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WASHINGTON DC., ESTADOS UNIDOS
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Borges y el
canon argentino [1]
La argentinidad de Borges, zarandeada entre
la acusación de cosmopolitismo evasionista, por un lado,
y un cierto criollismo folklórico muy ligado a sus primeros
años de escritor, por otro, es un asunto que no ha dejado
de interesar a la crítica [2].
Al respecto habría que recordar cómo ya en El
escritor argentino y la tradición Borges postula una
literatura que le va a permitir inscribirse en el canon argentino
y, al mismo tiempo, abrirlo a la literatura universal, al parnaso
clásico ligado al Occidente. En esa temprana fecha —recordemos
que el artículo está incluido en Discusión,
(1932)— el escritor ha cerrado su periplo europeo, es
decir, las primeras publicaciones españolas de cuño
expresionista y toque revolucionario recogidas hoy por Gloria
Videla, Jorge Meneses y algunos otros. Y se ha desmarcado ostensiblemente
del ultraísmo, renegando de los infantiles argentinismos
de la poesía que escribiera durante esta década.
No hay sino rescatar sus lúcidas palabras que apuntan
a un taller metaliterario, a un olfato atento al fenómeno
creador propio:
«Séame permitida aquí una
confidencia, una mínima confidencia. Durante muchos años,
en libros ahora felizmente olvidados, traté de redactar
el sabor, la esencia de los barrios extremos de Buenos Aires;
naturalmente abundé en palabras locales, no prescindí
de palabras como cuchilleros, milonga, tapia, y otras, y escribí
así aquellos olvidables y olvidados libros; luego, hará
un año, escribí una historia que se llama La muerte
y la brújula que es una suerte de pesadilla, una pesadilla
en que figuran elementos de Buenos Aires deformados por el horror
de la pesadilla: pienso allí en el Paseo Colón
y lo llamo Rue de Toulon, pienso en las quintas de Adrogué
y las llamo Triste-le-Roy; publicada esa historia, mis amigos
me dijeron que al fin habían encontrado en lo que yo
escribía el sabor de las afueras de Buenos Aires. Precisamente
porque no me había propuesto encontrar ese sabor, porque
me había abandonado al sueño, pude lograr, al
cabo de tantos años, lo que antes busqué en vano»
(O.C., tomo I, pp. 270-271).
Víctor Farias y Rafael Olea Franco han
trabajado sobre los textos que Borges, consecuente con esa temprana
autorreflexión metaliteraria, ocultó celosamente
y se negó a reeditar. No quiero entrar ahora en la polémica
sobre la licitud o ilicitud de esa reedición. Voy al
fondo de la rápida maduración borgiana. Y para
ello, vuelvo al análisis de ese importante texto iniciático
que es El escritor argentino y la tradición. Sus tesis
son muy conocidas. El artículo se estructura en dos partes.
Dice Borges:
«Quiero formular y justificar algunas
proposiciones escépticas sobre el problema del escritor
argentino y la tradición» (p. 267).
Problema que, como ha recordado Arturo Echavarría
en su fino análisis sobre América y (en) Europa:
Borges y la tradición literaria [3],
tiene mucho que ver con la «existencia virtual o actual
de una autonomía cultural, en especial de una autonomía
literaria americana» (p. 55). Pero volvamos a Borges.
En el artículo citado, el escritor examinará —dice
su crítico— «los planteos y soluciones más
frecuentes» (p. 267), desde luego para contradecirlos.
Por ejemplo: 1. Que la tradición literaria argentina
descanse en la gauchesca, su punto de partida y arquetipo. Algo
propuesto por Lugones y refrendado por Rojas, si bien con distinto
enfoque y sentido. Y más tarde, santificado por los nacionalistas
que, dentro de esta línea discursiva, pontificaron que
el Don Segundo Sombra de Güiraldes era el «tipo de
libro nacional» (p. 271). Evidentemente, Borges está
muy lejos de tragarse sin más estas afirmaciones. Demostrará
con argumentos teñidos por su habitual sutileza, que
no es lo mismo literatura gauchesca que literatura de gauchos.
Que el mítico Martín Fierro, como brillante culmen
del primero, pertenece a un género literario tan artificial
como cualquier otro. Y que sólo en el famoso pasaje de
la payada entre Fierro y el Moreno, situada al final de la segunda
parte, olvida momentáneamente el color local para hablar
de temas universales, como el tiempo, el espacio, el mar o la
noche [4].
De cualquier forma, el giro de tuerca más inteligente
de Borges al final de su crítica a este primer planteamiento
del problema de la tradición argentina, consiste en afirmar
que ese «culto argentino del color local es un reciente
culto europeo que los nacionalistas deberían rehacer
por foráneo» (p. 270). «Que una literatura
debe definirse por los rasgos diferenciales del país
que la produce es una idea relativamente nueva» —insistirá
agudamente el escritor (p. 270), asestando un golpe bajo a los
eternos indagadores de las esencias e identidades nacionales
que tanto éxito tuvieron en Hispanoamérica a lo
largo de la primera mitad del siglo XIX, en el ensayo y en la
narrativa—. Como es bien sabido, la revisión sigue
abierta. Todavía Rita de Grandis apoyándose en
Respiración artificial, de Piglia, asevera que Borges
«por un lado define la escritura del siglo XIX, su predominio
europeísta; por otro, cancela la literatura de fin de
siglo» [5].
Fiel a su taller literario de reescritura cuyo eje descansa
en la cultura universal, Borges busca un apoyo erudito y extranjero
para sostener sus tesis. Y lo encuentra en la lectura de la
Historia de la declinación y caída del Imperio
Romano, de Gibbon, según la cual «lo verdaderamente
nativo suele y puede prescindir del color local». La ausencia
de camellos en el Alcorán termina de apuntalar una tesis
que no deja de ser paradójica, de tener un sabor tan
absurdo como pintoresco ya que, para postular que el argentino
tenga la posibilidad de serlo «sin abundar en el color
local», recurre a la comparación con Mahoma: «Creo
que los argentinos podemos parecernos a Mahoma» —dirá—.
Gibbon o Mahoma, en realidad la dialéctica borgiana es
siempre la misma: refrendar con opiniones ajenas, lo que es
un convencimiento propio.
2. Descartada la gauchesca como tradición
nacional en que ensamblarse —recuérdense muchos
años después las palabras del prólogo-revisión
del 69 a Luna de enfrente y su explícito rechazo de esa
escritura como suya—, queda una segunda posibilidad: la
literatura española. Al respecto, Borges dedica pocas
líneas a una opción que le parece aún más
postiza que la primera. Escribir como españoles no es
sino «una prueba de la versatilidad argentina» —dice—.
¡Y punto!
3. Una tercera tesis es objeto de la atención
borgiana: el escritor argentino desvinculado del pasado está
solo, como en los primeros días de la creación.
No puede, en consecuencia, jugar a ser europeo. Es evidente
que Borges ni se lo plantea: su acusado sentido del tiempo,
así como su interés por los dramáticos
acontecimientos europeos del siglo XX lo desmienten.
Solventadas, pues, estas cuestiones, la segunda parte del artículo
se limita a responder a una pregunta clave: ¿cuál
es la tradición argentina? Pregunta cuya respuesta interesa
particularmente a nuestro escritor, ya que en función
de ella planteará su propia escritura. En esta parte
del texto se encuentra una frase antológica, tantas veces
citada y glosada:
«Creo que nuestra tradición es
toda la cultura occidental y creo también que tenemos
derecho a esa tradición» (p. 272).
[Los argentinos] «...podemos manejar
todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con
una irreverencia que puede tener, y que tiene, consecuencias
afortunadas» (p. 273).
Borges erige en centro la marginalidad y excentricidad americanas
al afirmar su contrapartida: el derecho a manejar a su antojo
los temas europeos [6]. Y,
por supuesto, se aplica a sí mismo ese derecho, cuyas
ventajas conllevan también evidentes limitaciones —según
Echavarría— «Si el marginado, el outsider
se ve obligado a operar con carencias y lagunas, con retazos
del código cultural digamos dominante y ello le sirve
por un lado para liberar su imaginación, por otro, esos
lapsos pueden con frecuencia convertirse en instrumento de su
propia disminución cuando no de su exterminio»[7].
Dos matices al respecto: la predicada irreverencia nunca es
tanta en su caso. Borges practica lo que se ha denominado una
«poética de las variaciones» [8];
una poética que progresivamente se inscribe con más
fuerza en la tradición y tiende a limar disonancias.
