II EL
VIAJE
El tema del viaje
es un tópico reiterado en la literatura universal. El
escritor y periodista Rubén Benítez, autor de
la novela de inmigración La pradera de los asfódelos,
me dijo en un reportaje: “Ulises es tal vez literariamente
el primer emigrante que sueña con el regreso a su entrañable
tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe”.
Al igual que el griego, “el inmigrante europeo también
partió y cayó en las mismas redes. El viaje o
“nostos” griego, enlaza con la nostalgia, el dolor
del regreso” (1).
En las páginas que leí,
encontré la evocación de la travesía vista,
no sólo como material literario, sino también
como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea
reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres
que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.
Notas
(1) Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos.
Bahía Blanca, Siringa, 1988.
Permiso para embarcar
Marcelo Bazán
Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona
la definición de inmigrante. Distingue “entre los
inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían
con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno
u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el
presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como
polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría
sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles
como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido
en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna
y hasta con títulos nobiliarios” (1).
Se ha señalado la diferencia
entre inmigrantes y refugiados: “El inmigrante toma una
decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en
peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad
para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia
vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones,
han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares.
Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el
trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia,
la destrucción de todos los bienes”.
Cuando se trata de un refugiado, por
más que se esfuerce por sobreponerse, “El desarraigo
golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas
ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con
otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No
resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio,
los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación
de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas
agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso
es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos
que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la
muerte” (2).
Tomada la decisión,
se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que
otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería,
sino el que conseguía la autorización imprescindible
para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes
“se les exigió: 1) ser preferentemente europeo;
2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades
y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente
o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad,
y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución;
4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera
clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar
otros recaudos para asegurar la defensa social”. Y agrega:
“pocos se enteraron de tales restricciones. (...) El que
escribe fue traído de niño y debió acatar
aquello” (3).
La enfermedad, la senectud, eran muchas
veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres
de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria Poletti
lo supo bien y lo narró en su novela Gente conmigo, que
fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela
convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas
que se imponían a los disminuidos físicos para
salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista:
“Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de
apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar
el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió
así en una suerte de contrabando: yo era como un producto
deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado
con los productos destinados a la exportación: los emigrantes
aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego,
la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante
era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña
las trampas. Sólo que las trampas arañan”
(4).
Un defecto físico impide la
salida de una asturiana hacia América: “Cuando
tenían todo arreglado para viajar, y ya no había
retorno, el cónsul argentino se puso meticuloso con la
visa. Despachaba a cientos de asturianos por hora y se daba
el lujo de poner objeciones ridículas. Eran tan ridículas
que parecían el cebo de alguna coima. El cónsul
detectó un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina
y decretó que esa lesión la hacía inútil
para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar. Sin dinero,
sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a su prima,
que era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo
y ejecutivo. El cónsul reculó y firmó los
papeles a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos
los llevó a la otra orilla del mundo” (5).
Lo mismo sucedía con quienes
deseaban salir de la Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse
con su familia en la península. Durante la revisación
médica, el galeno señala: “‘¡Esta
criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y
cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña
no puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo
tenía tres años, en brazos de la abuela Irene,
mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los
pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través
de las lágrimas veía empequeñecerse las
figuras familiares. Por primera vez miró a su marido
con rencor” (6).
En 1891 “se abrió el comité
del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los
judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban
solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían,
se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como
hijo y la cosa marchaba” (7).
Alejo Peyret recuerda que para fundar
la Colonia San José, en Entre Ríos, “Se
ha aceptado apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con
la única condición de ser católico. Se
han hecho adelantos de ingentes cantidades a familias desprovistas
de todo, y que presentan muy pocas garantías de reembolso.
Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (...)
Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante
debe ser preferido al católico” (8).
En El angel del Capitán, de
Chuny Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación
a los que debe enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse.
Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo
y Método, donde se entera de que “Un país
sudamericano había puesto a disposición del Instituto
diez mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los
largos trámites. No a las profundas investigaciones.
No al interminable papelerío”. A fines del 47,
en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos
al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la
oscuridad absoluta buscando al sol” (9).
Décadas antes había sucedido
algo similar a un personaje de Ana María Shua. Por ser
desertor, aguardó durante un año, escondido en
la casa de la novia, que algún compatriota falleciera,
para poder viajar con sus documentos: “Murió Gedalia
Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue
el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del
Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió
Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo.
En Polonia siempre hacía frío, siempre había
nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho
barro. El barro también era frío. El barro de
Tomachevo cruzó el abuelo, que quería cruzar el
mar. Y llegó al consulado de esta pobre América.
Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no entienden
nada, les da lo mismo. Allí también es América,
aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale
es cruzar el mar. Desde una América ya será posible
llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó,
o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino
para cruzar el mar” (10).
Los rusos Gurovitz “Habían quemado
todos los documentos. En sus papeles figuraban como griegos.
Así lo atestiguaban la ropa, gorra y pipa entregadas
poco antes” (11).
En una carta envada al diario Clarín,
expresa Erwin Auspitz: “ (...) en noviembre de 1938, con
casi 10 años, vivía en mi ciudad natal, Viena,
con mi familia de origen, judía. Mi padre fue detenido
y quedó alojado en la Gestapo, de allí lo llevarían
a Dachau. El cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes,
(...) No sólo extendió las anheladas e imprescindibles
visas de tránsito para mis padres, mi hermana, mi abuela
materna y para mí, sino que –además- lo
hizo sin tener en cuenta una carta anónima que entregó
a mi madre y que conservo hasta hoy; allí se denuncia
la intención de nuestra familia de permanecer ilegalmente
en Buenos Aires. Conseguidas las visas, mi madre logró
que la Gestapo liberara a mi padre, previo el compromiso de
dejar Austria en un plazo perentorio. Llegamos a estas tierras
amadas en febrero de 1939, y aquí crecí, viví
mi vida y formé mi familia” (12).
