| Malena nunca supo cómo
llegó ahí. Le dijeron que la habían traído
porque se había vuelto un poco loca al mes de haber abortado
planificadamente. Su historia clínica tenía la
carátula “DEPRESION”, por que ese era el
diagnóstico de los psiquiatras que ordenaron su internación.
Podía pasearse por los jardines del sanatorio
mental privado. Entonces veía como el viento movía
las copas de las coníferas, de los jacarandaes y de unos
eucaliptos que llenaba el aire de un aroma mentolado. Durante
el mediodía, el sol iluminaba el enorme parque, donde
había bancos verdes y mesas redondas de plástico.
El sanatorio contaba con un gimnasio, una sala
de teatro y un taller de manualidades. Además, había
reconocido la enfermería, la sala de terapia ocupacional,
otra de nutrición, y muchos médicos de distintas
especialidades que se ocupaban de los pacientes y de los familiares.
El centro médico estaba pintado de color
rosa oscuro. En la fachada principal había una puerta
corrediza y en la parte de arriba, un pequeño balcón
y cinco ventanas totalmente enrejadas que daban hacia la calle.
Antes de la puerta había un sendero rodeado
de césped y flores. Al costado, estacionaban los autos
y en la entrada atendía una secretaria sonriente y amable.
Un pasillo largo comunicaba las habitaciones, y un ascensor
llegaba al primer piso, donde estaban los pacientes por períodos
cortos; en cambio en planta baja alojaban a los que padecían
esquizofrenia, psicosis y otros tipos de demencia severa. Al
final de cada corredor los internados disponían de una
sala para ver televisión y mesas para comer.
Ese día era la función de teatro,
pero Malena no quería ir porque se sentía mal.
No solo estaba bajo los efectos de los antidepresivos sino que
la perseguía la idea de su aborto.
Un grupo de recuperados que salían en
una semana tenía preparada la función ?Blanca
Nieves y los siete enanitos?, a modo de despedida; Malena prefería
quedarse en su silla mirando por la ventana del cuarto cómo
las hojas caían de los árboles que ir a actuar.
Y pensaba...
“La primera semana de marzo fue la peor
de mi vida, sobre todo, cuando me enteré de mi embarazo
de seis semanas. Fui a la ecógrafa para hacerme un estudio
de rutina del útero y se me paró el corazón
cuando oi que me decía “estás embarazada”
con el mismo tono de voz con el que me podría haber dicho
“estás resfriada”. Jamás lo hubiera
imaginado, a pesar de tener nauseas, dolores de panza, ganas
de llorar y haber engordado dos kilos.”
En aquel momento Malena tuvo un ataque de nervios acompañado
de llanto. La dominaban la desesperación y la angustia,
junto con la pregunta insoslayable “¿ahora qué
hago?, si ni siquiera tengo una pareja fija”.
Tuvo un instante de pánico. La mente
estaba en blanco. De pronto decidió el aborto y lo hizo.
Todo fue rápido, tan rápido que todo le parecía
mentira.
Pero después pensó: “He
cometido un crimen”. Y ese pensamiento no la dejaba ni
de día ni de noche. Comenzó a sentir una vocecita
que le susurraba constantemente: “eessttaassseemmbbaarraazzaaddaa...”.
No se atrevía a mirarse en el espejo. El susurro la atormentaba
y le provocaba escalofríos.
Después del aborto la culpa la ahogaba:
sentía miedo a morirse porque no dejaba de sangrar. Ni
quiso mirarlo, pero le parecía que él estaba presente
en su vientre.
Un golpe en la puerta la sobresaltó
y abrió enseguida. La obra estaba por comenzar y era
abierta al público: familiares, amigos, amigovios, amigos
de amigos y el personal del sanatorio. La compañera de
cuarto la convenció para que fuera, aunque Malena no
estaba tan segura.
Ella era desgarbada. Su cabello era marrón,
grueso y ondulado. Su cara, una cara simple con ojos castaños
medianos, algunas pecas, boca pequeña, pómulos
delgados y una sonrisa tímida. Tenía los pechos
henchidos. Su aspecto físico no era desagradable. En
verdad, era miedosa, indecisa, pensativa, sencilla pero llevaba
una vida sexual muy activa. Le gustaba, claro.