En consecuencia no existe irreverencia en el pleno sentido de
la palabra, ya que el escritor dependerá cada vez más
de sus deseos de inscribirse en el canon. Y en cuanto a los
temas europeos, en su caso siempre estuvieron abiertos al universo,
patrimonio de todo argentino que fatalmente refleja que lo es,
si no se esconde tras una elaborada máscara. Para concluir
—y en eso estoy totalmente de acuerdo con el crítico
puertorriqueño— es obvio que desde sus planteamientos
escriturales Borges «ha modificado la forma de leer el
mundo» [9].
La creación artística como relectura,
o de la poética borgiana
El último párrafo de este emblemático
ensayo puede considerarse una declaración de intenciones
de Borges en cuanto a su escritura, desde la óptica de
la fijación de un canon argentino. Allí dirá:
«...creo que si nos abandonamos a ese
sueño voluntario que se llama la creación artística,
seremos argentinos y seremos también buenos o tolerables
escritores» (p. 274).
El sintagma «sueño voluntario»
para definir la creación artística podría
propiciar todo un debate en torno a la estética, al taller
de laboratorio del argentino. Hay mucho trabajado y publicado
en este sentido [10]. En
ese «comercio del poema con el lector» en que consiste
la poesía, Borges conjuga lo racional y lo afectivo,
cuyos modelos centra en Platón, Emerson, Browning, Frost,
Unamuno y quizá Valery [11],
para crear su mundo literario. Si momentáneamente nos
ceñimos a la poesía y recorremos algunos prólogos,
comprobaremos que desde la definición de la poesía
como «magia» y «misterio» —propia
del prólogo de El otro, el mismo— acabará
desembarcando en la defensa de una suerte de «poesía
intelectual» —en el prólogo de La cifra—.
Recojamos algunos textos:
«La doctrina romántica de una Musa que inspira
a los poetas fue la que profesaron los clásicos; la doctrina
clásica del poema como una operación de la inteligencia
fue enunciada por un romántico, Poe, hacia 1846. El hecho
es paradójico (...), es evidente que ambas doctrinas
tienen su parte de verdad, salvo que corresponden a distintas
etapas del proceso. (Por Musa debemos entender lo que los hebreos
llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología
llama lo subconsciente). En lo que me concierne, el proceso
es más o menos invariable. Empiezo por divisar una forma,
una suerte de isla remota, que será después un
relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no
lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado,
cuando los astros o el azar son propicios. Más de una
vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra. Trato
de intervenir lo menos posible en la evolución de una
obra»... (La rosa profunda, O.C. tomo III, p. 77).
Es curioso que este sentido poético,
tan martiano, pervive hasta el final. Está en Elogio
de la sombra (O.C., tomo II, p. 354) y todavía reaparece
con fuerza en Los conjurados (O.C., tomo III, p. 455) donde
dirá: «Escribir un poema es ensayar una magia menor.
El instrumento de esa magia, el lenguaje, es asaz misterioso.
Hasta el final continúa intentando aquello en que —según
sus palabras— ha fracasado una y otra vez». Así
en La cifra se había resignado a «lo que suele
denominarse poesía intelectual» (O.C., tomo III,
p. 291), tras haber «comprendido que me está vedado
—dice— ensayar la cadencia mágica, la curiosa
metáfora, la interjección, la obra sabiamente
gobernada o de largo aliento» (O.C., tomo III, p. 291).
No quiero insistir por esta línea dado
que lo que me interesa es llegar a la fijación de un
canon en Borges, un canon argentino y universal a la vez. Ese
sintagma tan conocido de El otro, el mismo: «ajedrez misterioso
la poesía» (O.C., tomo II, p. 236) no hace sino
sintetizar el «extraño maridaje del sentimiento
y la palabra, que recupera y traduce la experiencia y la emoción
irrepetibles» [12].
Un idioma —en palabras de Borges recogidas en el prólogo
a El oro de los tigres— es una «tradición,
un modo de sentir la realidad» (O.C., tomo II, p. 459).
Que, en su caso, engloba y fagocita toda una teoría de
la lectura como reescritura, aplicable tanto a sí mismo
como a los otros [13].
Por ejemplificar en la poesía, podría recordarse
una vez más: si ésta consiste en el «comercio
del poema con el lector», la vigencia de los clásicos
nunca dependerá de un canon fijado por un emisor, sino
que estará en estrecha dependencia de la recepción
y revitalización de los textos a través de los
siglos. Algo que Borges ha especificado muy claramente en distintas
ocasiones y que tiene varias vertientes de abordaje, como se
verá más adelante. Voy a ceñirme ahora
a una concreta: la que se refiere al libro.
Del libro y sus implicaciones
Para el argentino, «de los diversos instrumentos
del hombre el más asombroso es sin duda el libro»
(O.C., tomo IV, p. 165), por el que entiende una extensión
de «memoria» e «imaginación»,
es decir, algo en lo que cabe lo vivido y soñado —una
y la misma cosa— por cada ser humano. La conferencia que
lleva por título El libro sigue en su primera parte las
ideas expuestas en Del culto a los libros, el ensayo de Otras
inquisiciones (1952) [14].
Allí se recordaba cómo la Antigüedad dio
categoría y preeminencia a lo oral sobre lo escrito.
Pitágoras, Platón, Cristo y Buda —en la
conferencia del 70— están al servicio de esta idea.
Es del Oriente de donde procede el concepto de «libro
sagrado» que tuvieron y tienen Mahoma, los judíos
y los cristianos: un libro dictado por la divinidad, un libro
por el que habla el Espíritu.
Tal vez convendría recordar aquí que el canon
occidental en su origen es también de tipo religioso,
o al menos estuvo muy ligado a la Biblia y los libros sagrados
[15]. De ahí procede
el concepto de autoridad habitualmente conectado con los canónicos
—que no necesariamente clásicos—. Es obvio
que procesos como la airada proclamación de la muerte
de Dios y la desacralización o secularización
de la vida cotidiana, desplazaron esa sacralidad al libro poético,
libro inspirado por el Espíritu o —como dice Borges—
«más moderna y tristemente por el subconsciente».
Los románticos siguieron la vía abierta por la
conjetura de Bacon, quien habló del «volumen de
las Escrituras» —que revela la voluntad divina—
y el «volumen de las criaturas» —que revela
su poderío—. Uno no es sino la metáfora
del otro. Habría que añadir que en nota posterior
Borges se desdice y matiza esto. Doscientos años después
de Bacon, Carlyle «estampó que la historia universal
es una Escritura Sagrada que desciframos y escribimos inciertamente
y en la que también nos escriben» —recordará
el escritor en Del culto a los libros (O.C., tomo II, p. 94).
En ese sentido, la última parte de este ensayo —genotexto
de la futura conferencia— se instala en lo gnoseológico-ontológico-trascendente,
cosa que no sucederá en la conferencia, al abordar dos
interpretaciones del libro en el siglo XIX: las de Mallarmé
y León Bloy. Para refrendarlo, cito ahora el final del
ensayo del 52:
«El mundo, según Mallarmé,
existe para un libro; según Bloy, somos versículos
o palabras de un libro mágico, y ese libro incesante
es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho,
el mundo» (Otras inquisiciones, O.C. tomo II, p. 94).
Hay otras maneras de decirlo desde la misma
poesía, capaz de encerrar un mundo que cada lector del
mañana revivirá estableciendo una relación
personal con su mundo. De ahí la magia del libro: ser
vida, siempre igual y siempre distinta... crear historia, generar
tradición. En Historia de la noche (1977) reposa hoy
el poema Un libro, muy representativo al respecto:
«Apenas una cosa entre las cosas
pero también un arma. Fue forjada
en Inglaterra, en 1604,
y la cargaron con un sueño. Encierra
sonido y furia y noche y escarlata.
Mi palma la sopesa. Quién diría
que contiene el infierno: las barbadas
brujas que son las parcas, los puñales
que ejecutan las leyes de la sombra,
el aire delicado del castillo
que te verá morir, la delicada
mano capaz de ensangrentar los mares,
la espada y el clamor de la batalla.
Ese tumulto silencioso duerme
en el ámbito de uno de los libros
del tranquilo anaquel. Duerme y espera» (O.C., tomo III,
p. 181).
Pero ¿qué pensar del diabólico
libro de arena [16], ese
engendro infinito que obsesiona a sus dueños hasta casi
la locura? El libro es infinito e inabarcable, porque el mundo
es caótico y laberíntico, torre de Babel y biblioteca
siniestra —como reseñaron tantos críticos
a partir de Alazraki—. El hombre una y otra vez intentará
poner orden en el caos. Asimismo una y otra vez fracasará
inexorablemente. Pero siempre se sentirá fascinado por
la tarea. Metáfora de la incapacidad humana para aprehender
el mundo en un libro, como, a otro nivel, lo había sido
Tlön... [17].