Lajos Fehér, húngaro
judío, “consiguió un pasaporte falso a nombre
de Alejandro Gross con una expresa mención del obispo
de la zona que la religión profesada por el portador
era la católica”. Logra llegar a Italia, donde
“en una desesperada búsqueda de algún medio
para salir de Europa, consiguió finalmente una visa para
Ecuador y un lugar en el Augustus que salía
a la madrugada siguiente con ese destino. El lugar en ese barco
le costó una buena parte de su dinero ya que, aún
siendo reconocido como católico, no querían embarcar
ciudadanos de países de Europa Central, por poner a la
misma compañía marítima en actitud sospechosa”
(13).
Otro documento falso permitió indirectamente
la llegada al país de Pedro Roth, “el mayor cronista
gráfico de la plástica argentina”, nacido
en Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante
la Segunda Guerra Mundial y llegó a Buenos Aires –explica-
“gracias a un negocio algo oscuro del doctor Liber, un
primo segundo de Rosalía, mi madre, que le compró
un pasaporte falso al cónsul argentino en Montecarlo
el año de mi nacimiento. Puede que el funcionario fuese
algo informal, pero le salvó la vida y nunca dejaremos
de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló una
fábrica de jabón en San Martín. Mi madre,
mi abuela Eugenia y yo llegamos en 1954 y nos establecimos en
Florida” (14).
Roberto
Ale se refiere a las condiciones de ingreso de los inmigrantes
árabes: “Para entrar a la Argentina de esos tiempos
no hacía falta pasaporte y era común que una familia
traiga a otra y así practicamente aldeas enteras se trasladaron
a nuestro país, esparciéndose de norte a sur y
de este a oeste de estas ricas llanuras pampeanas. Tenían
ventajas y privilegios sobre el mismo nativo, no tenían
cargas militares, ni cívicas. Ante cualquier problema
que pudiera surgir, tenían un Cónsul de su propio
país que los protegía” (15).
Juan Carlos Coria se refiere a la inmigración
africana: “las entrevistas mantenidas con africanos de
distintos orígenes, permiten comprobar que, salvo casos
muy excepcionales, ingresaron a la Argentina sin ningún
inconveniente ni traba, salvo los ingresados como polizontes
en buques de banderas europeas, que por regirse con las leyes
de los respectivos países tenían la obligación
de devolverlos al lugar de donde habían subido a los
barcos. Por ser la Argentina de fronteras abiertas y por ello,
un país de recepción casi indiscriminado, esos
inmigrantes, lograron ubicarse, muchas veces precariamente,
pero subsistieron, trabajando muy duro, obteniendo documentación,
no siendo escasos los casos de negros africanos que se nacionalizaron.
Superando la etapa de la población negra esclava y su
descendencia, los nuevos negros africanos, que se fueron radicando,
pueden datarse desde principios del siglo XX con continuos ingresos
anuales hasta la década de 1930, en que disminuyen hasta
casi desaparecer. Esa inmigración se reanuda con posterioridad
a la terminación de la Segunda Guerra” (16).
Una vez logrado el
permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto**,
soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar
a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y desde
donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las colonias
en las que quizás encuentren a algún ser querido.
De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas
que leímos.
Notas
1 Bazán Lazcano, Marcelo: “Carta de Lectores”,
en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre
de 1999.
2 ABC: “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto
de la vida”, en La Prensa, Buenos Aires, 9 de
mayo de 1999.
3 Bortot, Giorgio: “Correo de lectores”, en La
Nación Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
4 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada,
1962.
5 Fernández Díaz, Jorge: Mamá.
Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
6 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias.
Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
7 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza:
Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión,
8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía
Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998.
8 Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La Colonia San José.
Santa Fe, Colmegna, 1992.
9 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán.
Biografía del capitán croata Miro Kovacic.
Buenos Aires, Corregidor, 1996.
10 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos.
Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
11 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos
Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
12 Auspitz, Erwin: “Aquel cónsul argentino en Viena”,
en Clarín, Buenos Aires, 26 de julio de 2005.
13 Weisz; José Martín: ...mientras los violines
tocaban csárdás. Un viaje a Hungría.
Buenos Aires, Editorial Milá, 2002.
14 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Pedro Roth ‘Soy
un testigo privilegiado’ “, en La Nación,
Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
15 Ale, Roberto Mustafá: “Argentina Siglo XIX y
principios del XX. La Inmigración , los árabes
y aspectos de su historia, cultura y civilización”,
en www.revistaarabe.com.ar,
Santa Fe, Marzo de 2004.
16 Coria, Juan Carlos: Pasado y presente de los Negros en
Buenos Aires, Buenos Aires, octubre de 1997, Educar, Argentina.
La partida
En El Cardedal, un
pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la
partida del abuelo de la periodista: “Un día de
1912, cincuenta y siete hombres se fueron para América.
Yo tenía cinco años y todo el pueblo los siguió
hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre
ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó
la agonía del pueblo” (1).
Otro periodista, esta vez en la calle
principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: “un chico
de doce años yéndose para siempre con su madre
–escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa
en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar;
tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas
argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió
robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del
barco donde trabajará para cruzar el Atlántico”
(2).
