben guardar los objetos que designan
las palabras de esa frase para que ésta pueda considerarse
verdadera. O. Ducrot, 1997.
[6]
Ejemplos de análisis polifónicos se pueden encontrar
en: O. Ducrot et al., 1980, O. Ducrot, 1995, L. Puig, 2000.
[7]
O. Ducrot, 1997.
[8]
En una inferencia, en cambio, se admite una proposición
en virtud de su relación con otras proposiciones consideradas
de antemano como verdaderas.
[9]
O. Ducrot, 1998.
[10]
M. Carel, 1994: p 69.
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 10.
[11]
Así, en uno de los sentidos del calificativo extraordinario,
por ejemplo, al decir, Juan es un hombre extraordinario, se
condensan argumentaciones del tipo: “Esta acción
es casi imposible de realizar, sin embargo Juan logrará
llevarla a cabo.”
[12]
M. Carel, 1994: p 66 y 80.
[13] O.
Ducrot, 1997.
[14]
La oposición entre bloques semánticos es patente,
en cambio, al comparar, respectivamente, 1. y 2., con los dos
siguientes ejemplos:
a. Juan es un hombre extraordinario;
por lo tanto, no le darán el Nobel de física.
b. Juan es un hombre extraordinario;
por lo tanto, no rechazará el Nobel de física.
[15]
M. Carel, 1995: p 178.
[16]
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 15.
[17]
El adjetivo medroso podría asociarse a otros aspectos
además de los ya mencionados. En efecto, el análisis
a partir de los encadenamientos intrínsecos permite que
se manifieste toda la capacidad argumentativa de las palabras
y expresiones de la lengua.
[18]
Cf. infra, la nota siguiente.
[19]
Además de la distinción intrínseco / extrínseco,
la semántica de los bloques argumentativos distingue
dos maneras en las que una argumentación puede asociarse
a una expresión. Cuando la expresión que
se estudia figura en uno de los encadenamientos del aspecto
argumentativo al que se asocia, se dirá que este aspecto
pertenece a la argumentación externa de dicha expresión;
en caso contrario, se dirá que dicho aspecto proviene
de su argumentación interna. Ibidem: p 13.
[20]
O. Ducrot, 1989: p 5-7.
[21]
Un estudio sistemático de las características
lingüísticas que posee el discurso paradójico
rebasaría los límites del presente artículo,
por lo que nos limitaremos solamente a esbozarlas.
[22]
H. Beristáin, 1997: p 387.
[23]
La elección de este apelativo responde a una necesidad
de orden fonológico: poder contraponerlo a la noción
de encadenamiento lingüísticamente paradójico,
pero, además, este término alude a la “dóxa”,
es decir, al universo de la “opinión” de
la retórica clásica y, por consiguiente, aquí
resulta pertinente . Ducrot y Carel utilizan en francés
los términos “enchaînement linguistiquement
doxal” y “enchaînement linguistiquement paradoxal”.
[24]
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 16.
[25]
Idem: p 17.
[26]
Como ejemplo de una palabra paradójica, Ducrot menciona
el adjetivo en francés masochiste (en español,
masoquista), el cual comporta, en su argumentación interna
intrínseca, el aspecto sufrimiento PT satisfacción.
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 23.
[27]
O. Ducrot, 1997.
[28]
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 19.
[29]
En efecto, en este trabajo se sostiene que, aun cuando el discurso
contenga razonamientos, éstos no tienen como función
justificar nada y, por lo mismo, su carácter “inferencial”
es ilusorio.
[30]
Ahora bien, al hablar de la apariencia de algo, se puede uno
referir tanto a su “aspecto exterior”, como a “una
cosa que parece y no es” (Diccionario de la Lengua Española).
En inglés el sustantivo appearance también posee
estos dos sentidos “the outward form somebody or something
has” y “what somebody or something appears to be
though in fact they may not be” (Oxford Advanced Learner’s
Dictionary of Current English). Por consiguiente, el juego
de ambos sentidos viene a ser la justificación ad hoc
para la tesis de la semántica de los bloques argumentativos.
[31]
“…la vida es una cosa demasiado importante como
para jamás hablar seriamente sobre ella”. O. Wilde,
1969: p 665.
[32]
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 20.
[33]
“La belleza tiene tantos sentidos como el hombre temperamentos.
La belleza es el símbolo de los símbolos.
La belleza revela todo porque no expresa nada. Cuando
se nos muestra, nos muestra el mundo entero de ardientes colores”.
