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“... La patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito 
AÑO IV - WASHINGTON DC., ESTADOS UNIDOS  -

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Ana María Caliz

EL COLIBRI EMBRUJADO

 

Por Ana María Caliz*

 

Los pigmentos luminosos, maquillando están su cuerpo,
paseándose por los néctares de las arboledas
torbellino de frescura, libre como el aire cuando silva
al rayar el alba, el Rey de los astros te saluda,
le revelas gorjeando armoniosas melodías 
el ímpetu sobrelleva la gloria de tú raza
palpitando el corazón,
la agitación se asoma en los balcones de tus ojos.

El colibrí embrujado,
vivaracho en su vuelo, agudizando el ingenio
cautivado por su hembra, su atributo es el amor,
de rama en rama, con inquietud y cortejo hasta llegar al destino
las estrellas se adelantan iluminando el camino,
con tormentas y rayos él mismito se ha encontrado
aparejarse de temple, eludiendo está su entorno
en las alas cabalgando, a la Reina de su mundo.

*Este poema quedó semifinalista en el concurso realizado por Estudios del Centro de Estudios Poéticos de Madrid, España. Será incluido en una Antología que con el nombre de “Pétalos de Pasión” editará la entidad organizadora del certamen.

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John Argerich

El amasijo

EL ARTE DE PATEAR BIEN
(Donde se habla de cómo Pepe González llegó a París)


Por John Argerich

A una cuadra de la estación de tranvías que daba colorido a mi barrio, había un baldío. Lleno de charcos, latas y papeles, como todos los baldíos del suburbio. Criadero de ratas, cucarachas, perros atorrantes y gatos de albañal, pero flor y truco para el fóbal. Un verdadero imán de la afición, donde los pibes gambeteaban sus berretines cuando salían del cole. Porque el deporte rey está en todos los corazones. Convencidos de que alguna vez el destino iba a llamarlos a lucir la camiseta bicolor del equipo nacional. Es que habían aprendido a gritar “¡Viva Boca!” antes que decir “mamá” y “papá”. Con lo cual, y a pesar de los globos que siempre  desparramó la propaganda británica, surge una enseñanza. El fóbal no fue inventado en la abadía de Westminster, por monjes pelirrojos que jugaban en el patio con la sotana remangada. Y mucho menos por los kelpers que se afanaron nuestras Malvinas. El fóbal nació en el Riachuelo, señores, con música de tango como cálido arrroró.  Cuando los viejos aún contaban historias del último malón. La época de María Castaña, un decir.
 -Te equivocás, salame, porque eso fue ayer, nomás –interrumpió un conocedor de las cosas nuestras- El fóbal nació en la época de los apóstoles. Cuando los hombres eran tan barbáros que mataban los pajáros arriba de los arbóles.
-¡Aijuna, que sabía historia el loco! –dijo un gil de Balvanera.
Y después empezó la discusión.
-Que patatín.
-Que patatán.
-Que ¿a quién le ganás?
-¡Rajá chauchón!
Un par de castañas, y se apaciguaron los ánimos. La historia de siempre. Entonces una voz sensata llamó a la reflexión, invocando los deberes del hinchaje.
-¡Dejesén de buscar roña, y vamo al potrero pa’ jugar un cacho, che!
-¡Viva el fóbal! –gritaron todos.
Y entonces se vio que había espíritu de equipo, porque de la multitud fue surgiendo un murmullo.

“Tenemos un arquero que es una maravilla...
Se ataja los penales sentado en una silla.
En eso se desmaya, le damos chocolate,
¡Arriba Boca Juniors, y abajo River Plate!”

Convicciones que hacen al alma nacional, porque la hermandad que empezó en primer grado iba robusteciéndose con tanto partido y el correr de los años. Los pibes se rompían para que los dejaran jugar como cadetes, hasta que uno entró en la quinta. Poco después lo siguieron varios más. Pero a pesar de hallarse en carrera hacia la gloria, no habían olvidado el baldío que los vió nacer.
-¡Ese pibe tiene pasta! –decían, cuando algún purrete se marcaba un pepino que hacía temblar a la afición.
-¡Siga así, mijo, y va a ser alguien en la vida!
Los chicos se iban contentos, y los adolescentes empezaban a afilar con el minaje del vecindario.
-¿Salimos este sábado a la noche, Juan?
-Disculpáme, Rosita, pero tengo entrenamiento todo el fin de semana.
-Entonces salgo con el Cacho, ese rubio que me está invitando desde hace un mes.
-Lo siento, querida... ¡Todo sea por el club!
Mas no hay entrenamiento que dure cien años, y llegó el día lunes. Juan fue a visitar a la Rosita y de tanto hacer zaguán esperaba que una vuelta lo dejaran entrar a la casa. Pero se equivocó como turco en la neblina.
-¡Hola, querida!
-¡Rajá, boludo! -dijo ella por toda respuesta- Lo nuestro se acabó.
-¿Qué sapa?
-Me dejaste sola, y me metí con el Cacho. El no tiene otra obligación que ayudar al papá en la verdulería de lunes a viernes. Pero sábado y domingo me los va a dedicar a mí. Además es hincha de Racing y tiene bulín en Avellaneda.
-¡No me dejés, piruja!
-Dame una pueba de amor, entonces, pero sin derramamiento de sangre. El juicio de Dios modelo “light”.
Y él se retiró llevando en su alforja otra visita de zaguán nomás. Decidido a rescatar su vapuleado amor.
“Mirá, atorrante –decía la carta del Juancito- Te mando el presente anónimo valientemente firmado porque soy un tipo bien. Me afanaste la Rosa con chamullo mersa de puro sport. Podría hacerte pomada, pero ella no quiere ver fiambres. Vení a la cancha si sos hombre, que tengo el puño prohibido. Y traéte una canastra, para llevarte los pepinos. Sin otra cosa que agregar, me cago en vos y en el Racing Club.
La suerte estaba echada. Si aquel desgraciado tenía madre, iba a contestar. Pasaron dos días, y por fin apareció un papel clavado en la ventana del Juan.
”Che cornudo”–decía la respuesta, trabajosamente escrita con caligrafía inglesa- “Si les tenés pavura a las piñas, yo a vos te reviento igual jugando al truco. O al fóbal, o con las minas, así que elegí, nomás.
Había llegado el momento de hablar por el celular. Pocas palabras, eso sí.
-El fóbal.
-Formá equipo, entonces, que voy con once valores de Avellaneda para hacerte pasar vergüenza.
-Pasado mañana a las 12 y media en el baldío que está cerca de la estación de tranvías.
-El que pierde paga los chorizos y se olvida de Rosita.
-Está bien, pero hay algo más. El que pierde se liga también una patada en el culo, como para aterrizar en Francia.
-Eso está a 15.000 kilómetros de Buenos Aires... ¡Qué mal la vas a pasar!
-Menos charla, maricón.
Los días transcurrían lentamente, como crónica de una pateadura anunciada. Todo el barrio pendiente de los resultados.
-Le voy a poner una vela a la Virgen del Carmen para que lo ayude al Juancito –decía una señora entrada en grasas, al salir de la carnicería.
-Yo también, doña Consuelo.
-Pero me han dicho que en Avellaneda hay mucha afición por el Cacho, un verdulero tan desgraciado que hasta cobra la verdurita, dicen.
-¿Cobra la verdurita? ¡No se lo puedo creer!
-Eso no es nada. También roba en el peso.
-Y le han puesto velas a San Cayetano para que le haga ganar el partido.
-Nosotras le pondremos velas de lujo, entonces, de esas que venden en Luján. Así el santo se da cuenta de que no somos unas rascas como la pandilla del verdulero. Que además son todas hinchas del Racing Club.
-¡Qué asco, doña Flora...! No me lo puedo creer.
-Créamelo doña, que le estoy batiendo la pura.
Por fin llegó el día del encuentro, con un cielo encapotado que amenazaba  lluvia. Y todos sabemos lo que ocurre en Buenos Aires cuando empieza a llover en junio. Frío, mucho viento, inundaciones a todo lo largo de la costa. Así que la gente estaba apurada por que el match empezara cuanto antes.
-Acérquense los capitanes –dijo un gordito que tenía ferretería en Banfield, y jugaba de referí.
Y allí estaban ambos rivales, sacando pecho. Juancito de azul y oro. El Cacho de azul y blanco.
-¡A jugar como caballeros! –dijo el ferretero- Putear se puede, pero nada de casotes ni patadas. ¿Me oyeron bien?
Después tiró la pelota, y dio comienzo la lid. Los boquenses presionaban, pero la Academia se mandaba unos contraataques para dejar temblando al más pintado.
-¡Gol de Boca!
-¡Gol de Racing!
-¡Dos a dos!
-¡Tres a tres!
-Tiempo adicional.
-¡Tres a tres!
-Se decidirá por penales –dispuso el de las pilchas negras.
Pero se cansaron de patear a quemarropa, y nadie atajaba un gol.
Entonces Juancito decidió tomar el destino en sus manos. O mejor dicho, en sus pies. A falta de goles para humillarlo, se puso detrás del Cacho, y le disparó un terrible envío rumbo al culo. Adrenalina pura. Pero nadie había ganado ese partido, y tal agresión, descalificaría a los pizzeros. Así que un hincha llamado Pepe González, que no tenía nada que ver con el asunto, corrió para empujar al visitante y esquivarle la terrible coz. Mala suerte, porque le dio a él de lleno en el culo. El hombre se elevó en el aire, describió una curva balística, y desde entonces vive en París. Con lo que se cumplió un viejo dicho: No hay comedido que salga bien.