En Sobre héroes y tumbas, Ernesto
Sábato evoca la partida desde la tierra de origen: “Addio
patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras que
algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del
viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas
del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con
la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo
fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del
cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con
los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas
y aquellos castaños a través de los mares y los
años: fijos e insensatos, indominables por la miseria
y las vicisitudes, por la distancia y la vejez” (3).
Agata, la protagonista de Oscuramente
fuerte es la vida, recuerda, muchos años después,
el día en que debió dejar su tierra, para reunirse
con su marido: “Hasta último momento, yo seguía
formulándome preguntas que no encontraban respuesta.
Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa,
el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido
esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años
difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía
a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas?
Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas
paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos.
Había algo en mí que se resistía, que no
entendía. Sentía como si una voluntad ajena me
hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una
aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en
la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me
acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre
punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa,
abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra.
Recorrí las habitaciones como había recorrido
el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes,
las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón
y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la
hora de despertar a Elsa y Guido” (4).
También alude a ese momento
la calabresa Adelina C. Cela, en el poema “Madre Patria”,
imaginando el sentimiento de su tierra: “Tú clamabas
por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/
en nostálgica partida” (5).
Algún gallego tendría
en su mente los versos de Rosalía de Castro, la poeta
que escribió: “¡Van a deixala patria!.../
Forzoso, mais supremo sacrificio./ A miseria está negra
en torno deles,/ ¡ai!, i adiante está o abismo!...”
(6).
María Rosa Lojo evoca la partida
de su padre: “Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno
de esos exiliados. Para él ya había pasado lo
peor: el riesgo de fusilamiento, la cárcel, la ‘redención
de penas por el trabajo’. Sin embargo se despidió
de los castañares centenarios y los caminos de piedra.
Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que
le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia
numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano.
Dejaba irremediablemente truncos los estudios que había
iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse
en oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios
equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también
(aunque de eso me enteré después de su muerte:
era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil
de ‘mala cabeza’, y de play-boy coruñés,
que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres.
Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido
siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión
de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto
que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería,
casi, otra persona” (7).
Un mural pintado por Carlos Salatino
y Beatriz Sevilla, en un restaurante de Buenos Aires, evoca
el barco que trajo a emigrantes asturianos. A esa obra se refiere
el realizador: “El mural que usted
vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema
de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son
inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para
denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego
significa ‘hambre’, un hambre que España,
caída en una profunda decadencia, carente de recursos,
atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y
perdidas sus últimas colonias, conoció en una
escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país
hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes
españoles que buscaron aquí lo que sus países
les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos
en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales.
El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también
el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque
los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos
de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado
el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro
modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos
otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de
cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural
tampoco” (8).
Nora Ayala recrea el momento en que
su abuela deja Alemania, en 1891: “El puerto de Bremen
se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras
Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba
fuertemente contra su pecho la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten
que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se
veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan,
agitando los pañuelos” (9).
De Rusia parte Jacobo Fijman, a los
cuatro años de edad, en 1898. Muchos tiempo después,
escribiría: “¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes/
Que aún no han encontrado su camino;/ Pero he gustado
un luminoso vino/ en huertos generosos y fragantes” (10).
En El árbol de la gitana, de
Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro
riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella
con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños.
Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación
del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta.
Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora
las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con
el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando
parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y
su país pero también su nombre. Nadie más
los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa
e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre
la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja
pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de
sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa
de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo
de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana
sosa y desabrida como matse sin té” (11).
Un judío se despide de su mujer
y su hija, en el cuento “Papá”, de Susana
Goldemberg: “Miró a mamá. Se abrazaron fuerte,
fuerte. A mí me pareció que mamá era más
pequeña y más débil de lo que yo creía.
Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes
manos recorrió mi cara: los rulos sobre la frente, las
cejas, el dibujo de mi nariz, la línea de los labios.
Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía
cuando me daba el beso de las buenas noches. Cuando por fin
me dejó en el suelo, tenía mojado mi pelo con
sus lágrimas. Tomó su atadito y se lo echó
a la espalda. Rodeó con el otro brazo los hombros de
mamá y salieron al camino. Yo los seguí”
(12).
En Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940,
una inmigrante inicia la escritura del diario que recogerá
sus impresiones durante la travesía en el “Arabia-Maru”,
que arribó a Buenos Aires en diciembre de ese mismo año.
Ella escribe: “A Iojanan y a mí por supuesto, nos
dolía el estómago, como antes de cada situación
conflictiva. Nos despedimos de la abuela y el abuelo. El taxi
estaba afuera preparado, arreglamos las maletas y nos sentamos”
(13).
A los inmigrantes “de alguna
manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida
del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos,
afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era
poco pero el equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano-
estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza:
la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse
a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba”
(14).
En su “Homenaje al inmigrante”,
canta Betina Villaverde: “Sí, y fueron valientes,
mares de por medio/ sus raices quedaron/ mas, no vacilaron,
fijo en sus mentes un/ mapa brillaba, Argentina./ Abriéndose
en abanico, ancha y hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas
extraños, se entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian,
trabajo./ Santa palabra, paz, trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/
su equipaje, la fe, la voluntad como arma/ la fortuna, sus manos”
(15).
Pierre Cottereau, que no era inmigrante
pero nunca volviò a Francia, escribe acerca de su valija:
“Sobre la proa del barco/ la abracè con fuerza/
sin embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino”
(16).