O. Wilde, 1969: p 1030.
[34]
Es necesario recordar que, para la semántica de los bloques
argumentativos, los encadenamientos por medio de conectores
como ya que o porque, aun cuando evidentemente no son equivalentes
a por lo tanto, establecen la misma interdependencia entre los
grupos de palabras que encadenan, por lo que forman parte del
aspecto a PT b. M.Carel, O. Ducrot, 1999: p 11.
[35]
M. Carel, O. Ducrot, 1999: p 25.
[36]
R. Barthes, 1978: p 10 y s.
arriba |
| El barrio de Pepparberg enorgullece
a mi ciudad. Limpito, con bellos edificios y jardines floridos.
Con el pasto siempre bien cortado, sin un papel en el suelo,
ni vendedores ambulantes golpeando a la puerta, para ofrecer
porquerías. “Una monada de lugar para vivir”,
dicen las señoras gordas. Y uno está cómodo,
porque hay cuanto reclama el buen pasar. Correo, supermercado,
banco, juegos infantiles, más un largo etcétera.
Que incluye gimnasio, salón de belleza y dos tiendas
bien surtidas.
Hasta tenemos iglesia pentecostal y pajarería, de donde
salieron los actores principales de este drama. Una historia
de religión y loros, como anticipa nuestro acápite.
Dicho lo cual, presentaremos los personajes del drama. Uno es
el pastor Svensson, fiel siervo de Dios. El otro, Perico, rara
avis sudamericana color de la esperanza. Chaqueña o santafesina,
para precisar mejor, que un día dejó las costas
del Paraná para emigrar al Kattegatt. Y sospechosa, como
todo lo que venga de ultramar. Además está la
sueca Gudrun Andersson, gordita, peinando canas, pero aun empeñada
en hallar su gran amor. Como telón de fondo, una feligresía
cuya mescolanza no debe sorprendernos, porque con lo que
cuesta ir al centro, todo bicho que camina pasea por Pepparberg.
-Me llevo el pajarito -dijo la dama de referencia, quien por
falta de pareja dedicaba sus largas noches a rezar.
Y como es sabido, los loros repiten cuanto ecuchan.
-Padre nuestro, que estás en los cielos... -decía
ella con espasmos místicos, mientras por sus entrañas
iba la procesión.
Y relataba sus cuitas al Altísimo, implorando siempre
igual merced.
-¡Mándeme un viejito pintón y con guita,
capaz de consolar mi soledad, Señor!
El loro, por más inteligencia y discreción que
le hubiera atribuído el veterinario, no era capaz de
grandes sutilezas. Pero debe haberse barruntado cómo
funcionaban las influencias celestiales. Porque a la semana
de llegar a su nuevo domicilio, repetía con fanatismo
esa plegaria. Al principio cada hora, luego cada media hora,
hasta que por fin sus oraciones se convirtieron en un torrente
verbal imnposible de parar.
-Padre nuestro, que estás en los cielos...
Acompañaba sus rezos con profusos ademanes, para agregar
finalmente un mensaje en voz baja. Algo que pusiera la nota
personal al repertorio, evitando el anonimato. Porque, como
bien sabemos, los creyentes rezan diciendo siempre los mismo.
Como para hacerlo dormir de aburrimiento al de arriba.
-¡Dale, che...! -rompía la rutina el loro.
Estaban en pleno mayo. Y siendo primavera, la señora
Andersson acostumbraba poner su loro en el balcón, para
premiar tanta virtud. De más está decir que Perico
retozaba bajo un rayito de sol, recordando su niñez.
Al rato ella volvía del mercado, trayéndole siempre
alguna lechuga, galletitas o vitaminas. ¡Perejil jamás,
por si fuera cierto lo que dicen! Y él los recibía
contento, para volver sin demora a su actividad habitual.
-Padre nuestro, que estás en los cielos... -oraba con
pegajosa convicción, que se hubiera dicho humana, de
no ser por las plumas.
Y un buen día el pastor Svensson pasó delante
de la casa, en su ronda vespertina. Vestido de sport, con el
cuello blanco que exhibe su carácter de guía espiritual.
Satisfecho, tras visitar enfermos y gente necesitada de un consejo.
Ocasión siempre apta para recoger donativos, que favorecen
el cuidado de las almas. Pues la oración solvente predispone
con ventaja los oídos del Señor
-¡Qué maravilla! -exclamó, al escuchar los
rezos e imploraciones provenientes del balcón donde retozaba
Perico.
Una experiencia inédita, en este mundo impío.
