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“... La patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito 
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Domingo Vibbot
Domingo Vibbot

LA LOBUNA

 

            Por Domingo Vibbot

REVUELVO en la neblina de mi pasada infancia:
tu altura... a mi medida... y tus patas muy finas...
tu pelaje grisáceo (para mi indefinido)
tu hocico renegrido... eras briosa, bonita...
cuántas veces a solas te conversé “al oído”
como haciéndote cómplice de mis sueños de niño
sin obtener respuesta
porque todo era en vano... porque... ¿no me entendías?...
¡El día aquel primero que me llevaste a cuestas
el miedo me envolvía!
y me aferré temblando a aquel recado ancho
cubierto con un cuero de lana blanca y fina...
y a galope tendido enderezaste al campo
o hacia donde querías...
si yo, prendido al cuero y apretando los bastos
me preocupaba sólo por “mantenerme arriba”.
Y esquivaste mil cardos... y cuando llegaste al “bajo”
me sentí más confiado y respiré muy hondo
y para siempre entonces me acompañaste en todo.
Y me acuerdo del “bajo”...
aquella franja limpia, aquel desierto verde
(creo que no muy ancho)...
que corría vecino a un arroyito manso
llamado “La Bellaca”,
donde algunos veranos tal vez yo me bañara
junto a un lugar cercano con rústica compuerta
donde había algunos ceibos... parecía una floresta
y mi padre llamaba (no olvido) “tajamar”.
Y tampoco me olvido que en algunos lugares
y en los veranos secos,
sus orillas tranquilas se volvían pantanos,
y vacas y terneros por la sed apretados
buscando el agua, al medio, quedaban atrapados,
y a tirones de lazo o con cuartas de acero,
con un caballo enorme que se llamaba “cuervo”
lograban rescatarlas,
y en el bajo quedaban... todas llenas de barro...
hasta que hacían de fuerza y luego caminaban.
Perdoname Lobuna... más no puedo evitarlo
que algún recuerdo al tuyo se vaya aparejando,
se me vienen encima y refrescan mi mente
pegándome de golpe
cual si fuera un baldazo de agua helada y sonriente.
No olvido “la nochera”, aquella yegua zaina
y aquella vaca baya que bautizé  “naranja”
y el petizo tobiano... y el lechero “Dios Gracia”...
y aquella mocha holando que le decían “Amalia”
y la blanca y huesuda llamada “la paloma”
con su hocico rosado...
y aquel toro azabache que nos tenía asustados...,
y el corral para el tambo
con el farol a mecha, de kerosén cargado
que colgaba de un tronco de sauce fino y alto,
que por las madrugadas,
aunque estaba encendido no se veía nada...
Perdoname Lobuna... más no puedo evitarlo...
pero “estate tranquila” porque voy a decirlo:
que todas las imágenes no tienen tu fortuna...
porque de todas ellas la primera es la tuya...
y aunque parezca tonto... en mis sueños de niño
te quería con fuerza... porque fuiste sin duda
lo primero realmente que consideré mío.

mingovibbot@yahoo.com.ar

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María González Rouco
Licenciada María González Rouco

INMIGRACION A LA ARGENTINA (1850-1950)
Testimonios y Literatura

 

      Por María González Rouco*

(N, de la R.: En esta edición iniciamos la publicación de los catorce capítulos en los que ha dividido la autora este trabajo. Ahora, “Motivos”. Le seguirán, en sucesivas ediciones, “El viaje”, “Primeros días”, “Hacia el interior”, “Actitudes”, “El idioma”, “Religión”, “Oficios”, “Qué comían”, “Costumbres”, “Festejos”, “Festejos”, “Entretenimientos”, “La nostalgia” y “Volver”, seguidos de “Conclusiones”y “Bibliografía”. Tratase de un verdadero homenaje al inmigrante que llegó a la Argentina para hacerla grande y poderosa con su trabajo y amor al país que escogieron para sembrar y echar raices.)