Roberto Cossa, en El Sur y después,
incluye una canción que refleja el sentimiento de quienes
tientan suerte en otra tierra: “Allá murió
la infancia: / una caricia, una canción, / una plaza,
una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./
Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas
cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul.
/ Es un vaso de vino, es un trozo de pan” (17).
Los italianos que se embarcan en Génova
en 1884, hacia el Río de la Plata, son descriptos por
Edmondo D’Amicis en su obra En el oceano. Acerca del escritor,
dijo Griselda Gambaro: “El autor de Corazón recoge,
sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este
fresco están todos los que vinieron a América,
en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño
particular. Y el sueño –y el destrozo del sueño-
empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de
tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones,
representaran a la humanidad entera” (18).
Notas
1 Luzzani, Telma: “El Mirador”, en Clarín,
17 de octubre de 1999.
2 Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en
Clarín, Buenos Aires, 3 de septiembre de 2000.
3 Sábato, Ernesto: Sobre héroes y tumbas.
Buenos Aires, Seix Barral, 1998.
4 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos
Aires, Sudamericana, 2003.
5 Cela, Adelina: “Madre Patria”, en La Capital,
Mar del Plata, 5 de septiembre de 1999.
6 Castro, Rosalía de: Obra Poética. Barcelona,
Biblioteca Bruguera, 1972.
7 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía
de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al
Margen Revista Digital.
8 González Rouco, María: Entrevista vía
e-mail realizada en febrero de 2003.
9 Ayala, Nora: op. cit..
10 Fijman, Jacobo: “Caminante” (poema inédito)
en Clarín, Buenos Aires, 14 de diciembre de
2002.
11 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana.
Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.
12 Goldemberg, Susana: “Papá”, en Cuentos
de la bobe. Buenos Aires, Sudamericana.
13 Weiss, Mónica: Muestra en Hotel de Inmigrantes, 2001.
14 Fesquet, Silvia: “La tierra de uno”, en Clarín
Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.
15 Villaverde, Betina: poema enviado por e-mail a MGR en 2004.
16 Cottereau, Pierre M. M.: Sueños y sombras.
Villa General Belgrano, Còrdoba, Ediciòn del autor,
1997.
17 Cossa, Roberto: El Sur y después, en Teatro 3.
Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
18 Gambaro, Griselda: “L’América: el sueño
en italiano”, en Clarín, Buenos Aires,
20 de julio de 2002.
Un viaje penoso
En sus Memorias, Lucio
V. Mansilla describe las condiciones en las que los inmigrantes
realizaban el viaje hacia América: “El italiano
no había comenzado aún su éxodo de inmigrante.
De España, en general del Ferrol, de La Coruña,
de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela,
rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En
cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (1).
En su libro Los armenios en Buenos
Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa:
“Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no se
correspondían con las descripciones de los folletos de
propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se
tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo
que cada pasajero tenía derecho a una superficie mínima
de 1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo,
a utilizar cocinas y baños a bordo así como al
control médico” (2).
Cuenta un inmigrante asturiano que
“Las camas consistían en unos cajones parecidos
a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo
hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria
el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte!
El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba
seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho
unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona,
a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona
le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (3).
Para Valentìn Bianchi “transcurrieron
muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del
camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa
la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco
carguero en el que viajaba tambièn le producìan
desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias
del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia,
solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama”
(4).
No faltaban pasajeros como el italiano
Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a los dieciséis años,
“se embarcó como polizón siendo descubierto
a los pocos días quedando a cargo del panadero del barco
que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos
Aires una recomendación para la empresa Molinos Río
de la Plata” (5).
“El primer recuerdo que me aparece
es el viaje”, dice la protagonista de Diario de ilusiones
y naufragios, novela de María Angélica Scotti
que mereció el premio Emecé 1995/6. “En
verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis
propios ojos –continúa. No sólo porque era
muy pequeña sino también porque hice la travesía
encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo
las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de
Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo
y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había
oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en
el primer puerto, y por eso resolvió esconderme”
(6).
Remey Nuez Fontanals llegó desde
Barcelona a la Argentina en 1947, a los veinte años.
Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos
en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres
por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo,
en el que para respirar, había sólo un tubo de
lona que subía a la cubierta. Veintitrés días
así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos
en los campos de concentración...” (7).
En la bodega pasa su luna de miel el
turco Víctor: “Fue un mes de viaje. Una inolvidable
luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía
con su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con
los demás hombres” (8).
Francisco Lores Mascato, Presdente
de la Federación de Asociaciones Gallegas, y su esposa,
“En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde
Ogrove a Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás
fue el mareo o la diferencia de edad: cuando se bajaron del
vapor Entre Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él
tenía 19 y ella 8. Siete años después,
un par de gaitas en San Telmo cambiaron las cosas. Boas noites,
bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó
bailar un pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas.
Cuatro décadas después, Lorena, la hija de ambos,
canta antiguas canciones celtas en el mismo salón”
(9).
Cuando mira una foto, Elsa Carballeda
imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos
en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias
y los sueños intactos)” (10).
Sin una madre que lo proteja, solo,
viaja a los diez años, el padre del poeta González
Carbalho. De su profunda pena dará testimonio el hijo
en su lírica (11).
A los trece emigra, desde los Bajos
Pirineos, Bernardo Lalanne;. él relata en sus memorias:
“En el año 1873 me vine a este hermoso país,
la Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando
bajo el cuidado de ellos hasta Buenos Aires” (12).
A pesar
de la tristeza, “La música y las danzas abundaban
en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón,
otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín
diáfano de Padrazo” (13).