THE END

Copyright: John Argerich, 2006
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.

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María González Rouco

MORIR EN MARASH, NOVELA HISTORICA

 

   Comentario de María González Rouco


MORIR EN MARASH, por Eduardo Bedrossian. Buenos Aires, Edición del autor, 2004. 448 pp.

     A ochenta y nueve años del genocidio armenio, el autor dedica su obra “A los armenios de Marash. Al millón y medio de niños, mujeres y hombres masacrados en el primer genocidio del siglo XX. A sus descendientes, a sus familias. A la Nación Argentina y a todos los países que los acogieron con generosidad. A cada hombre y a cada mujer que lucha honestamente para sobrevivir en un mundo envilecido por los poderosos de turno”.
     “La llamada ‘guerra de Marash’ – señala Bedrossian, en el Prefacio- es más una expresión evocativa que una realidad bélica. Es otra estación del calvario de los pueblos sometidos al yugo otomano. Entre 1820 y 1890 fueron asesinados más de 90.000 armenios, griegos y búlgaros; trescientos mil armenios son aniquilados entre 1894 y 1896. También los árabes y asirios tuvieron sus mártires. La ‘guerra de Marash’ no fue una guerra. Si una parte queda diezmada y la otra carece prácticamente de bajas, la palabra guerra pierde su contenido y es lícito reemplazarla por otra más realista: matanza. De eso trata este libro. De un pueblo acorralado, de cara a la muerte, que ha sufrido el despotismo de los sultanes, luego el genocidio a manos de los ‘Jóvenes Turcos’, y finalmente hasta 1923 la culminación con Mustafá Kemal, cuando casi no quedan armenios por esas tierras”.
     En el Prólogo a la obra, el embajador Leandro Despouy, Relator Especial de Derechos Humanos y Discapacidad en las Naciones Unidas, escribe: “Marash tiene especial significación para el autor: es el pueblo natal de su madre. Su padre fue arrojado a una fosa común dándoselo por muerto. Los Bedrossian, como sobrevivientes del horror, llegaron a la Argentina donde su hijo Eduardo nació y creció con el recuerdo de la tragedia que ellos habían dejado atrás. La escritura de este compatriota le da sentido al sufrimiento de su progenie. En los umbrales del siglo XXI y frente a nuevos delitos de lesa humanidad, el presente trabajo es de lectura indispensable para preservar la memoria, involucrarse con la historia y censurar sin reservas todo acto que violente la condición humana”.
     La historia se inicia en el pueblo armenio, el martes 30 de septiembre de 1919, cuando Elmast (abuela del autor) despierta a su esposo Shadarev, pues ha tenido lo que ella considera un sueño premonitorio, y lo insta a salir del lugar. El hombre sostiene que los temores de la mujer son infundados, pues han pasado ya los malos tiempos, y nada hace presagiar que vuelvan los años de las torturas y las muertes, del dolor y el llanto. No obstante, la duda se ha instalado en su ánimo.
     La mujer no se equivocaba. Una vez más, los armenios son víctimas de los crímenes más feroces, del sadismo más terrible. Bedrossian da testimonio de esta crueldad, pero destaca que no fue un ataque del islam hacia el cristianismo, y afirma que, así como muchos turcos fueron sanguinarios, otros sufrieron la destitución de sus cargos por oponerse a cumplir órdenes. Exalta, asimismo, el heroísmo de los misioneros, quienes pusieron en riesgo sus vidas para parlamentar con los turcos.
     “Los hechos relatados son auténticos –manifiesta-, los actores deben resignarse al guión no elegido, son arrastrados irresistiblemente a la insospechada tragedia común que los envuelve. Vienen a nuestro encuentro con el temible lenguaje de la verdad. La acción transcurre a través de los ojos y la piel de sus protagonistas. Sus nombres son reales. Carecen de maquillaje, visten con la ropa del hombre de la calle. Llegan a nuestro encuentro sin libretos aprendidos de memoria, con sus defectos y virtudes, grandezas y miserias. En pocas ocasiones, la titularidad de los acontecimientos pertenece a otro hermano de infortunio. Cuando suben al escenario cada uno se convierte en un personaje. No son las criaturas del autor, en realidad es el autor la criatura que ellos han dado a luz tras penosos dolores de parto. Sólo pretenden que se escuche su voz y se respeten sus silencios”.
     Hay escenas de gran dramatismo, como aquella en la que describe el éxodo hacia Adaná, con un frío intenso. A poco de empezar a caminar, los pies se congelan; la ropa, empapada, impide la marcha. Los más débiles se quedan a la vera del camino; sus familiares no pueden hacer más que santiguarse. A muchos, ni siquiera pueden cerrarles los ojos, pues tienen los párpados congelados: “El camino a Adaná se va convirtiendo en un sendero señalizado por cadáveres en posiciones desordenadas, como estatuas caídas. Acostados. Sentados, apoyados contra un árbol, se trata de una última colaboración hacia los rezagados, para que no pierdan el camino. No existen vías como las de un tren. Desde lejos se los podrá confundir con las ramas secas de un viejo árbol. Algunos están sentados juntos con las bocas abiertas como si hablaran en voz baja, en un lenguaje secreto, para que no escuchen los que siguen. Hay cuerpos abrazados, parecen estar unidos en oración, con copos de nieve en la barba de los hombres o en el cabello de las mujeres, como un pegajoso maná caído del cielo. Si fuera por ese vestido de nieve se diría que están descansando. Un extraño no sospechará si se trata de una huída o de una escena familiar. Nadie se atreve a quitarles el abrigo ya innecesario que forma un conjunto inseparable con cada cuerpo, como fantasmas decorados de blanco por la nieve y de violeta por el frío”.
     Los incendios de templos llenos de refugiados, las violaciones a adolescentes y mujeres, a menudo delante de la propia familia, son denunciadas por este estudioso que se propuso “no olvidar”, como lo dice el título de una de sus novelas.
     Los Bedrossian y los Boulgourdjian son sólo algunos de los muchos armenios que evoca el autor, y que encontraron paz en estas tierras. De esas familias, acosadas por el dolor, la miseria y la impunidad, han salido hijos que estudiaron, que hicieron brillantes carreras, y demostraron a sus padres que, después de todo, la vida tenía sentido.
     Al igual que en obras anteriores, las costumbres, las comidas, los relatos y los refranes son reflejados en esta obra que nos ilustra detalladamente acerca de la vida cotidiana de una comunidad en la paz, y también en la guerra.
     Eduardo Bedrossian es Doctor en Medicina y Licenciado en Desarrollo Educativo. Ha escrito anteriormente Pilato (novela, 1968), Hayrig Detrás del silencio de un millón y medio de voces, (novela, 1991), Hayrig II (ensayo, 1995), Memorias para no olvidar (novela, 1998), Después de Hora (Narrativa, 2000). A la seriedad con que se ha documentado, se le suma un diestro manejo del idioma; ambos nos hacen admirar el talento de este escritor, que tanto hace por difundir la historia de los suyos.
     Completan el volumen la bibliografía consultada, el apéndice –que incluye información sumamente actualizada- y el plano de época de la ciudad de Marash, preparado por el arquitecto Alejandro Bedrossian.