Cuando entró, el teatro estaba lleno
de gente. Había treinta butacas, una iluminación
tenue, un escenario poco usado que olía a madera húmeda.
Únicamente se hacían funciones para alguna despedida
o fiesta importante. Estaba al lado del gimnasio y al final
de la planta baja, cerca del jardín.
Enseguida reconoció a una amiga, a Sandy
y al padre. Al papá no lo veía desde el comienzo
de la adolescencia, más de la mitad de su vida; Sandy
era músico, compositor y productor. Tenía la piel
suave, dedos de algodón y una mirada penetrante con la
que podía conquistar a cualquier ser humano. Solo quería
que Maly, como le decía a Malena, estuviera bien. No
había quedado embarazada de él. Ella lo apreciaba,
más que a un amigo, menos que a un novio, pero lo suficiente
para estar a su lado y saciar sus deseos carnales.
En cuanto a la amiga se llamaba Mariel, fiel
a la amistad e infiel a los hombres, se había acostado
con cuanto ser con pantalones se cruzaba en su camino y sus
novios tenían los cuernos más grandes que los
de un ciervo. Malena la había dejado de ver porque se
consideraba distinta, pero no la quería perder...
Las compañeras del sanatorio se acercaron
y le preguntaron si estaba preparada y asintió con desgano.
A lo lejos, la amiga la saludó y le sonrió de
medio lado.
Antes de que empezara la función se
acercó el Director de la obra.
— Señorita le deseo suerte
y le agradezco que participe — le dijo.
— Lo hago porque me gusta actuar
y para ayudarlos. Faltaba alguien que representara a uno de
los enanitos, al feliz — comentó Malena.
— Bueno, no te olvides de sonreír
y ...disfrutalo.
— Mirá, ensayé poco
y estoy nerviosa — le confesó Malena—. Revisé
el guión con los chicos y me dijeron que siguiera a los
otros enanos.
— Bien, pero respirá profundo
y concéntrate. Suerte —le dijo el Director y le
dio una palmada en el hombro.
— Gracias.
Trató de tranquilizarse y suspiró. Antes de subir
a cambiarse se dio cuenta de que tenía la cartera en
el hombro. Pensó donde la podía dejar, pero como
estaba apurada la soltó y la apoyó contra la pared
al lado de su padre. Lo miró y entre el bullicio que
reinaba en la sala le pidió, casi a gritos, que se la
cuidara. El tipo, barbudo y un poco sordo asintió con
la cabeza quizás diciendo que sí pero sin entender
demasiado.
Al terminar la función la aplaudieron
y felicitaron por la buena improvisación. Había
logrado distraerse detrás un personaje. Luego pasó
por al lado de Mariel, que la volvió a mirar y le dijo
algo al oído a Sandy.
Malena siguió por su camino en busca
de la cartera, pero cuando llegó a donde la había
dejado no estaba. Tampoco el papá. Corrió al patio,
se encontró con él, no la tenia. Le preguntó
dónde la había dejado y no le respondió,
simplemente meneó los rulos como desentendiéndose
del asunto.
La cartera era de color negro, común,
con una tira y un solo cierre en la parte de arriba. Apenas
estaba forrada y le faltaban bolsillos. Llevaba el diario íntimo,
un lápiz de labios, pañuelos, papeles, una birome,
la billetera con los documentos, nada de plata y algún
chicle. Cartera, bolsa, bag, sac, borsetta da donna, o como
fuere, pero al fin y al cabo un objeto al que le gustaba pasear,
estar tirada en el suelo, en la cama, en la mesa, hasta en el
baño. Y no podía estar vacía porque era
necesario llevar algo, un protector para el período,
una aspirina para un mediodía de resaca, una birome para
anotar el teléfono de algún chico y el diario,
documentador de anécdotas, fantasías, miedos y
reflexiones.
Malena fue hasta la entrada.
¾¿Sabes si alguien trajo una cartera perdida?
¾le preguntó a la secretaria amable.
¾ Si recibí una, ¿me podes acompañar
hasta el armario así te la muestro? ¿Qué
es lo más importante que llevas, hay algo que se pueda
perder? ¾le preguntó a Malena.