Hacía música el galleguito
de González Carbalho: “la armónica en los
labios/ hice todo el viaje”(14).
Cuando embarcó en Génova,
Valentín Bianchi “portaba la vieja valija de la
familia y su inseparable mandolina en la espalda” (15).
En el océano, “cuando
vino con otros/ encerrado en la panza de un buque”, aprendió
el italiano del tango “La Violeta”, de Nicolás
Olivari, la “canzoneta de pago lejano” que cantaba
en la taberna (16).
Hacer juntos semejante travesía
crea lazos. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno baila con los
de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de
su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el
barco” (17).
Johann Bodemann, quien emigró
de Valais en 1857, recuerda: “Todo cambiaba cuando mejoraba
el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba
pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes
cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando
la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable
soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de
animales marinos. A veces bailábamos farándulas
dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas
noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana,
tan era eso hermoso” (18).
También se escuchaban narraciones.
Ana Padovani dice: “mi abuelo me contaba que cuando vino
en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban
a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de
tercera clase” (19).
Algunos viajeros traían libros.
El padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan Moreira,
un Quijote, un Martín Fierro y un Bertoldo, Bertoldino
y Cacaseno, “toda una significativa selección”(20);
mi abuela, la Imitación de Cristo, de Kempis.
Muchos traían el manual que
les ayudaría a manejarse en América: “los
gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en
viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran
redactados para orientar a los futuros colonos y contenían
precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje,
la llegada y la posterior vida en un país extraño.
Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo
cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos
Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían
mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades,
como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro
país y de otros, como Italia” (21).
Los que podían, traían
ahorros. Cuando Lajos Fehér salió de su Hungría
natal, “llevaba consigo todos los ahorros que había
juntado en los últimos años, a los que había
ocultado en dos partes diferentes: una mitad eran billetes cosidos
dentro del forro de un inmenso sobretodo con el que acostumbraba
enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta
Húngara, billetes de divisa internacional que habían
sido acopiados lenta y cuidadosamente a través de los
escasos medios para conseguirlos con que se contaba en la Europa
en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran monedas de oro
que había colocado en el lugar del motorcito ausente
de un gramófono portátil que formaba parte de
su equipaje, motor que estaba a mano dentro de una de sus valijas,
para cuando fuese necesario demostrar que el aparato musical
era bueno y en funcionamiento” (22). En América,
el hombre se enterará de que los billetes eran falsos.
Lo habían engañado.
Arturo Lezcano me escribe que la madre
de José María Martín trajo desde Galicia
un cuadro titulado “La abuela y el niño”,
de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su
venta algún dinero para establecerse en América.
Un armenio viajaba con un recuerdo
de familia: “la palangana de cobre que, vaya uno a saber
por qué, era el único utensilio que Krikor había
traido a la Argentina, luego de pasar trabajosamente algunas
aduanas que, entre aclaraciones y confusiones le permitieron
eludir el tax, palabra que nunca pudo comprender, aunque le
sonaba a crujido o a vidrios rotos, y resultaba amenazante en
boca de un empleado de Aduana. Aquella palangana era como un
tesoro familiar, al que su padre enaltecía cada vez que
se bañaban”. Otro había traido un hammám
tazé, el tazón de bronce, para el baño,
parecido a un plato encasquetado. En ese recipiente cargaban
el agua tibia que, partiendo desde la cabeza, servía
para arrastrar todo lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (...)
El hammám tazé era un obsequio de Aigás,
ese recipiente de metal era su única pertenencia de desterrado”.
Otros traìan secuelas de la
tortura. Un inmigrante relata a su hijo: “Tù sabes
que los turcos nos hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre
ellas, la de clavar herraduras en los pies de algunos armenios,
como si fueran animales. Durante el viaje a la Argentina, en
el barco, conocì a uno de ellos. Caminaba rengueando
y usaba zapatos con plataforma”.
Y la culpa. Recuerda un armenio: en
el barco “a los pocos días comencé a sentirme
mal. No eran solamente los mareos. Sentía sobre mí
una carga aplastante que iba creciendo. Mis compañeros
creían que se debía a la alimentación y
hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía
apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras
nos quitan hasta las ganas de comer y qué corta es la
distancia entre el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras
los míos quizás estaban muertos o muriendo, en
el momento que más se necesita la compañía
de los seres queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos
eran mejores que yo. Me di muchas respuestas que no sirvieron
para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento de
culpa, pero la peor de todas, la más difícil de
soportar: la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los
otros polizones también escapaban, pero ninguno con mis
cargas” (23).
Alberto Luis Ponzo expresa en “Dibujos
de papá”: “Seguí durante horas/ la
cabeza/ que viajaba desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando
en la piel” (24).
Ema Wolf afirma que no sólo
venían personas en los barcos. Venían también
extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó
desde Sicilia: “Con toda seguridad llegó acá
en un barco. Lo habrá traído algún inmigrante
en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue
del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin
darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando
hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriría cargar
a propósito con algo tan fastidioso como el Mamucca”
(25).
Al pasar la línea del Ecuador
–relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían
someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio
habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro
lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para
festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos
debíamos someternos al bautismo de la línea, como
era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea
del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse
sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados:
uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero
con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres
con grandes baldes de agua, y un último con una sábana
mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de
negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de
madera. De pronto surgían detrás de él,
los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza
del bautizado. Después el cura inscribía el nombre
y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán
llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así
con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna
o simples ciudadanos. Después le tocó el turno
a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos
rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que
los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino
se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies
en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo
nada. Después los marineros nos pidieron la propina,
se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (26).