 

Presentaciòn

Me propongo en este trabajo recuperar para los inmigrantes y sus descendientes esas historias cotidianas que nos describen la vida en la tierra nueva. Para ello, he recurrido a los testimonios de escritores, historiadores, actores, periodistas, y de los inmigrantes que conozco, incluidos los familiares. También transcribo testimonios de hijos y nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material en librerías “de viejo” y en bibliotecas. Archivando y preguntando, llegué a reunir los recuerdos transcriptos en esta obra, que intenta ser un homenaje a quienes vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y trabajo”.

Los textos a los que me refiero, y que transcribo parcialmente, provienen de memorias, biografías, ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos pasajes provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión, tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no han sido reflejados en estas páginas; abordaré este aspecto en un futuro.

Escribir este libro llevó muchos meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una tarea difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios relatados se referían a la crueldad humana y su reflejo en toda la sociedad, pero especialmente en los más desprotegidos. En América, esos inmigrantes encontraron una vida digna –aún debiendo soportar a los xenófobos-, pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña, estén donde estén. Como contrapartida, asistimos también al relato de sus logros, los que alcanzaron con fe, laboriosidad y privaciones.

Tiene semejanza con otros libros escritos anteriormente –La Colonia San José, de Celia Vernaz y La gran inmigración, de Ema Wolf y Cristina Patriarca- y con uno que apareció luego -Historias de inmigración (1850-1950), de Lucía Gálvez-. Al libro de Vernaz se aproxima en la atención puesta en “El viaje” y los “Primeros días”, títulos que utilicé sin saber que ella los había utilizado antes. Se aproxima al de Ema Wolf y Cristina Patriarca en el tipo de indagación realizada; se diferencia en que esa obra llega hasta 1910, mientras que el mío abarca cuatro décadas más. Del de Lucía Galvez se diferencia por incluir manifestaciones artísticas, y se aproxima a él por el período elegido. En un principio, tomé el lapso que va de 1900 a 1950 –alrededor de esa fecha llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y a Tandil, mis bisabuelos lombardos-; luego me di cuenta de que era necesario incorporar material relativo a la segunda mitad del siglo anterior, sin el cual, el trabajo quedaría incompleto.

“Inmigración y literatura” fue el título del primer artículo periodístico que escribí sobre este tema, publicado en el diario El Tiempo de Azul, en el que colaboré entre 1983 y 2005. Esa visión literaria se fue ampliando con historias de vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan valiosos a la hora de conocer una etapa. Los capítulos que componen este volumen fueron publicados durante 2002 en el sitio www.monografias.com. Luego los amplié y actualicé.

Faltan muchas historias, y hay colectividades representadas con más testimonios que otras. No hay una “razón de amor” –salvo en lo referido a los gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay información más accesible que sobre otras. En las próximas actualizaciones me ocuparé de las comunidades menos abordadas en este trabajo.

Este libro, en el que hablan personalidades relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones, sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás tientan suerte en la tierra de sus abuelos.

 

I LOS MOTIVOS

Algunas de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar desde los  instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”- “Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1).
     José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en 1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (2).
     En el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3). Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente, también fueron causa de emigración.

 

Notas

(1) Cirigliano, Gustavo: “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
(2) Estévez, Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa, 7 de noviembre de 1998.
(3) Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, www.telepolis.com.

 