?PERDIDO?. Esa palabra le latió en la mente como si le
hubiera agarrado migraña. ?Sí, pensó, lo
perdí porque quise?... y se paralizó. El castigo
era una carga. ¿Qué dirían sus amistades
o sus familiares si se enteraban? Lo sabían pocas personas
por miedo a que la juzgasen peor que ella misma.
La voz de la secretaria la trajo a la realidad. La cartera no
estaba. Salió de la oficina mirando el piso. El padre
se había ido, una vez más, sin saludarla.
Por detrás, escuchó una voz
familiar. Se dio vuelta y vio a su amiga con la cartera en la
mano. En ese mismo instante recordó que Mariel le había
hablado a Sandy cuando ella bajó del escenario.
— Hola Mariel ¿cómo
estás tanto tiempo?
— Te felicito por la actuación¾
comentó Mariel.
— Gracias. Estaba nerviosa pero fue
divertido. A propósito ¿donde la encontraste?
— le preguntó.
— Se la diste a tu papá pero
se ve que se olvidó. Salió apurado y la dejó
debajo de una butaca, cuando me di cuenta le conté a
Sandy y me dijo que te la diéramos. Así que la
agarré y te la traje.
— Bueno, gracias otra vez, amiga.
— De nada —dijo Mariel—,
¿Por qué no me contás cómo estás?
Se pusieron a charlar y la amiga le contó que se iba
con el novio a Puerto Rico en el verano. Recordaron el viaje
que ellas lo habían hecho y cuanto se habían divertido.
( Hacía mucho que no nos veíamos, lo último
que supe fue que estabas en este sanatorio. Me enteré
por tu hermana cuando llamé a tu casa (le confió
Mariel.
( Estoy un poco deprimida, se me juntaron temas irresueltos
que me trastornaron. Perdóname por no haberte llamado.
( No es momento para preocuparte. Lo que importa es que te recuperes.
Malena la abrazó durante unos segundos. Cuando se separaron
vieron a Sandy sentado en uno de los bancos.
( Anda un rato con él, vino por vos.
( Sí ya lo se...
Se despidieron y Malena fue a hablar con Sandy. Él le
dijo que se iba a un recital que había organizado. Le
agradeció la visita, le prometió llamarlo, le
deseó suerte y lo besó cariñosamente en
los labios. Cuando Sandy se fue, ella sacó el diario
íntimo junto con la birome y comenzó a anotar
lo que había vivido durante ese día. Luego se
levantó del banco y caminó hasta la mitad del
parque. Sonrió, sintiéndose liberada y sin importarle
nada revoleó la cartera por los aires hasta verla desaparecer
en el jardín vecino. Reflexionó sobre la amistad,
en el hecho de contar con una amiga, de sentirse feliz al verla
sonreír o de tener ganas de llorar si le pasaba algo
doloroso. La tranquilidad de saber que si la necesitaba iba
a estar y el consuelo de que podía darle un buen consejo.
Con respecto al amor, recordó a Sandy, su mirada llena
de paz y tranquilidad, sus manos para dar calor y ese amor envolvente
y libre de ataduras. Puso en la balanza los valores afectivos
y los comparó con los materiales. Se dio cuenta que la
cartera era un simple objeto que no satisfacía ninguna
necesidad y que solo servía para ser usada y desechada.
Una enfermera se acercó.
“Malena, es hora de que vayas a tu cuarto,dijo. Tenés
que tomar los remedios”. Miró a la enfermera y
comprendió porqué estaba allí. Quiso escribir
la última línea de su diario, pero recordó
que lo había despedido dentro de la cartera. Y entonces
la siguió hacia su habitación.
************************************************************************
*Stella Maris Roque, tiene 25 años, es soltera y de
nacionalidad argentina. Se ha graduado como Técnica Universitaria
en Periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA).
Realizó un curso de edición cinematográfica
en esa casa de estudios, especializandose en técnicas
de computación y participó de talleres de escritura
creativa y de cuento. Fue redactora en el diario vespertino
La Razón de Buenos Aires, Argentina, y en la revista
Tiempo de Aventura. Actualmente escribe cuentos y relatos que
reunirá en un libro de próxima edición.
E-mail: stellma80@hotmail.com
|