“Alguien le hizo una broma al
napolitano –escribe Dal Masetto-: le robó un zapato.
El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo.
Anda así desde hace varios días porque no tiene
otro par. Habla en voz alta, acusa, está dolorido y furioso.
Los demás lo miran desde lejos, divertidos y expectantes.
Por fin el napolitano se quita el zapato que le queda, lo levanta
sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar.
En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza
el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira
también por encima de la borda. ‘Ahora’,
grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’
“ (27).
Los aspectos desagradables de la travesía
son evocados en muchos testimonios. “Había en ese
barco a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra
María Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de
eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar
limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras
de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos
se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban
olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas
orinaban en cualquier rincón” (28).
Pero los olores no llegaban a la distinguida
primera clase: “En el barco –relata Henestrosa-,
los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un
salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que
se apiñaba en la bodega” (29).
“Dicen que el aire de mar a unos
les provoca náuseas y a otros unas peculiares ansias
–continúa Scotti. Padrazo contaba que a él
el viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias
ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los trópicos,”(30).
En plena travesía, una mujer
dio a luz. Lo relata Johann Bodemann: “Les tengo que indicar
que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo
familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque
todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse
parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron
que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos
mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor
le importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán
el servicio hubiera sido muy miserable”. Fue el capitán
quién solucionó a Bodemann y los suyos el problema
de la alimentación en el barco (31).
También el diario de un asturiano
que emigra ilegalmente a la Argentina nos habla de la alimentación
a bordo (32). Mal la pasó una asturiana de quince años,
a quien “unas manzanas deliciosas de Río Negro
(...) la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez
kilos en dos semanas” (33).
Viajando en esas condiciones, era fácil
que se propagaran las enfermedades. Acerca de la salud de los
ucranios en el mar, relata María Arcuschín: “Los
niños, más pequeños, con la inestabilidad
propia de su edad y desconociendo los peligros, corrían
de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo
querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados
febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso
a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó
estoicamente” (34).
Cuenta Isaías Leo Kremer que
una mujer murió durante la travesía: “Dicen
que su madre había fallecido en el barco que la traía
desde Rusia y que quince familias judías se juramentaron
para cuidar al niño hasta su mayoría de edad,
pues no poseía parientes cercanos conocidos en la Argentina”
(35).
Syria Poletti narra en Gente conmigo
lo sucedido a una pareja italiana: “El llegó primero;
trabajó duro y construyó la casa. Entonces se
casaron por poder y ella tomó el barco. Un barco hacia
América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante
la travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar.
Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él
tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar
el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó
de regreso a Italia”. La narradora sabe bien por qué
sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: “Ella
había contraído el tracoma por viajar junto a
algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien
–un médico o un traductor- habría posibilitado
el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico”
(36).
Salvador Petrella, personaje de Frontera
sur, muere de fiebre amarilla en el barco. Su cuerpo fue cremado
en el horno del lazareto de la Isla Martín García.
La novia que lo esperaba “pone el brazo izquierdo sobre
la mesa, la mano abierta, la palma arriba, y con la derecha
se da un hachazo...” . Esa fue la espantosa forma en que
se suicidó. (37).
A las enfermedades a bordo se refiere
asimismo Claudio Savoia, quien afirma que la “fiebre inmigratoria”de
1907 fue bautizada así por los historiadores porque casi
todos los pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con
fiebre (38).
Como la inmigrante que evoca Poletti,
aunque por otro motivo, a Italia vuelve también el protagonista
de Guido de Andrés Rivera, a quién se le aplicó
la Ley de Residencia 4144. Dice el hombre: “Estoy aquí,
en un camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en
una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano,
roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida,
una lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas,
creen que trasladan a suicidas. (...) soy un tipo que se llama
Guido Fioravanti y que los patrones de este desgraciado país,
envían, como un saludo, a la bestia de la Romagna”
(39).
El viaje era insalubre y riesgoso.
En el cuento de Luis León, “Izmir, Vísperas
de Pésaj”, judíos de Esmirna preparan su
viaje hacia la “Aryintina, como Ierushalám, tierra
prometida de leche y miel...” (40). En “Chacarita,
Vísperas de Pésaj”, del mismo autor, un
hombre recuerda con pesar esos “cuarenta días en
el vapor” que “no fueron menos que cuarenta años
en el desierto” (41).
Interminable debe haber sido el viaje
para la alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó
a tiempo, lo que alarmó a la adolescente: “Yo viajaría
treinta y ocho días en barco y llegaría un día
determinado, que mi tío sabía cuál era.
El problema fue que el barco se atrasó tres días
y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque
pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría
que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó
sin ningún problema, le habían avisado”
(42).
Gyula Kósice dijo en una entrevista:
“ ‘He viajado 28 días en barco, y lo único
que veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente,
quedé influenciado por esa travesía’. Habla
de su llegada a la Argentina, a los 4 años, proveniente
de Kosice, un pueblo de Hungría” (43).
A Stéfano, protagonista que
da el nombre a la novela de María Teresa Andruetto, le
toca en suerte un viaje accidentado: “En medio de la noche
los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda
de estribor. El llanto de un niño viene del camarote
vecino o de otro que está más allá. Aquí
donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre de jaspeado
dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que
dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está
asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero
nadie ha de tener más miedo que él, que quisiera
que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos
y le dijera, como cuando era pequeño y todavía
no soñaba con América, duerme, ya pasará”
(44).