 
Jose Juan Botelli
José Juan Botelli

     José Juan Botelli

 

 

                Por María Fernanda Abad

José Juan Botelli es común encontrarlo sentado en medio de sus nostalgias. En su vieja casa de la calle Necochea los recuerdos están enmarcados en cuadros, detenidos en fotos, atrapados en las anécdotas que al "Coco" le brotan nítidamente, sin esfuerzo... como su música.
             Un escritorio antiguo con un vidrio. Debajo, las escenas de una vida, en blanco y negro. En las paredes, cuadros. Pinturas grandes, obsequios de aquellos amigos con los que compartía las tardes y las noches en el patio de don Juan Carlos Dávalos, bajo la morera. Y entre las pinturas, más fotos. Chiquitas, espiando desde la memoria y la admiración: Ramiro Dávalos, Gustavo Leguizamón, Manuel J. Castilla, Manuel De Falla, Maurice Ravel, Igor Strawinski, José Hernán Figueroa Aráoz, Jorge Hugo Román...

El "Coco" Botelli es un lúcido representante de aquella Salta que quedó en los libros y en la memoria por su rico caudal de artistas: escritores, músicos y pintores. Así, por separado, o todo al mismo tiempo, como es el caso de Botelli, que tiene varios libros publicados, varios cuadros colgados y toda la música echada al viento. Eran los años '40, '50... Ellos eran jóvenes, y al mismo tiempo grandes, muy grandes. Ahora, Botelli habla y el pasado llega como tropel, superpoblado. Pero no lo estanca. Lo enriquece, pero no lo estanca. Y es que el presente es también tan rico que la convivencia parece casi perfecta. El joven Botelli que acompañaba a don Juan Carlos a dar largas caminatas o se enredaba en contrapuntos de piano con el "Cuchi" se mueve cómodamente en este cuerpo de más años, más rituales y menos alborotos. Conviven. Y de a ratos habla uno, y de a ratos habla el otro.
"Comencé con la música a los doce años, aquí en Salta y mi primer instrumento fue el bandoneón", recuerda, y no mezquina detalles: "Mis hermanos trabajaban en Huaytiquina, la línea que iba a Chile, y cada uno se compró un bandoneón, pero nunca pudieron aprender a tocar nada. Yo los agarré y al poco tiempo ya estaba tocando de oído. Ahí nomás me mandaron a estudiar con José Mantuano, profesor que tenía un conjunto de tango. Entonces aprendí las primeras piezas clásicas, como "Desde el alma", el vals de "Rosita Melo" y la zamba "La jujeñita", que no volví a escuchar nunca más".
Eran los años mozos y la música era importante, pero no lo era todo. Por eso, a los quince se fue con su amigo Juan Britos "de linyera", a Buenos Aires. "Hemos mentido que nos íbamos a los cerros, cosa que siempre hacíamos, y hemos vuelto recién al mes, bien flacos. Andábamos en los trenes de carga, nos bañábamos en el Paraná. Pura aventura... Me acuerdo que cuando volví, mi hermano mayor, que hacía de jefe del hogar porque mi papá murió cuando yo tenía tres años, no me dijo nada. Llegué y me senté a tocar el bandoneón en el patio. Y no me dijo nada. Qué iba a decir si yo ya no tenía remedio". Botelli abrazó el fuelle hasta que un día, de esos que suelen marcar comienzos, a su hermana Ofelia le compraron un piano vertical. Y empezó a tocar.
             Y empezó a crecer. "Me mandaron a estudiar con Juan Dakal. Después pasé a mi maestro de toda la vida, Alberto Prevot. Después estudié armonía con Emerencio Kardos. A los quince, con el acordeón a piano, hice mis primeros valsesitos. Luego estudié tres años en Tucumán, me llevó mi primo Gabriel Salazar, que fue mi mecenas. Ahí aprendí mucho con Enrique Mario Casella. Después volví y en el año '37 o '38 conocí a Jaime, y a través de él a todos los Dávalos".
             Botelli estudió y creó. Y en eso, por lo menos genéticamente hablando, no registra antecedentes. "Mi papá tocaba algo la guitarra, de oído. Mi hermana era la que empezó a estudiar música, pero el habilidoso resulté ser yo".
            Y en aquellos años, la habilidad - según revela la historia-, parecía ser contagiosa. Y se contagiaba entre pares, entre jóvenes entusiastas que se reunían en torno de una figura que los aglutinaba, los cobijaba y los invitaba constantemente a producir. "Conocí a mucha gente en la casa de Don Juan Carlos Dávalos, donde todos eran artistas. Ahí los conocí a todos: al Cuchi, a Jacobo Regen, a Miguel Angel Pérez, a todos... En su casa de la 20 de Febrero, don Juan Carlos tenía tres patios. Había uno con una morera y ahí nos encontrábamos. El tenía una portentosa amenidad, recitaba a los clásicos y a nosotros nos fascinaba. Conversábamos alrededor de algún vinito que él compraba. Era muy generoso. No podía estar si no te invitaba algo. Las reuniones eran fiestas que organizaba el Arturo, asados que él mismo hacía. Don Juan Carlos animaba todo, siempre estaba hablando y nos entretenía. A veces sacaba un libro y se ponía a leer, después cada uno de los presentes recitaba sus propias composiciones. Jacobo recitaba lo suyo, Arturo lo de él. El nos escuchaba y nos estimulaba para que siguiéramos escribiendo. Uno le contaba algo y él inmediatamente te decía: `escribí eso, es literario'".
            Este tramo de su vida, a Botelli, le llega con el espesor de los buenos vinos, lo bebe sorbo a sorbo y le baja suave, lentamente... "A veces yo estaba tocando el piano en esta misma habitación y llegaba don Juan Carlos, golpeaba el vidrio con su bastón y nos íbamos a caminar por la ciudad. Terminábamos tomando una cerveza en el parque y el viejo siempre se quedaba a charlar en cualquier lado. Todos lo invitaban porque era un personaje. Yo considero que él ha sido mi maestro. Y ha sido mi padrino, porque yo estaba sin trabajo y me hizo debutar en la docencia, como profesor en el Colegio Nacional. Ahí enseñé desde el '55 hasta el '82".
             Los de antes