Y siendo hombre práctico, como todos los suecos, enseguida
halló utilidad a tal cuadro situacional. ¡Sería
lindo tener ese lorito en la iglesia, para que los paseantes
oyeran un murmullo constante de oración! Lo cual contribuiría
a crear el aire de santidad, necesario para inspirar las virtudes
parroquiales. Tocó el timbre, y apareció la señora
Anderson, doña Gudrun, en familia, recibiéndolo
con una sonrisa satisfecha. Frente a lo cual el pastor comprendió
que era preciso ir rápidamente al grano, para aprovechar
el factor sorpresa. Hombre de visión, cuando ejercía
su apostolado,
-Bienvenido, pastor Svensson -dijo ella.
-Bienvenido, pastor Svensson -repitió el loro, y después
se puso a rezar.
La mirada del visitante se posó en esa maravilla.
-¡Se lo compro, señora! -dijo señalando
a Perico, sin otro comentario que quitara dramatismo a su oferta.
Pero la viuda estaba enamorada del lorito, y contestó
que no. Entonces el pastor tuvo otra de las ideas geniales que
le permitieron hacer carrera. O sea salirse con la suya, dejando
a todos convencidos de que habían hecho buen negocio.
En el caso de marras, algo tan sencillo como el huevo de Colón.
Comprar otro loro y meterlo en la jaula con Perico, para que
de tanto oírlo, también aprendiera a rezar.
-¿Acepta el trato, señora?
Después de pensarlo un instante, la viejita miró
al loro, viéndolo bien predispuesto. ¡Qué
bueno, haber hallado una forma cómoda de anotarse puntos
en el ranking del más allá! Lo demás, fue
cuestión de trámite.
-¡Suerte, Filiberto! -deseó el ministro a su flamante
adquisición- Vendré a visitarte dentro de un mes,
para ver qué has aprendido.
-¡Chau, jefe!
Pero las cosas rara vez son como parecen , y si vamos a ser
francos, en la mirada de ese loro había un destello extraño.
-Dios los bendiga -despidióse con una sonrisa el buen
pastor.
Y con tanto trabajo, las semanas pasaron volando. Casamientos,
bautizos, entierros, sermones, ¡qué sé yo!.
-¡Hoy es el día convenido! -recordó de pronto
Svensson, al mirar un calendario que colgaba en la cocina de
la iglesia.
Esa tarde, luego de cumplir con la tarea programada, puso rumbo
a lo de la señora Andersson. E iba preparando frases
inspiradas, para impresionarla. Siempre con alguna cita bíblica,
de esas que ponen sal a la amable plática. Pero estaba
escrito que ese día fuera distinto. Y no bien ella abrió
la puerta, el pastor se sorprendió. Gudrun tenía
un tic nervioso, y los ojos enrojecidos de tanto llorar.
-¿Qué ocurre, doña?
-¡Apenas puedo soportar esta desgracia! -dijo ella- Mi
lorito ha dejado las oraciones, y ahora sólo grita cosas
que dan vergüenza... ¡Tuve que sacarlo del balcón
para que los vecinos no oyeran sus blasfemias, señor!
Aquel santo varón se quedó mudo de asombro. Y
considerando lo ocurrido, rascóse un rato la pensadora.
Después, como era hombre práctico, dijo:
-Hay que preguntarle al loro.
Dicho y hecho. Desde el zaguán se veía la jaula,
arrinconada en lo profundo de un cuarto oscuro. Para que los
pajarracos durmieran, así estaban callados. Svensson
se acercó sigilosamente. Con ánimo de interrogar
a Perico, pero sin darle tiempo para que inventara excusas.
-¡A vos te hablo, atorrante! ¿Querés explicarme
tu cambio de actitud? -dijo.
El aludido abrió los ojos, mirándolo de costado.
Luego hizo un gesto, como queriendo desentenderse de aquella
situación. Más callado que conejo en escabeche.
-¡Hablá de una vez!
Pero nada. Entonces el ministro puso cara de viernes santo.
Y ya estaba por meter una mano en la jaula, cuando Perico empezó
a gritar.
-¡Pará, pará que te cuento, pará...!
Hubo segundos de suspenso, que el lorito aprovechó para
recuperar la calma. Luego dijo:
-¿Y qué querés, papafrita? Yo le rezaba
a Dios pidiéndole una lora... ¡Y vos me trajiste
un loro hinchapelotas, que quiere hacerme testigo de Jehová!
-¡Eso es competencia desleal! -repuso indignado, don Svensson.
El quintacolumnista de Filiberto miraba al techo.
-¡Krach, karach, krach! -dijo, por todo comentario.
“¡Ya no se puede confiar en nadie!”, pensó
el pastor.
Después, cayó el telón. La vida es así.
THE END
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