Los descendientes
de una inmigrante cuentan la forma en que ella y sus hijos salvaron
la vida: “Ana Dubroff vino vía Génova, con
León (hijo) y Berta. Una señora que viajaba en
el mismo barco se enfermo gravemente. Ana era o se hizo muy
amiga y cuando el capitán del barco decidió que
la enferma debía bajar en Génova por la gravedad
de su estado, Ana decidió a su vez bajar con su familia
y quedarse a cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago,
sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la familia
Dubroff era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar:
la mayor parte de sus cosas se hundieron con el barco”
(45).
Nada tenían que ver con el clima
las desventuras de los intelectuales españoles que llegaron
a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia
apareció al día siguiente en el diario Noticias
Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo
de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo
que sólo tratándose de peligrosos confinados se
hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los
españoles refugiados tenían orden de que nadie
se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de
buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa
saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo
de gente que representa de modos distintos a la cultura y el
cerebro de España permanezca en la sombría situación
de los delincuentes incomunicados” (46).
El escritor Rodolfo Alonso afirma,
refiriéndose a los exiliados gallegos, que “si
Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya
mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes
(obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que
no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta
derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de
viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos,
periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas,
editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces
mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura
ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político
sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron
a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura
gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (47).
Notas
1 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias
2 Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los armenios
en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad
(1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
3 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
4 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante.
Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.
5 S/F: “El negocio del hielo”, en La Capital,
Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
6 Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones
y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
7 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar
en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata,
26 de noviembre de 2000.
8 S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”,
en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de
2002.
9 Peralta, Elena: “Clubes españoles”, en
Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.
10 Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en
Floresta y su mundo, Año 9, N° 106, Febrero
1999.
11 Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González
Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
12 Lalanne, Bernardo: “Memorias”, en Archivo Histórico
Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría,
Secretaría de Gobierno, Año 1997, Revista N°3.
13 Scotti, María Angélica: op. cit.
14 Requeni, Antonio: op. cit.
15 Bianchi, Alcides J.: op. cit.
16 Olivari, Nicolás: “La violeta”, citado
por Cirigliano, Gustavo, en “Disquisiciones tangueras”,
en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
17 Pujol, Sergio.: “El baile, una historia de sexo, violencia
y tensiones sociales”, en La Capital, Mar del
Plata, 13 de febrero de 2000.
18 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe,
Colmegna, 1992.
19 Itzcovich, Mabel: “De profesión, contadoras
de cuentos”, en Clarín, Buenos Aires,
20 de octubre de 1997.
20 Alonso, Rodolfo: en Historia de la literatura argentina.
Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
21 S/F: “Hotel museo para la memoria”, en La
Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de
2002.
22 Weisz, José Martín: op. cit.
23 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos
Aires, Ediciòn del autor, 1998.
24 Ponzo, Alberto Luis: “Dibujos de papá”,
en El Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999.
25 Wolf, Ema: “El mamucca” en Clarín,
Buenos Aires, 22 de marzo de 1998.
26 Vernaz , Celia: op. cit.
27 Dal Masetto, Antonio: La tierra incomparable. Buenos
Aires, Sudamericana, 2003.
28 Scotti, María Angélica: op. cit.
29 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas.
Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
30 Scotti, María Angélica: op.cit.
31 Vernaz, Celia: op. cit.
32 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
33 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
34 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso.
Buenos Aires, Marymar, 1986.
35 Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El
Progreso’“, en Mundo Israelita, Buenos
Aires, 8 de agosto de 2003.
36 Poletti, Syria: op. cit
37 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona,
Ediciones B, 1998.
38 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”,
en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
39 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso.
Alfaguara, 2002.
40 León Luis: “Izmir, Vísperas de Pésaj”,
en SEFARaires N° 1, mayo de 2002.
41 “Chacarita.,
Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N°
2, junio de 2002.
42 Schotellius, Renate, en “Bajaron de los barcos. Historia
de la inmigración en Argentina”, Colegio Schönthal,
www.monografias.com
43 Repar, Matías: “ENTREVISTA CON GYULA KOSICE,
INVENTOR FULL TIME DEL ARTE ARGENTINO ‘El mundo no me
necesita, pero para el arte contemporáneo soy inevitable’
“, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio
de 2005.
44 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires,
Sudamericana, 2001.
45 Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”,
en www.math.bu.edu/people/
horacio/ anc-cast.htm
46 Schwarzstein, Dora: “La llegada de los republicanos
españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios
Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.
47 Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El
Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.
En el puerto
“Mole de mundo,/
cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste”,
canta Carolina de Grinbaum en “Llegaste”. (1). Por
fin, se avista la tierra americana.
“Un día el barco atracó
en la ribera/-dice el poema de Roberto Druetta- y dos mozalbetes
bajaron de él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/
repletas de sueños y de mucha fe”(2).
“Desde el vapor hasta la costa
–relata el pionero holandés Diego Zijlstra, en
Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha
unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que
nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos
en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte.
Pero invierno aquí...” (3).
El narrador describe, en Frontera sur,
uno de los tantos desembarcos de inmigrantes, en la década
del 80: “Los buques anclaban muy lejos de la costa, y
viajeros, equipajes y mercancías pasaban, o eran arrojados,
a una gabarra o a varios botes pequeños, que lo llevaban
todo a los carros en que, finalmente, salía del agua.