Guerras, persecuciones

Leopoldo Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra Prometida” (1).
      La política aparece reiteradamente como motivo de emigración. Del fascismo y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar “porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por los camisas negras”. El anciano narra qué había sucedido: “Sabían que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré a América” (2).
     Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en “Agua en la boca”. La protagonista se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe: “Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3).
     En “Desarraigo”, cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido por la guerra” (4).
     Los recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice: “era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini...” (5).
     También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: “Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929” (6).
     Debieron emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia: “El 15 de septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento” (7).
      Juan Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien alentó a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial. ‘Es una tierra donde no hay hambre y no hay guerra’, le decía a su esposo Pedro, que era mecánico de vuelo”(8).
     Hubo quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció aquí: “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años” (9).
     Huyendo del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar...” (10).
    La emigración aparece como una alternativa que otros italianos no aceptan, porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela La piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos “no pueden pagarse un billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo abandonarías?” (11).
     Vino de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi. El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina” (12). Los sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza” (13).
     El croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar” (14).
      Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (15). También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un periodista: “Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su país natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron como inmigrantes en 1948 a la Argentina” (16).
     A la vienesa Hedy Crilla, “el creciente antisemitismo de los nazis en el poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la Argentina” (17).
     “En 1939, como tantos otros judíos perseguidos por las hordas de Hitler, los Hurwitz se despidieron de su casa”, en Alemania (18).
     Fueron perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”.
     Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: “Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada (19).
     María Arcuschín recuerda, en De Ucrania a Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar. Los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz” (20).
     En Minsk, en 1941, a una adolescente y a sus padres les advertían el peligro: “a Tínkele –relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar que gran parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son los primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán a los judíos si no huyen a tiempo hacia Palestina o América. Los religiosos oran y esperan pasivos el destino que Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres oscilan entre ambos y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye que los que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor el futuro. Los padres de Leie también creen que hay que emigrar, pero no les es fácil movilizarse con una familia tan grande y sin dinero” (21).
     El pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país” (22).
     Emigraron, asimismo, los padres de Alejandra Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en Buenos Aires en 1936, apodada Buma, convertida en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su elección definitiva por la poesía. Flora (Buma en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (23).
     Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia, donde “Otra vez los gritos de ‘yid’atronaban la calle. El viaje había sido inútil. Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos la guerra había terminado pero no su odio por los judíos. (...) el celo polaco podía dejar atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba. (...) También de Polonia debían irse” (24).
     Alejandro Kokocinski, “hijo de un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro Kokocinski consiguió una nacionalidad, la argentina. Hasta entonces era un apátrida. ‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino –aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana de grande, porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía una patria. Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a Buenos Aires” (25).
     Con el título ...Y elegirás la vida, “un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio, inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’(...) En los párrafos que siguen (26), apenas una parte de las historias que integran el libro”.
     “En abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos, antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim? Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy fuerte’ ".
     “Auschwitz, 24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...), dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...). Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por conservar la vida’ ".
     Relata Isak Lempert: "Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón".
     "A veces pienso cómo fue que después de la guerra tuvimos ganas de seguir viviendo, de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte. No sé explicar cómo ocurre, pero llega un bendito día en que uno vuelve a interesarse en una receta de cocina".
     Dice Moniek Taub: " ‘­Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad? ‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz, si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente y salía humo?’ ".
     Moisés Borowicz recuerda: “Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’ ".
     "Llegamos a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor... Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros. (...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no soy una resentida".
