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La lluvia no ha dejado de caer, los pronósticos no se
equivocaron y yo estoy atrapada aquí, detrás de
esta ventana por la que solo veo una ciudad gris.
Dicen
del verano que suele ser así, lluvioso, terriblemente
húmedo y corrosivo. Como el amor, dicen, anegando los
caminos y los ánimos, provocando a los recuerdos en esas
monótonas tardes de lluvia en las que los ojos
se vuelven inesperadamente tristes y los árboles del
parque, descoloridos y mustios.
No
se porqué me acuerdo del Gallego. Quizás sea porque
él tiene en su mirada la turbulencia de muchos días
de tormenta, la humedad de viejas nubes negras a punto de desbordarse
y empaparlo todo y sin embargo su rostro está siempre
parco, imperturbable diría, como si ninguna lluvia fuera
capaz de salpicarlo.
Mi
ventana se ha empañado nuevamente. Enciendo un cigarrillo
y paso la mano con cierto desgano por el vidrio. Sobre la vereda,
un charco junto al enorme sauce refleja la figura
de una mujer cualquiera que parece fingir que el agua de la
lluvia no corre por su rostro, por su ropa, se amontona dentro
de sus zapatos volviéndola acuosa y resbaladiza como
un pez. Tiene los ojos desmesuradamente abiertos; parece estar
enamorada.
Me
recuerda al Gallego, por su soledad, por esa espera que pierde
cuerpo con las horas, por ese toque de ingenua desolación,
como si no supieran que esperar una respuesta de amor puede
llevarles los días vividos y por vivir. Ella deja que
la lluvia, como el amor, la empape, la inunde, le vuelva
pesados los zapatos, le desdibuje los labios sin atreverse a
detenerla.
De
pronto, a lo lejos se perfila otra figura. Me acerco más
a la ventana para ver detalladamente si un encuentro va a producirse
o es otro loco que no teme ser atrapado por la humedad del verano.
Es un hombre, tiene el cabello mojado y los ojos cargados de
ansiedad cuando la ve a ella sacrificándose junto al
sauce, recibiendo la lluvia como un rito para lavar sus días
anteriores a este día.
Los dejo por un minuto mientras preparo un café y me
digo, como si fuera un gran descubrimiento, que el Gallego
parece estar enamorado y no de la Rubia precisamente. Carga,
como esas nubes, un pasado torrencial. La Rubia lo acompaña
a todos lados, es cierto, se amanece con él, le toma
la mano cuando lo ve taciturno, lo observa desde lejos cuando
el Gallegose vuelve insoportable, pero él tiene el corazón
empapado de otra lluvia. Yo lo sé.
Vuelvo
a mi ventana con la taza de café y la convicción
de haber descubierto algo muy importante en la vida del Gallego.
Los de afuera, la Mujer Pez y su amigo, continúan ignorando
a la impetuosa lluvia de la tarde que ha formado un mar
en la esquina, lleno de hojas y desechos ciudadanos. Ella hace
gestos desesperados, su cara está mojada de lluvia
o de lágrimas, no lo sé; sus palabras se confunden
con el rumor de la calle, no puedo entender lo que dice. El
me resulta impasible, casi duro, inapropiado para un encuentro
bajo la lluvia. Ella repite los mismos gestos, retuerce los
dedos en su ropa, se ve tan patética, tan desesperada
como Alicia, la amiga del Colo, que dice una y otra vez que
dejó al Negro porque muy tarde descubrió que el
amor era algo más que todas esas sandeces que se
dicen por ahí. Lo ha repetido tantas veces que creo que
necesita convencer al Negro para que salga a buscar a otra mujer
y se olvide de lo tormentoso que fue vivir juntos. El Negro,
creo, no quiere escucharla. Parece estar enamorado.
Yo no entiendo a Alicia cuando describe
las virtudes del Arquitecto de su historia, por ejemplo,
y sus ojos se iluminan repentinamente, igual que esos charcos
junto al viejo sauce, reflejan el mundo humedecido por un instante,
por una sola lluvia.
Allá afuera la Mujer Pez intenta burdamente secarse los
ojos con las manos empapadas de lluvia. La miro, tal vez indebidamente,
sin saber que es lo que provoca ese torrente lacrimoso que se
confunde con la tarde y en su alma. El Hombre, el impasible,
desafiando las inclemencias del tiempo, saca un cigarro
que no encenderá jamás. Está contrariado,
gira entre los charcos, vuelve a mirarla, tira con furia su
cigarrillo en medio de la calle y de pronto sus ojos se encuentran
con los míos.
Intimidada, bajo la cabeza y miro el fondo de mi taza de café,
como hace Grisel, la mujer del Turco. Dice que allí,
en esa borra oscura, se encuentra la misma verdad de cada uno.
Yo solo veo manchas informes como corazones rotos, como fundidos
en el barro en un día de lluvia. Griseles de las que
creen en el amor y en cualquier cosa. Cree, por ejemplo, que
el Turco siempre dice la verdad. Cualquiera sabe que él,
cuando cae la tarde, se vuelve melancólico, sus ojos
se ensombrecen, se apagan cuando recuerda a Sandy, la que se
fue para siempre. Yo creo que Sandy estaba enamorada, pero no
del Turco. Y eso, la borra de café no se lo dijo jamás.
El Hombre, el impasible, mira hacia ningún lado. Los
dos quedaron en silencio, ella juguetea con su zapato sobre
el agua, parece observar su propia imagen romperse sobre el
espejo del agua. La lluvia ha inundado la calle, los charcos
se han multiplicado y creo que no tengo más cigarrillos.
Debería dejar de fumar, como Alicia. Pero ella lo hace
por su Arquitecto, cuya principal virtud es liderar un grupo
de gente que desea dejar de fumar. Ella lo escucha, lo alienta
y últimamente ha comenzado a escribir unos poemas bastante
extraños que hablan de la soledad, de los abismos, de
la profundidad de la lluvia. La he visto algunas veces con los
ojos vacíos, como si anduviera por un desierto, sedienta,
cansada, a punto de morir. El Arquitecto parece no
advertirlo, vive con una chica parisina que escapó de
esas relaciones pantanosas que inundan el alma. Vive como una
exiliada. El parece estar enamorado de la parisina. Y Alicia
lo sabe.
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