Si bien esta línea de trabajo parece
alejada de una posible teoría acerca del canon y los
clásicos, no cabe duda de que en ese momento Borges tiene
ya muy claro qué sentido tienen los libros, la tradición
y el parnaso clásico. Será clásica la obra
capaz de encerrar en sí todo un universo atemporal, con
el que en cada momento histórico puedan conectar las
preocupaciones del ser humano. Pero, además, a estas
alturas Borges funciona como profeta de sí mismo. Eso
es patente desde textos emblemáticamente antologizados
por ese Borges y yo de El hacedor (1960), en los que intentará
desaparecer en favor de la obra convirtiéndose así
en «libro», en parte de esa biblioteca infinita
y, como tal caótica, imagen del mundo. Tal vez el poema
Los libros de La rosa profunda (1975) refleje, con cierto tono
elegíaco, la paradoja en la que perpetuamente se debate
el escritor: su identificación orgullosa con los libros
que no ha escrito, que constituyen el patrimonio universal,
por un lado; y el deseo de que su propia escritura adquiera
para los hombres del mañana ese valor taumatúrgico:
«Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre» (O.C., tomo III, p. 110).
Al concluir este apartado vuelvo atrás para recoger sintéticamente
las ideas de Borges en la conferencias y ensayos que vengo glosando:
«libro» como sucedáneo a la palabra oral
y, en consecuencia, desprestigiado en la Antigüedad. Por
otra parte, «libro» como algo sagrado y, por tanto,
instrumento del Espíritu, lo que implica una positiva
interpretación axiológica. Queda por considerar
un último aspecto: el del «libro» como representación
de la esencia del país. Aspecto que Borges trata en su
conferencia El libro y que apunta directamente a la creación
de un canon y, como final del proceso, a la creación
de un parnaso ligado a los clásicos. Borges recorre las
identificaciones más consagradas: Shakespeare «es»
Inglaterra; Goete, Alemania; Francia debería corresponder
a Hugo; España equivale a Cervantes por su Quijote y
Argentina ha elegido como libro nacional el Martín Fierro.
El escritor rechaza por inoportunas y poco representativas estas
simbolizaciones. Las va repasando una a una, para hacer ver
sus paradojas: Shakespeare es demasiado locuaz para la flema
inglesa, demasiado hiperbólico en sus metáforas
para casar bien con un pueblo templado por la contención.
Alemania, proclive al fanatismo patriótico, eleva a su
parnaso a un hombre como Goethe, a quien nunca importó
excesivamente el concepto de patria. Hugo es demasiado decorativo
y metafísico para la codificación nacionalista
francesa. Cervantes, tolerante en demasía —dirá
Borges— para un país como España, un país
que tuvo una Inquisición.
Y en cuanto a Argentina, Borges no puede entender por qué
su tierra eligió como libro emblemático la crónica
de un desertor, teniendo como tiene una historia militar, de
espada, a sus espaldas. «Nosotros hubiéramos podido
elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro»
—dice— (O.C., tomo IV, p. 169). Repárese
en que Borges no titubea al decidirse por el Facundo. Podría
haber dicho «es uno de nuestros clásicos»;
pero, no. Lo presenta como «nuestro libro». Es bien
conocida la fascinación borgiana por Sarmiento: los poemas
que le dedica a partir de El coronel Quiroga va en coche a la
muerte (1925), o su edición de la autobiografía
Recuerdos de provincia (1850). Por no hablar de la atracción
por la violencia, ejemplificada en gran medida en la figura
de Facundo Quiroga, el caudillo de los Llanos. Todavía
charlando con Ferrari, un año antes de morir, vuelve
al tema en los mismos términos.
Al retornar al tan discutido asunto de la identidad literaria
de un país, Borges concluye que ese parnaso descansa
en la paradoja, en la antítesis:
«...es como si cada país pensara
que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien
que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de
triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos» (O.C.,
tomo IV, p. 169).
Al revisar estas cuestiones hoy desde la óptica
de El canon occidental de Harold Bloom, que eleva al parnaso
canónico conjuntamente a Shakespeare, Cervantes y Borges,
cabría plantearse si en el caso del último habría
que considerar proféticas estas palabras. ¿Es
Borges un antídoto a ciertos excesos del carácter
argentino? ¿Es la temprana contrapartida al excesivo
color local de la primera vanguardia ultraísta? La pregunta
parece redundante si nos atenemos a la consideración
de su obra y a sus tempranas declaraciones, como ya se ha comentado
aquí al glosar su artículo El escritor argentino
y la tradición. Borges no sería la excepción
que confirma la regla; por otros motivos, su consideración
como clásico sería la regla misma, se atendría
a lo que él fue detectando con su habitual sutileza.
Volveré al asunto de los clásicos,
pero antes quisiera reseñar la última parte de
su conferencia sobre El libro. Como Montaigne y Emerson, Borges
prima el aspecto lúdico de la lectura: el libro debe
dar felicidad, ser una causa de placer para sus lectores. Él
lo ha demostrado especialmente con sus relatos, que enganchan
a través del suspense. Su literatura, en cuanto supone
la colaboración del lector, está más cerca
de los planteamientos emersonianos que de los de Montaigne,
para quien leer no debe costar esfuerzo. La visión emersoniana
de la biblioteca como mágico gabinete en el que esperan,
mudos, los mejores espíritus de la humanidad hasta que
alguien los rescate, está muy en línea con los
planteamientos que arrancan de aquellas famosas palabras de
Fervor de Buenos Aires: «Nuestras nadas poco difieren:
es fortuito que sea yo el redactor y tu el lector de estas líneas».
La literatura no es sino un patrimonio universal, atemporal,
que cada lector rescata para recrearla y seguir proyectándola
hasta el futuro.
Las dos últimas páginas del texto correspondiente
a esta conferencia se cierran con una declaración de
principios, que enlaza el culto a los libros con la creación
poética. Cito al escritor:
«Yo he dedicado una parte de mi vida a
las letras y creo que una forma de felicidad es la lectura;
otra forma de felicidad menor es la creación poética,
o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido
y recuerdo de lo que hemos leído» (O.C., tomo IV,
p. 170).
Palabras muy acordes a lo que el argentino
siempre declaró: su mayor orgullo por las páginas
leídas que por las escritas; su concepto de escritura
y lo que adeuda a la lectura, a esa compleja combinación
de olvido y recuerdo. «Un libro se lee para la memoria»
—dirá en el mismo texto (p. 170)—; y ese
acto de lectura encierra todavía hoy un no se qué
de santidad que no deberíamos perder. En cada relectura
el libro ha cambiado porque en cada relectura «es como
si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde
el día en que fue escrito y nosotros» (O.C., tomo
IV, p. 171). Este concepto de «leer el tiempo»,
de «leer la historia transcurrida» es apasionante.
El culto del libro no sólo confiere felicidad, sino que
también hace progresar la historia.
Los clásicos y su status
Pero ¿qué libro? ¿Cuáles
son los baremos que convierten un libro o un autor en clásico?
¿Se deben leer exclusivamente los clásicos? Para
responder a estas cuestiones sería interesante bucear
en esas escasas dos páginas del ensayo Sobre los clásicos
que Borges escribe a los 42 años, en un momento en que
la crítica todavía no le ha consagrado como tal.
Remito al conocido ensayo para los prolegómenos y voy
directamente a la tesis planteada como tal. Dice el autor:
«Llego, ahora, a mi tesis. Clásico
es aquel libro que una nación o un grupo de naciones
o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas
todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz
de interpretaciones sin término. Previsiblemente esas
decisiones varían» (Otras inquisiciones, O.C. tomo
II, p. 151).
De aquí se desgajan sin problemas dos
corolarios interdependientes: el ser clásico depende
del acto de lectura de generaciones venideras, es decir, es
una cuestión ligada al horizonte de expectativas de una
comunidad, a la estética de la recepción. En consecuencia,
es un concepto relativo. No podría ser de otra manera:
«La gloria de un poeta depende, en suma,
de la excitación o de la apatía de las generaciones
de hombres anónimos que la ponen a prueba en la soledad
de sus bibliotecas» (O.C., tomo II, p. 151).
Borges que ha pasado toda su vida en una biblioteca,
rescatando modelos literarios, inscribiéndose en la estela
literaria de grandes hombres cuyos méritos ha glosado
preferentemente en la poesía desde ese concepto archiconocido
de que cada escritor crea sus modelos y al hacerlo inventa una
tradición; no teme ahora desdecirse de sus presupuestos.
Aún así, todavía rescata la parcela de
las emociones si bien mediatizada por el adverbio «quizá»:
«Las emociones que la literatura suscita son, quizá,
eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera
de un modo levísimo, para no perder su virtud (...).