Si el calado no resistía una quilla, por escasa que fuese,
las irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos
excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos, que
encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre
e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y
los sobresaltos de los carros, del griterío de los que
temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban
último, y de las voces de quienes, de pie en los pescantes,
guiaban a las bestias. Ramón abandonó la contemplación
de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban
a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral
de mirada torcida” (4).
A criterio de Delfín Garasa,
“Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo
desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato
documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero
bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz,
con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes
y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas
fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas
por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por
ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio
social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta
voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés
o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente,
aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las
proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’
que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos,
exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué
les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada
se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido
a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos
de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’
con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los
napolitanos pequeños y retorcidos como raíces,
los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses
esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable
voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su
actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y
agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas
hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada
en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su
inmensidad desierta” (5).
Desembarcan los inmigrantes en Irresponsable,
de M. T. Podestá: "A lo lejos empezó a divisar
una caravana de hombres, mujeres y niños, que parecían
acudir a alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que
cruzaban la plaza marchando detrás de sus equipajes que
ellos mismos ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor
parte, fuertes, vigorosos, con esa robustez peculiar de los
hijos de las montañas. Vestían sus mejores trajes:
los hombres, sus chaquetillas lustrosas, con botones de metal,
colgadas del hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca,
amplia, de hilo crudo, sujeta al cuello con un pañuelo
de seda multicolor; sombrero de fieltro, en cuya cinta habían
colocado algunos una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso,
férreo, caras plácidas, de hombres sanos, contentos,
sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto especial,
echando tal vez sus cuentas sobre la probabilidad de una próxima
fortuna. Algunos llevaban en sus brazos criaturas rollizas,
rubias, con la plasticidad exuberante de la buena pasta con
que estaban amasados; otros iban encorvados, cargando sobre
sus espaldas cuadradas sus baúles y sus valijas, jadeantes,
colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor sobre la arena
caliente y brillante del suelo. Las mujeres, con sus trajes
de aldeanas, de colores vivos, con sus caderas anchas, redondeadas,
sobre las que apoyaban negligentemente su mano. De facciones
correctas, y algunas hasta hermosas, con sus colores de manzana
madura, sus grandes ojos negros, vivos y de mirar curioso; dentadura
fuerte, blanca, compacta, y un seno elevado, turgente, capaz
de alimentar tres chicuelos hambrientos; cubría su cabeza
un pañuelo de lanilla de fondo gris con flores estampadas,
atado delante con un nudo abierto: una simple vuelta para que
los dos extremos de sus puntas simétricas caigan con
igual armonía sobre los hombros; la garganta descubierta,
blanca, ostentando vueltas de cadenas de gruesas cuentas de
oro, en cuyo centro colgaban amuletos de coral o la imagen venerada
de la madona de su aldea. Iban caminando lentamente detrás
del carro y sus equipajes: un gran carro, en el que se había
apiñado una pirámide de baúles, de valijas,
cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados algunos de los
inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho descubierto,
quemado por el sol, y a la sombra de grandes paraguas verdes
y colorados para proteger a los niños que estaban allí
prendidos al pecho de las madres recostadas cómodamente
contra las valijas. Era una especie de marcha triunfal a las
doce del día bajo los rayos del sol ardiente; parecía
una ovación a este pedazo de la América, cuya
fama corre hasta golpear las puertas de las aldeas más
remotas, en busca de brazos vigorosos con la insignia de la
mies y del arado. ¡Cuántos se acordarían
de sus hogares y cielo, a quienes habían saludado por
última vez al doblar el camino de sus queridas montañas;
enviando una despedida cariñosa al campanario de su aldea
que parecía asomarse empinado desde el fondo del valle
para decirles una vez más: aquí los espero...
¡hasta la vuelta!” (6).
Jorge Isaac evoca, en Una ciudad junto
al río, el momento en que los extranjeros arriban a la
nueva tierra: “Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo
barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según
sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta
a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con
riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe
el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos
y árabes, señalando las peculiares características
de cada grupo.
Y el desembarco de un enfermo: “Llegó
la segunda tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo.
Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo
sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo,
lo trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban,
en varios grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase
y gemía, sin abrir los ojos. (...) Media hora después,
llegó la ambulancia. Un carretón tétrico,
tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a
otro que sirve de fúnebre pero del que tiran unos caballos
renegridos. Casi podría decirse que la variante consiste
tan sólo en el color de los animales. Lo cargaron al
enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los
ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando
de vez en cuando un gemido corto”. Un largo rato después,
el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo
una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las
fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (7).
En La rejión del trigo, Estanislao
Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: “Mirad
al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí
después de haber sido desembarcado á espensas
del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos,
ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana,
lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón
en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente
de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con
una energía amortiguada por la perplejidad que produce
la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias
preocupaciones sobre nuestro carácter, el más
hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en
Europa por nécias o pérfidas publicaciones. Solamente
lo alientan en tan extraña situación de espíritu
las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer”
(8).
La protagonista de Virgen, novela de
Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta,
aún anciana “podía escuchar el rolido de
las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los
saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la
mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la
planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con
consistencia de pez, húmeda y avergonzada” (9).
Un pasajero es recordado por Susana
Aguad, su nieta, en “Al bajar del barco”, donde
escribe: “Se disipa la angustia de una travesía
de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo,
a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran
por última vez al ‘Génova’ con sus
dos banderas trenzando azules y verdes” (10).
La casa de Myra es la novela de Aurora
Alonso de Rocha que mereció el Segundo Premio Xerox para
autores inéditos, en 2001. En ella, la escritora relata
qué sucedía, en e |