      " ‘Yo te quiero contar -dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se sepa’. Supuse que aludía a los crímenes cometidos por Hitler, pero me equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa que sé hablar idish y hebreo gracias a la escuela del ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto se había organizado un coro, y que cantábamos. Sí, en el ghetto de Vilna cantábamos y estudiábamos; a pesar de los nazis. Y de esto no habla nadie’ ".
     "Es increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de seguir vivo".
     Sostiene Regina Kenigstein de Hubel: "Una vez por mes habría que hacer una lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz, querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga."
     También escrito por Schettini, leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos días de Auschwitz” (27), en el que entrevista a otra sobreviviente, quien le dice: “-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A 15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan la fuerza para vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el pozo más negro de la historia de la humanidad”.
     “Se conmemoran los 60 años de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más impresionan es aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente que no estuvo en Auschwitz nunca podrá entrar. Gente que estuvo ahí nunca podrá salir’. Por poco que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno la habite, es posible advertir que la angustia que encierra es casi insondable” (28).
     Para proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales de los treinta”. La moribunda había dicho: “ma fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre refroidisse” (29). Esta es la historia que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista en el Premio Planeta 1997.
     Entrevistado por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: “¿Cómo han venido aquí nuestros judíos? Escapando, prácticamente, de pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban la vida en el ghetto porque significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en la miseria, era su hogar” (30).
     “El país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo patrimonio cultural ante la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder a la política inmigratoria propuesta por la República Argentina. Así fue como algunos eligieron a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus ideales” (31).
     La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moures, pasajero del Massilia, quien recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América” (32).
     Durante la contienda, “los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se refugiaron en las colonias vascas de América latina y buscaron el respaldo logístico y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña. En nuestro país se produjo una movilización de la comunidad para favorecer la radicación de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir de España como de los que se habían establecido momentáneamente en Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi. El presidente Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció ya en 1940 a un comité de personalidades argentinas y españolas como intermediario para la rápida entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía de que no tuvieran antecedentes comunistas” (33).
     La Guerra Civil hizo que emigrara la española María Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro: “Estaban en la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires” (34).
      El humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años” (35).
     Manuel García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España natal” (36).
     El guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó: “Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió aquí, vivo con mi madre” (37).
     Llegaban sefaradíes. En su libro La cita en Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff, “oriundo de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos episodios del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso. Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a Buenos Aires, donde se refugian los últimos miembros de una familia que creyó en el trabajo y en el progreso” (38).
     De Esmirna viene otros sefaradíes, aterrorizados por las matanzas de griegos y armenios: “Masaltó sabía que la situación en Izmir no les ofrecería paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette y toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias deportadas de Izmir, esa herida no cerraría con facilidad” (39).
     “Acerca de las causas de la emigración, los armenios de la Argentina consideran que la misma fue forzada, a partir de las persecuciones políticas en el Imperio Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y durante ella (Genocidio de 1915)” (40).
     En “A los que se encuentran en un pozo” (41), Gustavo Bedrossian homenajea a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real, maravillosamente real. La situación es la siguiente: el protagonista es un adolescente que ha perdido a su familia. Hace minutos vio cómo delante de sus narices mataron a parte de su familia a palazos. A él mismo luego de golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que golpean y matan pensando que está muerto. Pero él no está muerto... Siguen matando gente y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos, el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde sólo se respira muerte. ¿Qué expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo de enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió la historia? Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar con una mujer que suponía era su madre. Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo”.
     Décadas después llegarían más japoneses (42), a sumarse a la colectividad que ya estaba instalada aquí en tiempos del Centenario (43).
     En Flores de un solo día (44), Anna Kazumi Stahl relata la historia de “Aimée y su madre, Hanako. La madre “ desde chica sufría tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa de origen y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial hacer su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir los nueve años de edad. Peores eran sus circunstancias, porque a causa de una enfermedad infantil había quedado sin habla, con daños en el centro del habla del cerebro, y no podía entender las explicaciones que le daban la empleada doméstica y el coronel mismo, su padre”.
     Con Gaijin. La aventura de emigrar a la Argentina (45), Maximiliano Matayoshi ganó el Premio Primera Novela UNAM-Alfaguara. En esa obra, relata un adolescente, poco antes de dejar Okinawa: “Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo”.