De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas
y que lo serán para siempre» (O.C., tomo II, p.
151), porque además la noción de clásico
no está ligada al mérito de las obras —no
descansa en el emisor— sino a «esa misteriosa lealtad»
con que «urgidas por diversas razones, las generaciones
de los hombres (...) leen con propio fervor» (O.C., tomo
II, p. 151).
En síntesis: si el misterio —la
magia o inspiración del Espíritu—presidía
la creación poética, ese mismo misterio subyace
en los circuitos de recepción. Misterio que ahora podría
tener mucho que ver con el azar, la fatalidad, la desidia o
el interés humano a la hora de leer las obras. El futuro
queda en manos de ese azar, pero Borges se atreve ahora a mucho
más: no es que las grandes obras, las obras marcadas
por el signo específico de la Belleza, pervivan o no
según esos avatares. Es que no son los grandes escritores
quienes detentan su monopolio. En 1965, el escritor reconoce
su evolución respecto de ese asunto:
«No tengo vocación de iconoclasta.
Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de
Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de
unos pocos autores; ahora sé que es común y que
está acechándonos en las casuales páginas
de un mediocre o en un diálogo callejero» (O.C.,
tomo II, p. 151).
Esa democratización de la belleza, junto
al aspecto gozoso que debe llevar consigo la literatura, explica
ciertas elecciones de su Biblioteca personal (1988), o algunos
asertos de su Prólogos con un prólogo de prólogos
(1975). Sus autores favoritos no siempre son los clásicos;
más bien, su lectura convierte en clásicos a escritores
que tal vez nunca serán entronizados en los parnasos
naciones o universales. De cualquier forma, hay que matizar
la distancia entre ambas colecciones de textos: mientras los
libros de su Biblioteca personal fueron, obviamente, elegidos
por él, los escritores para los que escribiera los prólogos
en el 75 van más allá. Le interesan los primeros,
aquellos «cuya lectura fue una dicha para nosotros y que
nos gustaría compartir» (Biblioteca personal, O.C.,
tomo IV, p. 451), «una biblioteca de preferencias».
Preferencias generadas por la «no saciada curiosidad que
me ha inducido —dice Borges— y sigue induciéndome,
a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas».
El circuito no se cerrará hasta que el libro encuentre
su destinatario. Borges lo ratifica en la última parte
del prólogo que estoy glosando:
«Un libro es una cosa entre las cosas,
un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el
indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre
destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción
singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran
ni la psicología ni la retórica» (O.C.,
tomo IV, p. 451).
Muchas de estas ideas del 88 concuerdan por
completo con las tesis deslizadas en el libro del 75; en realidad
no hacen sino reescribirlas. Pero el Prólogo de prólogos
tiene más enjundia: tras reconocer la inexistencia de
una «teoría del prólogo» que suele
degenerar en «oratoria de sobremesa» o «panegírico
fúnebre», lo define con rotundidad:
«El prólogo, cuando son propicios
los astros, no es una forma subalterna del brindis; es una especie
lateral de la crítica. No sé qué juicio
favorable o adverso merecerán los míos, que abarcan
tantas opiniones y tantos años» (Prólogo
de prólogos, O.C., tomo IV, p. 14).
No es el momento de abordar las características de la
crítica borgiana, que en los últimos años
ha merecido detenida atención de los estudiosos [18].
Pero sí me gustaría resaltar que, en esa revisión
que constituye el Prólogo de prólogos fechada
en noviembre del 74, Borges se despega, como tantas veces, de
muchos de estos autores y diseña «el plan de otro
libro más original y mejor (...), que constaría
de una serie de prólogos de libros que no existen»...
Realidad/irrealidad, los libros favoritos, aquellos que deberían
perdurar, quizá sean los nunca escritos; sus argumentos
«serían la impalpable sustancia de esas páginas
que no se escribirán».
En agosto del 84, a sus 85 años, un Borges que se ha
resignado a ser tal vez insípido, que apuesta por la
serenidad, dialoga con Ferrari acerca de los clásicos.
Y lo hace con la convicción de repetirse porque sus ideas
no han variado en lo esencial. Frente a Eliot, que pensaba que
«sólo puede darse un clásico cuando su lenguaje
ha llegado a una cierta perfección» [19],
reitera:
«Creo que un libro clásico es un
libro que leemos de un cierto modo. Es decir, no es un libro
escrito de cierto modo, sino leído de cierto modo (...),
es un libro leído con respeto. Por eso yo creo que, el
mismo texto, cambia de valor según el lugar en que está»
[20].
Siguiendo con su habitual «poética
de la lectura», la entrevista recoge otra idea importante
de la estética borgiana, la de que «el compenetrarse
con un autor es, de alguna manera, ser ese autor» [21].
Idea expuesta en Tlön..., y reiterada tanto en multitud
de entrevistas como en sus prólogos más conocidos;
en realidad, explica que merezca la pena el goce de leer determinados
autores secundarios. Borges rescata y elige a sus clásicos,
los de siempre con Shakespeare a la cabeza —cfr. La memoria
de Shakespeare (1980)—. A continuación, reivindica
con fuerza a los más jóvenes entre los que entresaca
a sus autores favoritos: Stevenson, Chesterton, Mark Twain y
Emerson.
En el diálogo, el argentino expone dos
caminos seguidos por los clásicos: 1. El de aquellos
como Homero, Milton y Tasso, que invocaron a la Musa y se propusieron
escribir una obra maestra; y otro distinto, que consistiría
en «remontar un hilo a partir de un hecho aparentemente
secundario o anónimo». Sería el caso de
Shakespeare, en el que no importa tanto el argumento como sus
«posibilidades» infinitas. Borges apuesta por esta
última forma, se inscribe en una poética de las
variaciones de la literatura. Quizá de hecho —dice—
la literatura sea una suerte de variantes sobre algunos temas
esenciales.
Borges, clásico viviente
El quiebro final, inevitable, de estas consideraciones
se impone por sí mismo: Borges fue convirtiéndose,
poco a poco, en clásico viviente por medio de un doble
proceso que lo involucró a fondo. Su afán de limar
y reescribir tuvo como norte y guía «no la sencillez,
que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad»
(El otro, el mismo, O.C., tomo II, p. 236). Por su parte —y
como he pretendido sintetizar en este trabajo—, la crítica
ayudó a consagrarlo como tal, muy tímidamente
al principio; pero de forma espectacular y sostenida a partir
del premio Formentor y de L'Herne, el número homenaje
que los franceses le tributaron al comienzo de los sesenta.
El final de esta década vio aparecer las primeras tesis
en los Estados Unidos. Y desde entonces, se han venido sucediendo
entrevistas y homenajes. En definitiva, la difusión internacional
de un clásico viviente consagrado en El canon occidental,
de Harold Bloom.
Me gustaría terminar este apartado con algunas consideraciones
de Curtius, Calvino y García Gual sobre lo que implica
la lectura de los clásicos, por lo que pudieran afectar
a Borges. En la segunda parte del capítulo XIV de su
Literatura europea y Edad Media Latina (I)[22]
titulado Clasicismo, Curtius se remonta a la creación
del canon moderno, situando el primer intento en la Italia del
XVI y pasando revista, a continuación, a los otros países
latinos. La eterna querella entre antiguos/modernos tiene su
correlato en la más actual alternancia clasicismo/romanticismo.
Según el profesor y por lo que se refiere a esta última,
Francia tendría un clasicismo; no así España
o Inglaterra. Alemania compartiría ambas tendencias.
Para Curtius —y esto es lo que me parece fundamental como
conclusión de su estudio acerca de qué sea el
clasicismo—:
«Querer forzar el desarrollo de todas
las literaturas europeas, desde 1500, para hacerlo caber en
un esquema estrecho que no es sino abstracción de la
literatura francesa, equivale a deformar lamentablemente la
historia. Por desgracia, la literatura comparada francesa ha
erigido este error en doctrina oficial» (p. 381).
Es decir: ya no es sólo que Borges tenga
su peculiar acepción de lo que debe ser un clásico;
además los teóricos más tradicionales extreman
sus cautelas respecto a conceptos como el clasicismo francés.
Y para ello se apoyan en sus propios críticos, por ejemplo
Sainte-Beuve, quien ya se dio cuenta de que el canon francés
debería destruirse para concebir una literatura mundial
en la que cupieran grandes creadores como Shakespeare y Goethe,
a quienes incorporó a mediados del siglo XIX. Ahora,
a fines del XX, el canon se abre de nuevo para asumir junto
a ellos al argentino Borges, con peculiaridades que están
a años-luz de la norma académica.