             Botelli es todo un caballero. Esos hombres "de antes", que se desviven en atenciones. Galante como pocos, abre la puerta e invita a pasar. Y entre sus paredes pobladas de recuerdos, vuelve una vez más a la banqueta de madera oscura, coloca sus manos sobre el viejo piano, lo acaricia, agacha la frente, y comienza a tocar. "Una milonguita, para ustedes". Y uno se queda ahí, y apenas atina a decir gracias. Porque se pueden regalar muchas cosas en la vida, pero cuando un artista de su talla se molesta en ofrecer ese intimismo, uno se siente infinitamente privilegiada.
              - ¿Una galletita?
Y otra vez, "gracias".
Después del gesto - imborrable gesto-, Botelli retoma el diálogo con la naturalidad de quien mezcla constantemente las grandes y las pequeñas cosas. Entonces habla del Cuchi. El infaltable e inagotable Cuchi. "Empezamos a componer en el '46 o '47. El no sabía escribir su música y aprendimos juntos, prácticamente solos. Y aprendimos por la necesidad que teníamos de escribir lo que hacíamos. Y comenzamos a componer en el mismo tono, en `la bemol mayor', por ejemplo. Pero el Cuchi me ganó de mano porque se agarró para él a un letrista formidable, como lo era Manuel Castilla. Porque yo pienso que la letra es la mitad de la canción. Mi letrista fue José Ríos. Después trabajé con otros muy importantes, como Miguel Angel Pérez y Nella Castro. Con Ríos tengo como 14 piezas. Con García Pintos, tengo `La nostalgia de tu ausencia', con Juan José Coll `Chacarera de los loros'. El Cuchi tenía la ventaja de que se agarró para él a Manuel, que era un letrista insuperable; así como Falú se agarró para él a Jaime Dávalos. Manuel era muy amigo del Cuchi, estaban todo el tiempo juntos. En esa época todos convivíamos y se producía mucho. Algunos no sabían escribir su música, como le sucedía por ejemplo a Julio Espinoza. A la `Vidala para mi sombra' se la escribí yo. La música era de él, por supuesto, pero como no sabía escribir música, se la pasé yo. Con el Cuchi tocábamos a dos pianos. Hicimos recitales en el Hotel Salta, en Jujuy, en la Casa de la Cultura... Pero es una lástima que nada de eso haya quedado documentado, registrado. Es que los grabadorcitos de ese entonces no eran buenos. Generalmente no escribíamos la partitura, improvisábamos, trabajábamos sobre el instrumento".
        - ¿Y cómo define su música?
         - Es una pregunta difícil. No te sabría decir, pero siempre que hallé una buena letra me ha salido buena música. Ahora, a la música de cámara la hice siempre basada en melodías del folclore. Mi sonatina, por ejemplo, tiene ritmo de zamba, gato, chacarera... "La danza irregular", tiene ritmo de carnavalito.
          -¿Por este método de fusionar el folclore con lo clásico, usted se considera innovador?
           -No, más bien hice lo que hicieron todos los músicos: abrevar de su propio folclore. Chopin, por ejemplo, compone a partir de la música de su tierra.
Hay que tomar de la fuente. Verdi hace folclore italiano. De manera que no soy innovador, sino que intenté hacer lo que todos los grandes. Conminado a confesar, a nombrar, Botelli se reconoce admirador de Gershwin, Chopin, Strawinski, Chopin, Beethoven, Ravel, Louis Amstrong... Y también le gusta algo de Serrat. Esa música, la universal- dice-, es la que lo conmueve. E inmediatamente llega la pregunta obligada:
           - Como integrante de una generación floreciente dentro del folclore, ¿cómo ve al folclore actual?
            - En mi época los folcloristas iban a la casa de los compositores a buscar los temas musicales, pero ahora eso ya no se usa. Aquí venían Los Fronterizos, Los Cantores del Alba, todos los conjuntos. En cambio, ahora, los conjuntos (me imagino que por aprovechar el derecho de autor) componen sus propias piezas. Y pienso que esas producciones tienen menor calidad, sin ánimo de sobrevalorar a los de mi tiempo. Ahora los grupos trabajan para cumplir con la moda. Y la moda es lo más antifolclórico que hayno favorece el progreso cultural. Además los artistas deben tener una cultura general que ahora no veo, es todo muy pobre, muy limitado. Antes los artistas eran muy cultos y al mismo tiempo muy populares. En las letras de Jaime, de Manuel hay muchas figuras de Neruda, por ejemplo. Ahora el folclore está más cerca de lo comercial que de lo artístico. Prevalece el mercado y entonces hay que producir para la demanda. Están muy atados a esos mandamientos. Veo que el folclore se va acercando cada vez más a la cumbia y parece que la gente pide eso más allá de que la cumbia sea en sus fuentes un ritmo muy bonito. En mi época me parece que la gente pedía otra cosa como por ejemplo"La Felipe Varela"que tuvo un éxito bárbaro. La música de esa zamba me salió de un sólo tirón porque la letra es tan hermosa que ya tiene una música interna.
             ¿Y la inspiración? Ese halo medio mágico que uno suele prenderles como distintivo a los artistas para explicar por qué ellos pueden y uno no... ¿Y la inspiración de dónde le viene? Y en este punto Botelli desentona un poco porque dice que no le viene del vino (ni tinto ni blanco) como solía ser el caso de muchos de sus contemporáneos. A esas musas las encuentra, confiesa, en la habitación que nos cobija toda salpicada de recuerdos. "Una vez estaba aquí sentado mirando unas fotos viejas de cuando yo era chango. Y miraba también otras de mi hijo... Entonces me dí cuenta de cómo llegamos a ser eternos a través de los hijos y las cosas que hacemos. Es el camino para perdurar. Pensaba y me salió un poema: `Yo y el tiempo'. Dice así:
              El tiempo es este retrato de lo que fui de niño el tiempo es este hijo mío niño y será cuando él sea viejo que así como yo soy en él y él será en otro seré en todos los que vengan de mí yo y el tiempo.
              Así, Botelli encuentra continuidad. Botelli alcanza continuidad. Le sobra vida porque le sobra obra. Y es para nosotros.