 

Notas

1 Díaz, Leopoldo: “Tierra prometida”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
3 Poletti, Syria: “Agua en la boca”, en Taller de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977.
4 De Benedictis, Ana María: “El desarraigo”, en El Tiempo, Azul, 24 de marzo de 2002.
5 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación Revista, 12 de julio de 1978.
6 Ingberg, Pablo: “El amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
7 Criscuolo, Eduardo: “Un habitante ‘gris’ de Coghlan: Julián Centeya”, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, diciembre de 2003.
8 Barbiero, Daniel: “Confieso que he vivido”, en El Barrio Periódico de Noticias, Año 5, N° 50, Mayo de 2003.
9 Patat, Alejandro: “El país de los sueños perdidos”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de abril de 2002.
10 Gaffoglio, Loreley: “El teatro me contuvo”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.
11 Malaparte, Curzio: La piel. 1949.
12 Aubele, Luis: “A boca de jarro”, en La Nación, 23 de junio de 2002.
13 S/F: “Viaje a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
14 Anzorreguy, Chuny: El ángel del Capitán. Biografía del Capitán Croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
15 Savoia, Claudio: “Un milagro argentino en Africa”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 3 de agosto de 2003.
16 S/F: “Una vida dedicada a los ferrocarriles”, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, Noviembre de 2003.
17 Saavedra, Guillermo: “Vida en escena”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
18 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín Viva, 14 de enero de 2000.
19 Flichman, Rosalía de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
20 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar. 1986.
21 Fingueret, Manuela: Hija del silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999. 218 pp.
22 Califa, Oche: “Historia con tango y misterio”, en Un bandoneón vivo, Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
23 Amuchástegui, Irene: “Poeta del insomnio”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
24 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
25 Algañaraz, Julio: “Pintor y aventurero”, en Clarín Revista, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
26 S/F: “... Y elegirás la vida”. Foto: Daniel Pessah. En La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de marzo de 2005.
27 Schettini, Adriana: “Un testimonio para la memoria. Los últimos días de Auschwitz”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de enero de 2005.
28 Valiente Noailles, Enrique: “Auschwitz aún no fue liberado”, en La Nación, Buenos Aires, 30 de enero de 2005.
29 Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.
30 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
31 S/F: Hotel Gwesty Tywi, Gaiman, Patagonia – Hostería Galesa – Welsh Colonial B&B.htm
32 S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
33 García Lupo, Rogelio: “Los espías vascos que operaron en la Argentina”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de enero de 2003.
34 Mactas, Mario: “Norma Aleandro. Estados del corazón”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
35 Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’“, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
36 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
37 S/F: “Manolo Yglesias”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 6. Buenos Aires, Mayo de 1998.
38 Malinow, Inés: “Testimonio familiar”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 1998.
39 León, Luis: “Historias de Izmir. Los finiricos”, en SEFARaires, N° 3, Julio de 2002.
40 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
41 Bedrossian, Gustavo: “A los que se encuentran en un pozo”, en www.psicorecursos.com.ar.
42 Castrillón, Ernesto G. y Casabal, Luis: “Japoneses en la Argentina. Recuerdos de la guerra”, en La Nación Revista, 27 de septiembre de 1998.
43 Fainsod, Jéssica: “La infancia de la ciudad”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 1999.
44 Kazumi Stahl, Anna: Flores de un solo día. Buenos Aires, Seix Barral, 2002.
45 Matayoshi, Maximiliano: Gaijin. Buenos Aires, Alfaguara, 2002.

 

En la Argentina

     Nélida Boulgourdjian-Toufeksian destaca la labor de la prensa argentina, con respecto a la comunidad armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo lugar en Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos oculares, informes de funcionarios de potencias europeas) salían a la luz para dar cuenta de un crimen que habría de constituirse en el antecedente de otros que sembraron de horror el siglo. La prensa europea y la americana plasmaron en sus páginas las noticias de hechos y situaciones patéticas que superaban con creces lo que el simple lector podía imaginar como posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde el siglo XIX las matanzas de los armenios en el Imperio otomano de 1894-1896 fueron ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto desde entonces la preocupación y la sensibilidad de los argentinos frente a hechos aberrantes que afectaron a un pueblo del cual poco o nada sabían. La frecuencia y el caudal de la información –noticias del día, editoriales y notas de fondo- así lo demuestran” (1).
     Durante la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano”(2).
     Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda María Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”. Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living” (3).
   Las privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema: “mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre...’ “ (4).
     En un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en la nueva tierra, sabían que los suyos eran víctimas de la persecución. Desde la Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio. La angustia y la desolación son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a los que un niño comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá llorándole toda la cabeza al pequeño. Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá que regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos de nuevos/ silencios. 1940” (5).
     A un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz: “El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida. La carta narraba sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia, donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio” (6).
     Norma Manzur afirma: “Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre todo la tristes se hablaban en idish, idioma que nunca aprendí. La guerra en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé” (7).
     “La shoá, el hecho traumático primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras” (8).
     Escribe Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos, “para el sábado era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse todos alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier intento por modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición del padre y sus recuerdos que flotaban durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese abuelo que Mario no había conocido a resultas de la guerra, la misma que de una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos” (9).
     Mónica Sifrim escribe: “No señor. En mis antepasados no hay diabéticos, hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,/ uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro o cinco de melancolía” (10).
     Los inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento de Sebastián Jorgi, un hombre dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación contigua. Vos me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola porque tiene mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán a la casona del fondo del campo” (11).
     Los padres de Daniel Goldman, “ambos polacos, fueron sobrevivientes del Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano después de escapar de un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación amiga del idealismo”(12).
     En su novela Hotel Edén, escribe Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra” (13).
     Escribe Luis León: “El holocausto que impactó de lleno en todas las comunidades ashkenazíes de Europa, golpeó también a los sefaradíes de Grecia y los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que concluyeron con la declaración de la independencia del Estado de Israel, movilizó a los djidiós en igual magnitud que a las otras comunidades judías de Buenos Aires. Un gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de djidiós de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas, desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning, recuerda ‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos’ ” (14).
     Afirma Carlos Szwarcer: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda” (15).
     Con respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América, las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías. Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”.
     “A mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes. Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la península”.
     “Al ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano” (16).
     Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park” (17).
     Helvio Botana escribe en sus memorias: “mi padre convirtió la guerra española en problema argentino, pues así se lo tomó... Por influjo de Crítica nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue, en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados. El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió pasionalmente un suceso que fue nuestro” (18).
     Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior” (19).
     Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (20).
     Llorarían asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, quien se define como “la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la Guerra Civil”(21).