Por lo que se refiere a Calvino, recomendaría su breve
pero sabroso artículo Por qué leer los clásicos
[23]. Se trata de un ensayito
de 1981, articulado en torno a catorce definiciones de «clásico».
Entre ellas, habría que destacar el carácter de
inagotabilidad de un libro de ese talante, que se plasma en
varios puntos de su credo: «nos llegan trayendo impresa
la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra y tras
de sí la huella que han dejado en la cultura o en las
culturas que han atravesado» (punto 7)... «Nunca
terminan de decir lo que tiene que decir» (punto 6)...
«Cuanto más cree uno conocerlos de oídas,
tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan»
(punto 9).
Además de cierto aire de familia con
estos planteamientos, Calvino coincide con Borges al menos en
dos conceptos básicos [24].
El primero se concentra en los puntos 4 y 5: «toda relectura
de un clásico es una lectura de descubrimiento como la
primera» y «toda lectura de un clásico es
en realidad una relectura»... Sobre estos aspectos ya
se abundó en las páginas precedentes. En cuanto
al segundo concepto en que confluyen esos dos grandes escritores,
podría sintetizarse en el punto 10: «Llámase
clásico a un libro que se configura como equivalente
del universo, a semejanza de los antiguos talismanes».
EL Aleph, La biblioteca de Babel y tantos otros textos borgianos
deberían ponerse en contacto con este aserto.
Por fin, para Calvino es clásico aquel libro «que
te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizá
en contraste con él» (punto 11). ¿Y qué
decir de Borges que pasa su vida preguntando por el sentido
de la misma? Tan seguro está Calvino de que éste
es el eje en que descansa un clásico, que termina su
ensayito diciendo:
«Ahora debería reescribir todo
el artículo para que resultara bien claro que los clásicos
sirven para entender quiénes somos y adónde hemos
llegado» (p. 19).
Carlos García Gual, investigador insaciable
de las primeras literaturas europeas, de los mitos grecolatinos,
cuyo Diccionario de mitos (Planeta, 1997) ha alcanzado una inmensa
difusión, estudió en su momento a Borges en relación
con estos temas [25]. En
agosto del 98 publicó en Nueva Revista una reflexión
al hilo del asunto que nos ocupa, bajo el título Leer
a los clásicos. García Gual conoce y glosa a Calvino,
entre otros, y se inscribe en la línea de la estética
de la recepción para ofrecer sus reflexiones al respecto:
«los clásicos son los supervivientes de esa derrota
de todo lo efímero» (p. 33). Y se debate entre
la necesidad de establecer un canon, compuesto por clásicos
universales como Homero, Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare,
Cervantes; clásicos nacionales y los clásicos
particulares de cada uno; y el deseo de adscribirse al hedonismo
avalado, en otros momentos, por Borges.
«Lo que nos atrae de los clásicos es que nos siguen
hablando, aleccionando, intrigando» (p. 37) —dirá—.
A sus palabras me remito para erigir en clásico a un
Borges que, no sólo, pero de manera más intensa
y sugerente, nos sigue hablando en este año del centenario
de su nacimiento.
*María CABALLERO WANGÜEMERT
es Catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Facultad
de Filología de la Universidad de Sevilla. Su actividad
docente en el Departamento de Filologías Integradas (Literatura
Hispanoamericana) se compagina con la investigación.
Ha publicado unos ochenta artículos de la materia, así
como los libros: La narrativa de René Marqués
(Madrid, Playor, 1986), Letra en el tiempo (Sevilla, Kronos-Universidad,
1997), Femenino plural. La mujer en la literatura (Pamplona,
EUNSA, 1998), Ficciones isleñas. Estudios sobre la literatura
de Puerto Rico (Río Piedras, Editorial de la Universidad
de Puerto Rico, 1999), Borges y la crítica. El nacimiento
de un clásico (Madrid, Universidad Complutense), 1999),
Novela histórica y posmodernidad en Manuel Mujica Láinez
(Universidad de Sevilla, 2.000); y una edición crítica
de Recuerdos de provincia, autobiografía del argentino
Domingo Sarmiento (Madrid, Anaya-Muchnik, 1992). Sus actuales
investigaciones se centran en las memorias, la literatura
femenina -preferentemente de cuño autobiográfico-
y en la novela histórica. Miembro de AHILA, de la Asociación
de Americanistas Españoles, del CELCIRP y del IILI, ha
realizado estancias en Alemania (Mainz), y Francia (París)
destinadas a la investigación. Ha sido profesor invitado
del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe
(San Juan de Puerto Rico), donde impartió un doctorado
durante seis cursos académicos.
Asimismo forma parte del doctorado sobre “Mujer y literatura”
de la Facultad de Filología y del “Curso de Experta
en Género” de la Universidad de Sevilla y el Instituto
Andaluz de la Mujer. La asignatura se concibe como complemento
a estos cursos. |
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|
| Querido
Jorge:
Ya no estás, es cierto,
pero hoy quisiera conversar contigo
como en aquellas noches del diario,
entre galeras, cables y la música
de los viejos pianitos de escribir.
Mucho ha cambiado todo, sin embargo
yo sigo amando la poesía, aquella
que nos hizo vibrar y sentir juntos
el misterio sutil, la delicada
revelación de lo inefable. Ahora
los poetas no cantan, sus palabras
ya no conmueven, niegan o desprecian
melodía, belleza y emoción.
Mucho ha cambiado la poesía, el mundo,
y yo estoy solo, náufrago en la isla
de una ciudad que alguna vez fue nuestra,
"esa ciudad - como dijera Borges -
que también se llamaba Buenos Aires".
Yo aquí en la tierra, vos en otro cielo,
el de Jujuy tal vez, junto a paisanos
que fueron tus amigos, recorriendo
celestiales laderas y quebradas
en tu yegua "La Loca", recitando
poemas de Virgilio o Mastronardi.
Quiero decirte, Jorge, cuánto añoro
tu palabra de hermano y de maestro,
tu permanente ejemplo de poeta,
la lección de tu clara honestidad.
Es probable que el tiempo nos olvide
y vos y yo seamos algún día
como el soldado aquel, desconocido,
de la columna de Trajano en Roma
( en la poesía que me dedicaste ).
¿ Pero qué importa ? Fimos unos años
compañeros, hermanos, nos unieron
el fervor del poema y la amistad.
Eso consuela, al fin, de la distancia,
la incomprensión, el tedio, la impotencia.
Quería hablarte de estas cosas, Jorge;
vaciar el corazón, dar testimonio
de lo que acaso un día, de estar vivo,
me habrías reprochado. ¿ Quién sabe
?
Adiós. Te envío un fuerte abrazo,
Antonio |

Jorge Calvetti
(Archivo) |
|
| *Antonio
Requeni.
Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1930. Pasó
los primeros años de su infancia en Valencia, España,
y cursó sus estudios en Buenos Aires. Interrumpió
la carrera del Profesorado de Letras, en la Escuela Mariano
Acosta, de Buenos Aires, y la carrera de Humanidades de la Facultad
de La Plata.En 1958 ingresó en el diario "La Prensa",
donde ejerció el periodismo hasta jubilarse, en 1994.
Fue corresponsal en la Argentina del "Radioprograma Hemisferio"
- cadena de radio latinoamericana de "La Voz de las Américas",
Estados Unidos - y de la Universidad de Los Andes, de Bogotá,
Colombia. Colaboró en "Mundial", de México,
y en "Papeles de Son Armadans", de España;
también fue colaborador, en el país, de las revistas
"El Hogar" y "Atlántida", y de los
periódicos "La Nación", "Noticias
Gráficas", "La Razón", "Clarín",
"Los Andes" - de Mendoza -, "La Gaceta"
- de Tucumán -, y "El Liberal" - de Santiago
del Estero -.
Fue secretario, durante 10 años, de la Fundación
El Libro, en el área de Prensa. Actualmente es crítico
literario del diario "La Nación".
Obtuvo, por sus artículos, una distinción de la
Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas
- ADEPA -, y premios del Ayuntamiento de Málaga, España,
y de Ferrovia dello Stato, de Roma.
OBRA LITERARIA
POESÍA
* "Luz de Sueño", poemas, con
prólogo de González Carbalho, 1951.
* "Camino de canciones", poemas, 1953. Faja de Honor
de la Sociedad Argentina de Escritores.
* "El alba en las manos", poemas, 1954.
* "La soledad y el canto", poemas, con prólogo
de Oscar Hermes Villordo, 1956.
* "Umbral del horizonte", poemas, 1965. Premio "Alfredo
Bufano", del Consejo del Escritor.
* "Manifestación de Bienes", poemas, 1965.
Premio del Fondo Nacional de las Artes, y de la VI
Fiesta de las Letras, de Necochea, provincia
de Buenos Aires.