Desde un beso

Escondido rincón del mundo eterno
donde la vida acurrucada en sombra
cobija a un tibio corazón humano
que ha de latir un día: desde el beso.
Polen astral, simiente que el amor
fecunda entre la carne de dos seres,
uniendo cuerpos en mandato oculto
de regresar de nuevo: desde el beso.

                                                        (Fuente: Agenda Cultural de El Tribuno del 17 de junio de 2001)

divisor
María Griselda García Cuerva Dos Poemas de María Griselda García Cuerva

La nostalgia del crepúsculo

La nostalgia del crepúsculo
solloza en mi corazón
y la monotonía roza
la sombra de los recuerdos.
El inmenso cielo se oscurece
y en la plaza solitaria
la brisa cálida y suave
mece los brazos del silencio.
Sentada sobre un banco
suspiro mirando las rosas
y mis pensamientos se dispersan
en los senderos de mi mente.
La gran quietud tropieza
con los gemidos de un violín
y lloran los acordes
viajando por el aire.
La melancolía del atardecer
penetra en mi espíritu
y algunas palabras entrecortadas
se escapan de mi boca.

Encantos nocturnos

El resplandor de la luna
baña de oro las rosas
y una lluvia de brillo
cae sobre sus pétalos.
Los ojos de la noche
abren sus párpados enormes
y se llenan de estupor
al ver el rostro de la belleza.
Las estrellas visten los sueños
con trajes color plata
y se divierten con las nubes
que vienen a besarlas.
El perfume de la primavera
perdura en el aire
y el amor trae palabras
pronunciadas en secreto.
La vida se aferra
a los encantos nocturnos
y lleva en su sangre
la pasión de sus deseos.

 


Freya Hodar Nistal

CONCIENCIA (Aria)


Por Freya Hodar Nistal


 

Sombra y lealtad
al honor horadan,
nula castidad,
silente conciencia,
infierno y dolencia,
queman a mis ojos.

El alma de instinto
osada castiga,
y al dolor mitiga
de yertos despojos.

( Freya)
15 de Mayo, 2005
http://freyahodar.blogspot.com

 

Griselda Gambaro

Griselda Gambaro, en la Casa de Letras, habló sobre la novela
“El mar que nos trajo”,
eje de su carrera literaria

Por Stella Maris Mairó
Datos de las protagonistas*

El ciclo de entrevistas con escritores argentinos de ficción, organizado por el Fondo Nacional de las Artes y la Casa de Letras, en la que fuera la residencia de Victoria Ocampo en Palermo Chico se iniciò con Griselda Gambaro, quien fue entrevistada por la periodista Silvia Hopenhayn.

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn

Ella inaugurò el encuentro una tarde bellísima, en una de las salas de la Casa de Letras, ampliamente iluminada y con una gran vista hacia la plaza Grand Bourg, que está enfrente, en la misma manzana que el Instituto San Martiniano ?copia fiel de la residencia del pròcer en el Grand Bourg de Francia-, realizada por el arquitecto Julio Salas, en Teodoro Sánchez de Bustamante y Alejanndro de Aguado, de Buenos Aires, Argentina.

El público, minutos antes del encuentro, aprovechó para recorrer la Casa de Letras, su biblioteca, sus salones y el aire místico de palabras esfumadas en el tiempo, de la talentosa escritora que recibiò a la intelectualidad universal de su tiempo en ese bello y elegante rincònde del Palermo porteño.

Una de las primeras invitadas a conversar sobre la ficción, fue, como dije, la escritora y dramaturga Griselda Gambaro, quien con su simpatía y gracia, atrajo a un auditorio compuesto por personas de todas las edades.

Hopenyhayn y Gambaro, se lucieron, no solamente por lo que llevaban puesto (camisas y polleras sobrias), sino por el carisma para cautivar al público con palabras justas e interesantes acerca de una obra cargada de recuerdos, enseñanzas y experiencias.

Mientras Gambaro hablaba, Liliana Heker, escritora y miembro del Directorio del Fondo Nacional de las Artes escuchaba atentamente a su colega.
Durante la mayor parte de la entrevista ?genero creado por la escritora y periodista Marìa Esther Vàzquez que luego reproducìa en el suplemento literario de La Naciòn de Buenos Aires-, Gambaro habló sobre una de sus novelas: El mar que nos trajo.

Esa obra es para ella el eje de su producciòn literaria pues, en cierto modos, es autobiogràfica. Cuando escribiò en el inicio, “En el verano del `89, se produjeron dos acontecimientos importantes en la vida de Agostino...”, empezò una gran relato de abandonos, de pérdidas, de sufrimientos y de desilusiones, entre Italia y Argentina, que transcurren entre los años 1889-1939.