     En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En “La noche de la cruz de plata”, Jorge Torres Zavaleta evoca otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente el hijo que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado” (22).
     En Latas de cerveza en el Río de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (23).
     El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un italiano. En “16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país, pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (24).


Notas

1 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: EL GENOCIDIO ARMENIO en la prensa argentina. Tomo II 1901-1915. 350 pp. Buenos Aires, Unión General Armenia de Beneficencia, 2005.
2 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
3 Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”, en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.
4 García, Griselda. Poema inédito.
5 Silber, Marcos: Doloratas. Buenos Aires, Milá, 2001. (en colaboración con Carlos Levy).
6 Fernández Díaz, Jorge: “Marcos Aguinis. Un hombre del Renacimiento”, Fotos: Daniel Merle, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.
7 Manzur, Norma: Lazos y Nudos. Cuentos, Buenos Aires, Editorial Milá, 2003.
8 Wang, Diana: “La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio”, en Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida; Toufeksian, Juan Carlos y Alemian, Carlos (eds.): Análisis de prácticas genocidas Actas del IV Encuentro sobre Genocidio. Buenos Aires, Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004.
9 Goldberg, Mauricio: op. cit..
10 Sifrim, Mónica: Novela familiar. Buenos Aires, Ultimo Reino, 1990.
11 Jorgi, Sebastián: “Tardes del Lorraine”, en Tardes del Lorraine. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 1996.
12 Fondevila, Fabiana: “Los personajes del año”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
13 Gusmán, Luis: Hotel Edén. Buenos Aires, Norma, 1999. 246 pp.
14 León, Luis: “Recuerdos de la partición”, en SEFARaires, N° 13, Mayo de 2003.
15 Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en Todo es historia, N° 422, Septiembre de 2002.
16 Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
17 Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero Celta, Buenos Aires, Año I N° 9, Julio de 1996.
18 Botana, Helvio: Memorias. Tras los dientes del perro. Buenos Aires, 1977.
19 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. Vol. VI (Capítulo).
20 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
21 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
22 Torres Zavaleta, Jorge: El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
23 Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp.
24 Flores, Marili: “16 de Junio de 1982”, en www.elmuro.com

* María González Rouco nació en Buenos Aires. Cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de dicha ciudad, de la que egresó en 1984 con el título de Licenciada en Letras, con Orientación en Letras Modernas. Escribió su Tesis de Licenciatura sobre los aspectos autobiográficos de la obra de Manuel Mujica Láinez
Ha publicado ensayos, comentarios, reportajes, notas de actualidad, cuentos y poemas en los diarios La Prensa (donde tramitó, en 1990, su Matrícula Nacional de Periodista), La Nueva Provincia de Bahía Blanca y La Capital de Mar del Plata, entre otros. Colabora en la revista el grillo. Anteriormente escribió en Letras de Buenos Aires, Proa, Pliego de Poesía, Napenay, Lucanor y Ambito Literario (argentinas) y en Alba de América (estadounidense).
Es autora de Inmigración y literatura, trabajo publicado en el sitio www.monografias.com. Otros trabajos de su autoría aparecieron en dicho sitio y en sitios del país y el extranjero; entre ellos, el periódico virtual Galiciaoxe (www.galiciaoxe.org), el sitio de la Fundación Xeito Novo (www.agrileira.com) y el de la Unión Compatriótica Armenia de Marash (www.marash.com.ar).
Recibió distinciones en diversos certámenes de cuento, poesía y ensayo. Entre ellas se destaca el Primer Premio en el concurso “Cuentos de miedo y misterio para lectores a partir de los diez años”, otorgado por la Editorial Magisterio del Río de la Plata a Martín y el diablo bretón en 1991 (publicación y anticipo de los derechos de autor). Ese libro fue traducido al portugués y publicado por Edicoes Loyola en San Pablo, Brasil, en 1995.
Algunos de sus cuentos sobre inmigrantes aparecieron reunidos en el volumen Josefina en el retrato (Buenos Aires, el grillo, 1998).
Su página en Internet es ar.geocities.com/mgonzalezrouco/LosInmigrantes.html