* "Poemas españoles", separata de Ediciones
de Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca,
España, 1970. (Poemas contenidos en
"Umbral del Horizonte").
* "Inventario", poemas, 1974. Premio Pluma de Plata
del Centro Argentino del PEN Club Internacional.
* "Versos en la ciudad", 1974. (Poemas contenidos
en "Inventario").
* "Cuatro poemas", edición para bibliófilos
con aguafuertes de Líbero Badii, 1985
* "La belleza", soneto; edici¢n para bibliófilos
de Francisco Colombo, ilustrado por Elbio
Fernández, 1985.
* "Línea de sombra", poemas, 1986. Primer Premio
Municipal de Poesía.
* "Poemas, 1951-1991"; antología prologada
por María Rosa Lojo.
* "Antología poética", 1996, Editorial
del Fondo Nacional de las Artes.
Antonio Requeni es uno de los 8 autores, seleccionados
mediante una encuesta pública, que figuran en el tomo
"Antología Consultada de la Joven Poesía
Argentina", para autores menores de 40 años de edad,
1969. Versos suyos figuran en una decena de antologías
publicadas en el país y en el exterior.El actor Carlos
Estrada grabó poemas suyos en el disco "Poesía
argentina contemporánea", editado por el sello Aguilar.El
compositor Carlos Suffern puso música a varios poemas
suyos.Poemas de Antonio Requeni fueron traducidos al italiano
por Antonio Aliberti, al inglés por William Sand, al
francés por Enriqueta Muñiz y Gloria Alcorta,
y al hebreo por Oded Sverdlik.
En 1980 obtuvo el Premio al Mejor Poema Extranjero
en el Certamen Internacional de Poesía Sicilia '80, de
la Associazione Siciliana per le Lettere e le Arti, Palermo,
Italia.En 1984 se le confirió el Gran Premio de Honor
de la Fundación Argentina para la Poesía.En 1989
obtuvo el premio Laurel de Plata a la Personalidad del Año
en el rubro Poesía, del Rotary Club de Buenos Aires.
En 1990 se le adjudicó el Premio Esteban Echeverría
de Gente de Letras, mediante una encuesta pública.La
Secretaría de Cultura de la Nación publicó,
en su colección Ediciones Culturales Argentinas, el libro
"Antonio Requeni", antología de su obra poética,
con un estudio preliminar del crítico Ángel Mazzei,
1974.Ha sido varias veces jurado de los concursos nacionales
y municipales de Literatura, del Premio Konex, y de otros certámenes
privados.
PROSA
* "Los viajes y los días",
crónicas de viaje. 1969; segunda edición en 1970.
Premio del Fondo Nacional de las Artes.
* "El pirata Malapata", cuentos para niños.
1974; cinco ediciones hasta la fecha. Tercer Premio Nacional
de Literatura Infantil.
* "Cronicón de las peñas de Buenos Aires".
1984; segunda edición en 1985 y tercera edición
en 1986. Premio Konex y Premio Municipal de Ensayos "Ricardo
Rojas".
* "La vida novelesca del Perito Moreno", 1990. Edición
de la Fundación Banco de Boston.
* "Israel, entre lo cotidiano y lo sobrenatural",
edición del Instituto Cultural Argentino-Israelí,
1992.
* "Breve crónica de la Avenida de Mayo", edición
de la Fundación Banco de Boston, 1994.
* "Travesías", libro de conversaciones de Antonio
Requeni con Olga Orozco y Gloria Alcorta, editorial Sudamericana,
1997. Antonio Requeni realizó la antología "González
Carbalho" - selección y prólogo -, publicada
por Ediciones Culturales Argentinas de la Secretaría
de Cultura de la Nación, 1961.Es autor de "El libro
del Padre" - selección y prólogo -, editado
por Torres Agüero Editor, 1977.
En 1989 fue condecorado por el gobierno de la
República de Italia, en el grado de Cavalliere Ufficiale.
Viajó una docena de veces a Italia invitado por el Ente
Nazionale Italiano per il Turismo - ENIT -, cuya revista mensual
redactó durante varios años. También viajó,
invitado como escritor y/o periodista, a Uruguay, Paraguay,
Chile, Perú, Venezuela, Costa Rica, España, Suiza,
Alemania, Grecia, Israel y Hong Kong. A fines de 1996, el Fondo
Nacional de las Artes lo eligió entre los mejores 10
poetas vivos de la Argentina, y editó su "Antología
poética", junto con otros poetas como Olga Orozco,
Rodolfo Alonso, Amelia Biagioni, Horacio Armani, Francisco Madariaga,
entre otros.A mediados de 1998 fue designado miembro de número
de la Academia Argentina de Letras, para ocupar el sillón
que lleva el nombre de Miguel Cané, vacante por el fallecimiento
del poeta Roberto Juarroz. Es miembro correspondiente de la
Real Academia Española. |
| *JORGE CALVETTI
Jorge Calvetti nació en 1916 en San Salvador de Jujuy,
Argentina.Publicó su primer libro de poemas, “Fundación
en el cielo”, en 1944, que obtuvo el premio Iniciación
instituido por la Comisión Nacional de Cultura.Luego, en
1948,apareció “Memoria terrestre” ( poemas,
Faja de Honor de la SADE);en 1949, “Alabanza del Norte”
( cuentos, Premio regional de la Comisión Nacional de Cultura
); en 1957, “Libro de homenaje” ( poemas ); en 1961,
su ensayo crítico biográfico “Juan Carlos
Dávalos”; en 1965, “Imágenes y Conversaciones”
( poemas , Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Premio
Fondo Nacional de las Artes y Premio Regional - sección
Noroeste - de la secretaría de Cultura de la Nación);
en 1968, “El miedo inmortal” ( cuentos, Premio Municipal
de la Ciudad de Buenos Aires, primera Mención para el Premio
Nacional de Literatura y el Premio Pablo Rojas Paz, otorgado por
el Consejo del Escritor); también en 1968 apareció
“La Juana Figueroa” ( poemas ); en 1973,”Solo
de muerte” (poemas, Premio Fondo Nacional de las Artes);
en 1977 “Genio y figura de José Hernández”
( ensayo, en colaboración con Roque Raúl Aragón,
Premio Internacional EUDEBA ).
Poemas de Jorge Calvetti han sido traducidos al inglés,
francés, alemán, italiano y griego, y publicados
en los respectivos países. Fue colaborador de la legendaria
revista “Sur” que dirigía Victoria Ocampo.
Asmismo, dictó conferencias en importantes instituciones
de Buenos Aires, Argentina, del interior del país, de otros
países de América Latina, y de Europa. Fue miembro
de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores
en tres períodos e integró en varias ocasiones jurados
para otorgar premios nacionales y municipales de Literatura. En
1983, se publicó una Antología General de su obra
poética con el título “Memoria terrestre”.
( solapas de Poemas conjeturales 1992). A esta enumeración
bibliográfica debemos agregar “Escrito en la tierra”
( relatos,1993) Premio Fundación El Libro y la “Antología
poética del Fondo Nacional de las Artes”, 1998.
Fue miembro de la Academia Argentina de letras, “tal vez
la más cáida representación del aire (garbo,
donaire, gracia ) de su pueblo y a la vez "ser" filosofante
- y sufriente - de las desmesuras del hombre cointemporáneo
en lucha por no sucumbir, como "ser", persona, precisamente
en la crecida - entre otros desastres naturales - de dudosos productos
de la cultura. Periodista, conferencista, en todo momento y circunstancia,
cabal embajador de la Poesía. Sus paisanos jujeños
nutren su poesía alta, y ella los ha inmortalizado."
(Tomado del libro ABIERTO POR BALANCE - DE LA LITERATURA EN JUJUY
Y OTRAS ESPECIES - por Néstor Groppa.edic. "buenamontaña".
(200 págs. 1987).
Fundó con Néstor Groppa, Mario Busignani, Medardo
Pantoja y Andrés Fidalgo la famosa revista literaria “Tarja”.
Falleció en San Salvador de Jujuy, el 4 de noviembre de
2002. |
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Alba Olmi |
RESGATANDO AUSÊNCIAS:
ASPECTOS E FUNÇÕES DA ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA
FEMININA
Por Alba Olmi * |
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| ABSTRACT
This article focalizes aspects of testimony
and identity into feminine autobiography, stressing its scarce
historical visibility on the general theory of the memorial
genre. On the other side, are also emphasized the functions
of the feminine autobiographical act performed by different
narratives of identity, in opposition to the masculine canon
which historically dominated until the XX century, thus destabilizing
the concept of genre. In other words, the work aims to rescue
the presence of the feminine autobiographical literature in
the memorial and testimonial genre as well as its different
aspects and functions.