El mar que nos trajo es una trama que Gambaro oyó en su familia: ?Era una historia que escuchaba en torno a la mesa y siempre me seducía por los desencuentros de medios hermanos que no se conocían; los odios, las pasiones, entre Argentina e Italia?. Sobre la novela Gambaro confiesa: “tenía ganas de escribirla y lo intenté en primera persona, con poca suerte, porque está escrita en tercera, pero no pude, ya que me parecía demasiado personal; entonces la dejé como veinte años, hasta que de una manera misteriosa empecé la primera frase”.

Desde Italia, el mar trajo esperanzas, sueños y un poco de felicidad a una casa de inquilinato en donde las mujeres eran sumisas, infelices y tristes. “Las amas de mi familia vienen de un ambiente patriarcal; en aquella época trabajaban mucho sin protestar o lo hacían de manera ineficiente; se casaban para obedecer al marido”, cuenta Gambaro. Y hacia Italia, el río de La Plata se llevó lágrimas, pérdidas e impotencias.

Con un desenlace señalado por la llegada de la muerte de algunos personajes, la novela logra una dosis de vida con el encuentro entre protagonistas, que el lector creyó que no se iban a tropezar. El mar que nos trajo consigue conmover al lector por la belleza y profundidad de un relato sobrecogedor.

Cuando se halla a punto de concluir, la narración adquiere matices más templados. Parecería que asoman nuevas historias de mar, de otras tierras, de otras voces lejanas que terminan con los hechos dramáticos. Para Gambaro, el fin de su novela le permitió percibir las raíces que todos tenemos y a las que no prestamos atención: “En mi caso esos seres borrosos que estaban en mi origen se tornaron presentes y vivos y pude comprobarlo en sus alegrías, desazones y sueños”.

La página oficial del sitio de la Casa de Cultura es www.fnartes.gov.ar y el mail para comunicarse es casadelacultura@fnartes.gov.ar

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*Las protagonistas:

Griselda Gambaro
Nació en Buenos Aires en 1928. Entre sus libros figuran El desatino (1965), Una felicidad con menos pena (1965), Ganarse la muerte (1976), etc. Sus obras dramáticas han sido estrenadas en los escenarios más prestigiosos de distintos países de América Latina y Europa y traducida a numerosos idiomas.
Es considerada por la critica como una de las escritoras más relevantes de la literatura argentina actual.

Silvia Hopenhayn
Es periodista literaria. Fue editora del suplemento semanal El Cronista Cultural. Ideó y condujo el programa de televisión El Fantasma , seguido de La crítica, La lengua suelta y La página en blanco . Participó en diferentes programas radiañes y actualmente es responsable de la sección La palabra escrita del programa Primeras luces, en Radio Nacional. Es editora independiente.desde hace diez años. Cuentos reales es su primer libro.

Victoria Ocampo (1890-1979)
Escritora argentina. En 1931 fundó la Revista Sur y la dirigió durante cuarenta años. Fue una de las publicaciones literaria hispanoamericana de prestigio universal. Victoria Ocampo es la Primera mujer que ingresó en la Academia Argentina de Letras.

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Gladys Ovadilla

Miguelina Ángel

Por Gladys Ovadilla

 

Temblorosa en su puerta
Aguardo el misterio
Si es posible creerte muerta
Parada, llorare tristeza vana
No olvidaré tu magia miguelina amiga
Cuando corrías por mis hijos
Yo pensaba subirme al andén, cobarde
Y correr para que mis niños estén bien
Tu imagen, dulce italiana
Trasteaba los polvorientos vientos
Imaginándote niña
En morris desierto
Ramos de sueños
De ideas florecidas
Clavel, pimpollos de rosas
Convocaran tu huida
Tantas veces te soñé
Aclamando la inocencia
Es el tiempo que perdona,
Que carece triste olvido 
Si con mi mano pudiera
Ilumina tu ventana
Torrentes de amor
Corriendo por mi mente

 

 
María González Rouco

INMIGRACION A LA ARGENTINA (1850-1950)
        Testimonios y Literatura
       (Capítulo III – Primeros Días)

Por María González Rouco

     La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se remiten a las instituciones que los orientan.
     Algunos inmigrantes son esperados por sus parientes, a los que conocen en el momento de arribar a la Argentina. Así sucedió a Carmina, la madre de Jorge Fernández Díaz, cuyos tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar la asturiana, de quince años, la tía le dice: “Aquí no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio”.
     Pero todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón” (1).
     El padre de Gladys Onega “Llegó solito, y cuando fue a la casa de su tío Agapito Vega, hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo pusieron a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como aquella que le reservaban siempre al tío Agapito en la casa da pena de Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El tío que lo encandiló en Galicia con la ilusión de América fue el primero que empezó la destrucción de la ilusión?” (2).
     “A la Argentina –recuerda Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires- no se podía emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con todo bicho viviente” (3).
     Cuando llegó en el “Bremen”, en 1929, mi abuela pasó en casa de unos parientes los pocos días que faltaban para su casamiento. Mi abuelo había llegado mucho tiempo antes, y vivía a unas cuadras.
     “Generalmente los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados, siendo muy jóvenes (12 0 14 años) a parientes o compadres que los estaban esperando” (4).

    Acerca de su padre, sus tíos y su abuela, que dejan Turquía, relata Silvia Isjaqui Sereno: “Cuando la guerra terminó  y llegó el primer giro los embarcaron como bestias apiñadas con rumbo a América. Cualquier cosa parecía mejor que lo vivido y además la esperanza, esa mariposa volando en el medio del pecho. (...) cuando llegaron al puerto de Buenos Aires los esperaban parientes. que los llevaron a comprar ropa decente a Gath y Chaves, el brillo que entonces tenia la gran ciudad los encegueció, Elías no se reconocía en los espejos que le devolvían una imagen pulcra y graciosa”(5).

     Una inmigrante armenia dijo a la investigadora Nélida Boulgourdjian: “Al llegar a Buenos Aires, en 1924, vivimos ocho días en casa de mi cuñada, en la calle Niceto Vega. Después alquilamos una casa cerca de la calle Canning. Mi marido era carpintero, ganaba bien. A los pocos meses compramos un lote en Liniers, a pagar en diez años” (6).
     Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino”(7). Algunos se hospedan en otros hoteles. Días después, se trasladarán a un conventillo; a una vivienda más digna, o viajarán hacia el interior.

Notas
1. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
2. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.
3. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.
4. S/F: “Características de la inmigración vasca en el Cono Sur”.
5. Sereno, Silvia Isjaqui: “Un par de zapatos”, en SEFARaires, N° 44. Buenos Aires, Diciembre de 2005.
6. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
7. Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.