Keywords: Feminine literature, genre, literature of testimony,
feminine autobiography.
Introdução
Costuma-se dizer, por vezes, que a narrativa
de uma vida pode ser mais aventurosa do que a de um romance,
pois seus personagens são mais verdadeiros e realistas,
porque a ação é mais movimentada, porque
as conclusões são, de alguma forma, mais imprevisíveis
do que aquelas realizadas por qualquer outro escritor bem sucedido.
Desde a Antigüidade até hoje, homens e mulheres
nunca deixaram de narrar-se, de percorrer em sentido inverso
a trama de suas vidas, para, talvez, reconhecer o fio secreto,
a conexão que relaciona acontecimentos dos quais, ao
longo da escritura, eles já estão longe.
Outras vezes, o prazer de desnudar-se diante do leitor prevalece,
para impressioná-lo com o enredo de suas próprias
ações heróicas ou torpes, desconcertantes
ou exemplares. Aparentemente sem nenhum pudor e com muita desinibição,
emerge a natureza de personagens extraordinários, de
situações empolgantes, escandalosas ou tediosas,
como de resto é a própria existência humana.
Quem fala de si mesmo nas páginas de um diário
ou nas páginas de uma autobiografia se espelha em sua
escritura para reconhecer-se, para assumir um ponto de vista
a respeito de si mesmo, como se observasse a outro. O(a) autor(a)
encontra assim seu próprio herói/heroína
com quem sempre viveu, para reconhecê-lo, julgá-lo,
defendê-lo, descrevê-lo enquanto age. Um pacto de
cumplicidade se estabelece, então, um sodalício
feito de chamamentos endereçados ao leitor.
Essas primeiras considerações nos levam a pensar
a escritura autobiográfica em seus desdobramentos que,
num primeiro momento, desembocam num binômio que Battistini
(1997) denomina “Autobiografismo versus Autobiografia”.
Autobiografismo seria a presença genérica do sujeito
em sua obra. Nesse sentido, seja qual for o gênero literário,
este pode estar permeado de autobiografismo, pois o autor pode
falar de si mesmo até nos gêneros mais impessoais
e objetivos.
Quando falamos em autobiografia, por outro lado, falamos de
um gênero literário que, em geral - embora nem
sempre -, possui algumas características constantes,
suas convenções, seus horizontes de expectativa,
sua gênese histórica.
Se ainda aceitarmos a definição dada por Lejeune,
uma definição que, como todas, é muito
geral e, portanto, redutora, embora sirva em alguns casos para
precisar melhor aquilo de que se quer falar, podemos tomar como
ponto de referência o conceito de autobiografia como de
“uma narrativa retrospectiva em prosa que uma pessoa real
faz de sua existência, quando descreve sua vida particular,
especialmente a história de sua personalidade”
(1983, p. 17).
Ao percorrermos a história da literatura à luz
dessa definição, não temos dificuldade
em constatar que, até o final do século XVII,
as legítimas autobiografias são muito escassas,
totalmente excepcionais. Entre as poucas, pode-se mencionar
as Vidas, de Benvenuto Cellini ou a autobiografia de Santa Teresa
d´Ávila. Outros textos são propriamente
obras atravessadas por autobiografismo, mas não se trata
de autobiografias stricto sensu.
São suficientes alguns exemplos escolhidos entre os mais
conhecidos, mantendo na filigrana a definição
mais restritiva e pertinente de Lejeune. Em Vita nuova, de Dante
Alighieri, tudo está relacionado a Beatrice, e tudo é
em função de Beatrice, não do autor. O
“libelo” não cobre a existência inteira
do autor, mas parece, pelo contrário, uma biografia,
ou melhor, uma hagiografia de Beatrice. Não há
ênfase na história da personalidade de Dante, percebe-se
apenas a seleção da atividade de poeta, sem considerar
outros aspectos.
Da mesma forma, o Secretum de Petrarca é um solilóquio,
um conjunto de reflexões sem construção
diegética, sem um olhar coerentemente retrospectivo,
desde o nascimento ao momento da escritura.
Desde o final do século XVII, pelo contrário,
após um longo tempo de escassa e ocasional fortuna, assiste-se
ao desenvolvimento generalizado da autobiografia, um gênero
praticado, sobretudo, pelos intelectuais, um gênero de
corte profissional, no sentido de que fala da carreira, das
publicações e dos cargos conseguidos ao longo
da vida.
Em outros termos, nasce como prática difundida a autobiografia
que se torna um gênero codificado. É fácil
perguntar-se por que motivos isso aconteceria naquele período,
quais os fatores que determinaram, ou melhor, concorreram para
essa difusão, enquanto antes sua realização
era tão esporádica
Por outro lado, a distinção feita entre autobiografismo
e autobiografia permite inferir que era possível escrever
a respeito de si sem a difusão de um gênero específico
destinado a essa função. Havia outras formas substitutas
ou alternativas, gêneros literários que privilegiavam
a ênfase no sujeito que escrevia, porém sem ter
todas as características da autobiografia. Por exemplo,
o emprego de um nom de plume, ou a adoção de um
brasão heráldico que combinava um dizer com um
desenho simbólico. Eram duas iniciativas que encerravam
uma conduta de vida, um propósito assumido diante da
comunidade da academia, uma espécie de segundo batismo
mais motivado do que aquele que se recebia ao nascer, porque
correspondia a um programa a ser seguido, como se pode perceber
na autobiografia de Montaigne. No entanto, a rigor, não
se podem definir como autobiografias, pois a adoção
de um nome e de uma academia deixam de lado o récit,
falta-lhes um desenvolvimento narrativo: em seu aspecto estático,
trata-se mais de auto-retratos.
De qualquer modo, quer se trate de diário, de auto-retrato
ou de autobiografia, o que está no centro de nossa reflexão
não é a atitude somente literária que torna
o “eu”, contemporaneamente, juiz, réu e vítima
únicos do processo de escritura, um processo em que tanto
a exibição do eu, como ocorre em Montaigne, e
a fluctuatio animi à Rousseau, parecem, entre outros,
os genuínos topoi fundadores desse tipo de escritura,
mas, sobretudo, o que nos interessa resgatar é a atitude
literária, mas também sociopolítica e cognitiva
que acompanha um certo tipo de escritura autobiográfica,
no caso, a escritura feminina.
Se for verdade que a vida ou é vivida ou é narrada/escrita
– fato que muitos escritores consideraram atos reciprocamente
excludentes – o que dizer, então, de um gênero
que justamente partindo da vida, a própria matéria
da escritura, não nos deixa claros os limites entre onde
esta começa e aquela acaba?
Do ponto de vista histórico, embora a tendência
autobiográfica seja inseparável do subjetivismo
cristão (veja-se Santo Agostinho), existiriam percursos
pré-existentes e talvez alternativos, se a história
tivesse conhecido outro desenvolvimento. Do ponto de vista filosófico,
o tema da irrupção do eu no pensamento ocidental
pode ser abordado desde Platão, continuando com Montaigne,
Descartes até Croce. Quanto ao ponto de vista literário,
a escritura do eu encontra seu canal natural, pois a literatura,
quando entendida como relato da experiência individual
e concreta do mundo, é basicamente autobiográfica,
mesmo nos autores mais objetivos e racionais. Por fim, o tema
pode ser abordado do ponto de vista estilístico, ou melhor,
do ponto de vista da crítica do gênero, uma vez
que, a partir do século XVIII em diante, e precisamente
a partir de Rousseau, o autobiografismo se cristalizou como
gênero específico, no qual o jogo da verdade e
da mentira a respeito de quem escrevia parecia ter encontrado
uma espécie de codificação retórica.
No entanto, se analisarmos as autobiografias da modernidade
e pós-modernidade, podemos encontrar um gênero
muitas vezes híbrido, quando a escritura do eu se confunde
com a literatura de trauma, com a literatura de testemunho,
com o Bildungsroman ou com o Künstlerroman.
A escritora neozelandesa Janet Frame (1924-2004), que transcorreu
longos períodos internada em manicômios, mesmo
sem ser doente mental, devido a uma série de trágicos
eventos e de um diagnóstico equivocado, explica essa
necessidade de narrar aos outros, de tornar os outros partícipes
do horror vivenciado, como um impulso imediato que se sobrepôs
a outras necessidades de escritura ficcional, de modo que Janet
Frame: an autobiography (1994) foi escrito para satisfazer essa
imperiosa necessidade, buscando, em primeiro lugar, uma libertação
interior. Trata-se do testemunho arrebatador sobre o inferno
dos manicômios neozelandeses dos anos quarenta, sobre
a dignidade e a abjeção do ser humano diante dos
tratamentos “punitivos” a que eram submetidos os
pacientes, uma obra-prima de grande equilíbrio, de grande
literariedade: uma narrativa que consegue amalgamar o sentido
de uma identidade e de uma liberdade reencontradas com as marcas
indeléveis do trauma.