El Hotel de Inmigrantes

      Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel (1), sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo figuraba en el Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2).

     Un pionero holandés se alojó allí: “En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo‘ ” (3).

     El friulano Juan Faccioli fue uno de los “integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro lado del arroyo El Rey” (4).
     Por ese entonces, “La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes” (5)
     Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa” (6)
     Alberto Gerchunoff relata que “Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales” (7).
     Al Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: “Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad” (8).
     En la carta que envía al periódico El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, expresa: “En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”. En el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: “Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos” (9).
     José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (10).
     Marta B. de Pellegrini escribe: “Llegar a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el hoy llamado ‘viejo hotel’ sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes” (11).
     En el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda que el dormitorio “era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia”.
     Va a visitar a unos paisanos: “Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar”.
     Encuentra a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a buscarlo al día siguiente. ”Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente” (12).
     En su poemario Las huecos de tu cuerpo, Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en el Hotel. La hija le dice: “Suspendida del verano/ como las/ glicinas de la calle Leiva/ ‘flor quieta y desnuda’*/ tus pies se arrastran/ en la noche/ como una alucinación/ que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/ tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de Lituania” (13).

     Allí nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (14).

     En el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo” (16).

     Relatado por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche –cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían en regaderas –ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires –era la visión europea de América- y después, como había estado en muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían comido –ni aún en su posición buena primaria en Hungría-  como habían comido en el Hotel de Inmigrantes” (17).

      En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida” (18). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.

     Dora Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate” (19).

     El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata: “Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (20).

     Felipe Fistemberg Adler escribe que, al llegar a la Argentina, su madre y otros familiares se alojaron en el Hotel: “Desde Nizni Apsa, Checoslovaquia, el 30 de noviembre de 1930, llegaron a Buenos Aires, a bordo del barco ‘Massilia’, Abraham (Alter) Leibovich, su esposa Jane Adler, su hija Leique de un año de edad, y Rifke Adler, hermana de Jane. Rifke Adler era mi futura madre, que estaba por cumplir 26 años de edad. Las autoridades de la J.C.A., los alojaron inmediatamente en el entonces Hotel de Inmigrantes, donde permanecieron por una semana. Mi tío Alter venía destinado a la colonización con la promesa de obtener una parcela de tierra. El nuevo y provisorio destino, Buenos Aires, deslumbró a los varones inmigrantes, y ante el ocio de la permanencia en el humilde Hotel de Inmigrantes, un grupo se aventuró a sus calles y al regresar exhibieron el primer choque cultural: se habían afeitado sus peies y barbas, atributos distintivos de la ortodoxia de la época, en la que todos ellos habían sido educados. Ese hecho les valió la reprimenda de las mujeres, que, en especial mi madre, conservaron las leyes y costumbres religiosas hasta sus últimos días”. Los representantes de la J.C:A: los alimentaron durante esa semana “con pan, aceitunas, alguna fruta y agua” (21).

    Los alemanes del Admilral Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Uno de los militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos”(22).

    Juan Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques que llevaban alimentos de  acá para Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires”. (23).

     En la biografía que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán croata Miro Kovacic: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies” (24).

     Valentín Bianchi, llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado contable” (25).

     La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó de este testimonio que hubiera sido para mí el más preciado.

     En novelas y cuentos encontramos testimonios acerca de la existencia de esta institución. Ellos, de diversa índole, nos hablan de la presencia del Hotel de Inmigrantes y de su importancia en la comunidad.

     Aparece en páginas de Antonio Argerich, escritor acérrimo enemigo de la inmigración que vivió entre 1855 y 1940. En ¿Inocentes o culpables?, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo al desembarcar. Afirma Argerich: “Al salir del Hotel de los Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por la mitad de la calle. Había hecho relación con estos sus paisanos y todos á la vez buscaban trabajo” (26). Se refiere agresivamente a quienes de allí salían, asemejándolos a animales, recurso que también utiliza Cambaceres  (27) al describir a los inmigrantes.

     Los personajes de La logia del umbral (28), novela de Ricardo Feierstein  recuerdan que en el Hotel les dieron “pan y carne, en platos de lata. (...) Y algunos religiosos (...) no querían comer. Decían que la carne era treif, impura. Que no era para nosotros, judíos de fe”. ”Pero bien que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia el campo –agrega otro. Días y días casi sin masticar. Los niños enfermaban...”.

     En el cuento de Luis León “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, otro judío, esta vez un sefaradí proveniente de Esmirna, recuerda con disgusto su paso por el hotel: “Cuarenta días en el vapor   no fueron menos que cuarenta años en el desierto, y al llegar, ese hotel. Parecido a la timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que nadie los entienda”. El recuerdo de ese lugar es una pesadilla para el hombre: “Así llegó la oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar, cuando apenas había bajado el sol. Sueños pesados, adentro la timaraná, en las salas del Hotel de Inmigrantes, con peleas en idiomas desconocidos, con camas altas casi inalcanzables y trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos zapatones de inmigrantes que iban y venían sin verlos” (29).

     También se hospedó en el Hotel el abuelo Gedalia Rimetka, de El libro de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante y sus “hermanos de barco” “Llegaron después a Buenos Aires, mucho más aceptablemente América. Comparable a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió en el hotel de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía frío, no como en Polonia pero mucho más que ahora. Otro frío era el frío de los inmigrantes. Adentro de la ropa se ponían papeles de diario para calentarse. Los papeles de diario calientan bien, así, así, debajo de la camiseta papeles, diarios enteros” (30).

     Una joven irlandesa se presenta, en Frontera sur, para un puesto de maestra. Durante la entrevista se desmaya; es que –como explica en su trabajoso castellano- había comido por última vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes (31).

     La rutina diaria de la institución es evocada en Stéfano, de María Teresa Andruetto (32). En esa obra, la autora narra: “El hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha tocado un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un cartel dice: Se trata de un sacrificio que dura poco. (...) Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas”.

     María del Carmen García es autora de los “cuentos de gringos” que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (33). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos que “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio”.

    Patricio Pron seleccionó para integrar una antología (34) un cuento en el que menciona un hotel anterior al que conocemos. El protagonista de “La espera” “era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”.

     En Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio “En Buenos Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes, que era para europeos, no para asiáticos. Además los piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones. Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los galpones del Ejército de Salvación de La Boca; allí tenía asegurado el techo y algo de comida. Los salvacionistas distribuían democráticamente lo poco que tenían entre muchos desarraigados y vagabundos hacia los que nadie quería mirar” (35).

     Susana Aguad, escritora, recordó al Hotel en su texto “Al bajar del barco”. En esas líneas rememora los primeros instantes americanos de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los diecisiete años. Escribe Aguad: “El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (36).

Notas
1 González Rouco, María: “El Hotel de Inmigrantes”, en www.monografias.com.
2 Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Colección Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro pasado. Buenos Aires, CEAL, 1983.
3 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
4 S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La Nación Revista, 29 de julio de 2001.
5 Cracogna, Manuel I.: Primera fundación de Avellaneda, en www.hammerprohosting.com.
6 Alpersohn, Marcos: “Memorias de un colono argentino”, en Judaica N°50. Tomado de La colonización judía. Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, por Leonardo Senkman, CEAL, 1984.
7 Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
8 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.
9 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.
10 Arias, José: “Disqueprensa” en La Prensa, Buenos Aires, 1998.
11 Pellegrini, Marta B. de: “Carta de Lectores”, en La Prensa, 1998.
12 Rendler, Jacobo: “Mis primeros pasos en la Argentina”, en www.enplenitud.com.
13 Fingueret, Manuela: Los huecos de tu cuerpo. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1992.
14 Fiorentini, Aurora: “Recuerdos de una emigrante italiana”, en www.italy-news.net.
15 Nowak, Pablo, en un panel en Casa FOA 2000.
16 Joan, Teresa, en un panel en el Hotel de Inmigrantes, 2002.
17 Markic, Mario: “Hotel de sueños”, en En el camino, en TN, 12 de septiembre de 2002.
18 Folleto escrito por Ocampo-Tanferna, para Casa FOA 2000.
19 Schwarsztein, Dora: Entre Franco y Perón. Crítica, 2001.
20 Jankelevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhorsogar.htm
21 Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville. Recuerdos de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 págs. (Testimonios). Págs. 12-13.
22 S/F: “El episodio Graf Spee”, en La Voz del Interior on line.htm, 24 de julio de 2002.
23 Urús; Mariana: “En el combate del Graf Spee el mar estaba calmo”, en El Tiempo, Azul, 3 de marzo de 2002.
24 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del Capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
25 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
26 Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid, Hyspamérica, 1984.
27 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
28 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Milá, 2001.
29 León, Luis: “Chacarita. Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N° 2, junio 2002.
30 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
31 Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
32 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
33 García, María del Carmen: Cuentos de criollos y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
34 Pron, Patricio: “La espera”, en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
35 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, 1998.
36 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.

Otros hoteles

     Rosalind Kildare Neira y su marido, Tomás Farrelll, personajes de la novela Finisterre, de María Rosa Lojo, llegan a Buenos Aires. Ella recuerda: “Nos alojamos al principio en un hotel español cercano al Fuerte: el Comercial, que nos habían recomendado por la calidad de la comida. Cuando mi marido cerró con llave la puerta de nuestro cuarto, me quité las botas, me aflojé el corsé, abrí el embozo de la cama y le tendí los brazos. Me parecía maravilloso estar con él a solas, tranquilos por fin sobre una tierra firme que sería la nuestra. Llegué a Buenos Aires casi recién casada. Nos habíamos elegido libremente, con el beneplácito de mi padre viudo que me entregó confiado a Tomás Farrell, doctor en medicina, como él, e hijo, como yo, de un irlandés y una gallega. (...) Tomás y yo no pensábamos afincarnos en Buenos Aires. Los médicos eran aún más apreciados en las provincias interiores que en el puerto cosmopolita, y ya nos esperaba un puesto vacante, en una villa cercana a la ciudad que se llama Córdoba, a imitación de la Córdoba española” (1).
Notas
1. Lojo, María Rosa: Finisterre. Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

Nuevos porteños

     Muchos inmigrantes se quedaron en la ciudad de Buenos Aires; vivieron en conventillos, pensiones, casas y departamentos.

     María Pizzul de Russian nació en Mossa, talia, en 1901. Vive en Buenos Aires “desde 1924, cuando con su marido ‘fuimos a vivir a un conventillo de Chacarita que dejamos cuando compramos un terreno en Agronomía’, barrio que, desde entonces, nunca abandonó” (1).

     “El secreto de cómo se produjo este pasaje de tanta gente de los cuartos del conventillo a una vivienda mejor reside seguramente en la comparación, durante todo el período, entre el precio medio de un cuarto en aquéllos y el nivel general de salarios en esta época de plena ocupación” (2), afirma Francis Korn.

     “Sobre la calle Serrano 148 –señala Carlos Szwarcer-, se encontraba un núcleo habitacional muy particular: las piezas en alquiler en las que Alberto Vacarezza se había inspirado para escribir El Conventillo de la Paloma, famoso sainete que tendría un espectacular éxito en 1929. La obra reflejaba con genialidad los nuevos prototipos porteños que fueron apareciendo con la llegada de la inmigración y cuya impronta modificaría el paisaje de la ciudad. En los conventillos e inquilinatos convivían el criollo, el tano, el gallego, el ruso, el turco, etc., y el barrio se fue caracterizando por la convivencia y dinámica relación entre las diversas etnias” (3).

     Fernando Sorrentino destaca: “En El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto Vacarezza, don Miguel, el encargado italiano -enamorado de la bella y esquiva protagonista que da nombre al conventillo y título al sainete-, dice, por ejemplo: ‘Sará carpincho, locura, amore, non só; ma giuro, per la ánema de san Genaro, que, ante de aflojare, le prendo fuego a lo conventillo’ ”(4).

     El conventillo fue el escenario del sainete, como lo afirma Vacarezza en un conocido soneto: “La escena representa un conventillo./ Personajes: un grébano amarrete,/ un gallego que en todo se entromete,/ dos guapos, una paica y un vivillo.” (5). Allí “nació el lunfardo, que no es el idioma del delito, como Antonio Dellepiane tituló su libro sobre esta jerga porteña, publicado en 1894” (6).

      En un conventillo vivió Carlitos Gardel, protagonista de una historia de Graciela Beatriz Cabal, quien relata que el pequeño ”se había ido por esas calles de Dios, colgado del pescante de algún carro lechero. Cuando aparecía de vuelta en el conventillo, la madre lo corría por el patio, con la chancleta en lo alto, las peinetas a medio salir y los pelos tapándole los ojos. -¿Dónde anduviste metido, desgraciado?- parece que quería decirle. Pero como estaba muy enojada se lo decía en francés (idioma rarísimo pero que era el de ella). Y entonces los vecinos, que habían sacado las sillitas a la puerta de las piezas para observar todo con detalle (sin intervenir porque una madre es una madre), se quedaban en ayunas” (7).

     En su poema “En el conventillo” (8), Jevel Katz alude a las diferentes nacionalidades que lo habitaban, y su vida en común: “Mi novia Reizl vive en un conventillo/ y en Lavalle, al lado