Segundo Frame, estando num manicômio, a um passo da lobotomia,
e possuindo a lucidez de uma pessoa mentalmente sadia, é
inútil pensar, porque os eventos se desenrolam de modo
imprevisível, e pensar se torna perigoso, porque mantêm
viva uma sensibilidade que é fonte de dor e que, por
vezes, alguma lei natural providencial consegue apaziguar, quando
o sofrimento supera os limites da capacidade de suportar a dor
física e moral. Parte do nosso existir, afirma a escritora,
reside nas almas de quem nos aproximamos: eis por que não
é humana a experiência de quem viveu momentos nos
quais o ser humano foi uma coisa, um objeto abjeto aos olhos
do próprio homem e, por isso, é preciso narrá-la.
1 Novos enfoques da autobiografia feminina:
aspectos e funções
O espaço ocupado pela teoria geral da autobiografia é
bastante amplo e, em sua maioria, voltado à autobiografia
masculina, por isso, o trabalho de Janet Frame, entre outras
obras femininas de cunho autobiográfico, apresenta-se
como um paradigma a ser analisado para que surja uma nova abordagem
crítica direcionada à autobiografia feminina em
particular, capaz de evidenciar os vazios, as aporias, as cumplicidades
e a exclusão na teorização dominante sobre
o assunto e, ao mesmo tempo, capaz de estabelecer aqueles elos
relacionais entre gênero literário e gênero
biológico que necessitam de uma maior investigação.
Como salientam Smith e Watson, “a ética autobiográfica
inclui uma quantidade pouco investigada de enfoques a respeito
do conhecimento que os supostos leitores têm a respeito
dos sujeitos autobiográficos, exigindo um escrutínio
mais aprofundado”(SMITH e WATSON, 1998, p.38).[1]
De fato, conforme ressaltam Smith e Watson, a forma narratológica
da história de vida, sua codificação e
transação entre escritor e leitores foram escassamente
teorizadas na autobiografia feminina. Seria preciso pensar mais
cuidadosamente nas características textuais que podem
diferenciar autobiografia de romance autobiográfico ou
de outras formas não-ficcionais, considerando especialmente
o leitor leigo que, muitas vezes, emprega os termos romance
e autobiografia sem diferenciá-los adequadamente. Com
efeito, o que significa, para o leitor, ser incapaz de identificar
a distinção, isto é, ler a obra como se
fosse romance? Embora Philippe Lejeune tenha teorizado a respeito
do pacto autobiográfico, é preciso considerar
de que forma o conceito de pacto poderia ser modificado ou aperfeiçoado
na prática autobiográfica feminina.
Smith e Watson sugerem que a questão da formação
de identidade nacional e da narrativa autobiográfica
também merece uma análise aprofundada. Para os
teóricos do pós-colonialismo e dos estudos culturais,
a expressão "identidade nacional" é
profundamente problemática, porque os mitos nacionais
são fundados nos discursos do "outro", do "alienígena",
de modo que a lógica da alteridade se torna o meio pelo
qual “se estabelecem, se policiam e se rompem fronteiras
nacionais. A leitura da autobiografia feminina precisa considerar
as formas complexas pelas quais as narradoras envolvem mitos
de identidade nacional e se auto-representam como sujeitos nacionais
e/ou sem nacionalidade” (SMITH e WATSON, 1998, p. 3-52).
Com efeito, escrever uma autobiografia não é apenas
honrar uma espécie de última dívida para
com a vida, recomeçar a viver com o espírito renovado
as mesmas situações já vivenciadas, é
também um aprender a apreciar mais e melhor os minutos
e, portanto, a eternidade do presente. A única que nos
é concedida, como escreve Santo Agostinho no final das
Confissões, em que ele precisa admitir que “futuro
e passado não existem, e que, impropriamente, se acredita
que os tempos são três: o passado, o presente e
o futuro. Mais adequado seria dizer que os tempos são
três: o presente do passado, o presente do presente, o
presente do futuro. Essas três últimas formas existem
dentro da alma, e eu não vejo outra possibilidade: o
presente do passado é a memória, o presente do
presente é a intuição direta, o presente
do futuro é a espera (cap. XX, 11º livro).
Todavia, a função da autobiografia não
é apenas um ato de renovação espiritual
como provavelmente o foi para Santo Agostinho; ela pode ser
também um ato performativo, isto é, uma ação
realizada pelo sujeito autobiográfico para “agir”,
no sentido de realizar um ato de fala que deverá ter
repercussões, o que a teoria dos atos de fala denomina
de “força ilocucional”. Como sublinha Sidonie
Smith, “Seja qual for a ocasião ou a platéia,
o autobiógrafo se torna um ´sujeito performativo´”
(SMITH, 1998, p.108, grifos da autora).
Sidonie Smith situa com muita clareza o que ela entende por
“funções da prática autobiográfica”,
ao sustentar que a narrativa autobiográfica não
é um mero ato de auto-expressão. Esta, na teoria
da autobiografia, presume a emergência da auto-identidade
como algo que nasce da interioridade psíquica, localizada
em “algum” lugar no sujeito que narra. Essa teorização
parte do pressuposto de uma “relação ontológica,
de uma espécie de invólucro da interioridade que
passa para a superfície corpórea do texto, bem
como da identidade (sinonímia) do Eu antes do texto,
o Eu do narrador e o Eu do sujeito narrado” (ibidem).
Smith argumenta que o “eu” tão freqüentemente
invocado nas teorias auto-expressivas da autobiografia não
é um nome, uma coisa em si, prestes a materializar-se
através do texto. Para ela, não existe um eu autobiográfico
essencial, anterior ao momento da autonarração.
O verdadeiro sentido do eu como identidade deriva, paradoxalmente,
da perda da consciência e da subseqüente recuperação
de fragmentos de experiência de vida, e não, como
sustenta certa linha teórica, de um repositório,
de um arquivo de vivências que percorrem ininterruptamente
o espaço entre a infância e o momento da escritura.
A narrativa autobiográfica, segundo Smith, começa
como uma forma de amnésia e, depois de iniciada, a natureza
fragmentária do sujeito se insere com força na
escritura. Além disso, há muitas histórias
a serem contadas e diferentes contextos que exigem, por vezes,
narrativas identitárias radicalmente divergentes. Em
cada situação, portanto, a performance narrativa,
constituída da interioridade do eu - que se acredita
ser anterior à expressão autobiográfica
- é um efeito da narrativa autobiográfica. Citando
Judith Butler a respeito da questão da "performatividade",
Smith argumenta:
“O que Judith Butler afirma da performatividade do gênero
pode ser reformulado em termos de performatividade autobiográfica,
isto é, dentro do discurso herdado da metafísica
da substância, o gênero prova sua performatividade”
(SMITH, 1998, p. 109).
A grande lacuna deixada pela teoria da autobiografia é
abordada também por Mary G. Mason que procura as causas
dessa ausência. Em seu artigo “The other voice:
autobiographies of women writers” (1998, p. 321-324),
Mason chama a atenção para o fato de que em diversas
autobiografias femininas encontram-se os padrões estabelecidos
por dois protótipos masculinos: As confissões
de Santo Agostinho e as Confissões de J.J. Rousseau.
Por outro lado, os autobiógrafos nunca utilizaram (ou
utilizam) os arquétipos de mulheres autobiógrafas.
A incongruência que logo salta aos olhos
é que a conversão de Santo Agostinho, sua luta
sobre a carne, para que o espírito se sobressaísse,
não possui afinidades com as realidades mais profundas
da experiência feminina, inclusive no contexto religioso,
sendo por isso um paradigma inadequado. Da mesma forma, o arquétipo
autocentrado de Rousseau, desviando-se de uma apresentação
dramática, volta-se para os desdobramentos da autodescoberta,
do autoconhecimento, em que eventos e personagens são
pouco mais do que aspectos da consciência do autor ali
envolvida, não encontrando eco na escritura feminina,
em suas histórias de vida, talvez uma das razões
de sua marginalização.Como também observa
Jerome Bruner, “Mesmo na cultura ocidental uma visão
masculina intensamente ativa do eu pode, de fato, marginalizar
as mulheres [...]. Os críticos feministas escreveram
copiosamente nos últimos anos sobre o modo pelo qual
a autobiografia das mulheres foi marginalizada pela adoção
de um cânone absolutamente masculino de escrita autobiográfica
(BRUNER, 1997, p. 99).
Nos quatro modelos medievais analisados por Mason, a | | |