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El amasijo
ARRIBA Y ABAJO
(Donde se habla de lo que dijo el finado Pestolini en cierta oportunidad)

Por: John Argerich

  caricatura  Ilustración: PENSAMIENTOS PROFUNDOS
                                                                           Por: Galina Ivanova

Les escribo con bronca, justito ahora que las cosas pintaban lindo con los primeros calores del verano escandinavo. Porque el mundo está  hecho a la bartola, vea. Y si te tirás un cachito a chanta, no falta nunca un convidado de piedra para romper  la pacencia. Esta vuelta los tenderos, en su angurria monetaria a expensas del bien común. Que sin importarles un pito el mal que hacen, revientan  al noble macho, paganini de su descanso anual. Y como si les das la mano, estos garcas se toman el codo, alguien debe gritarles “¡De aquí no pasarán!”  He aquí una convocatoria a defender el patrimonio visual heredado de nuestros mayores. Pero aclaremos concetos, porque la mezcla de chicha con limonada no se vende. Me calienta el ataque contra una de las mayores conquistas de nuestros tiempos. La minifalda, che.
-Vini, vide, vici -dijo Alejandro Magno.
Y aunque la historia no relata lo que estaría mirando el prócer al formular tan profundo pensamiento, cualquier griego sabe que ése era su día de garrón. Algo  bien distinto de lo que le pasó a otro Alejandro, un pariente mío de apellido Pinsotta, que vive en Ezpeleta. Flor de cumpa, lo digo sin despreciar.
-¡Vengan a junar ésto, che! -gritó entusiasmado allá por los años 60, cuando vio a la Mónica Brutovsky avanzando raudamente hacia Rivadavia y Pueyrredón.
La susodicha era un despelote, ¡qué vamos a andar con vueltas! Con su pelo rubio hasta la cintura, curvas antipeatón,  y ese aire que traía loco al vecindario. “Para mí, para vos...para ninguno de los dos”, un decir.
-¡Mamita querida! -apenas suspiré.
Los ojos me habían pegado un salto dentro de las órbitas, y casi más tiro al suelo las gafas negras de hacer pinta. ¡Ese delirio carrozado de mujer se había puesto minifaldas! Unas polleritas tan cortonas que causaron estragos muchas cuadras a la redonda. ¡Palabra! Y para muestra basta relatar lo que pasó después. Un tano de Obras Sanitarias que estaba arreglando caños en una zanja, perdió el pulso al verla introducirse en su campo visual. Y la perforadora neumática salió volando con tanta yeta, que fue a aterrizar justito contra el parabrisas de un patrullero policial. ¡Para qué entrar en detalles! Los botones levantaron presión como leche hervida, y en menos que canta un gallo había ambiente de rosca.
-¡Yo te viá enseñar, desacatáu! –dijo un agente que parecía provinciano, por la dicción.
-¡Aspetta due minutti, morocho, que tutto se va a aclarare! -respondió el laburante.
Más poco valieron sus dotes oratorias. Después de ablandarlo a garrotazos, el cana le pidió documentos. “La amansadora” como se dice en dialecto policial. A todo esto, Mónica volvía del quiosco llevando en la mano un paquete de cigarrillos para el papá. Y flechado por Cupido, el pobre don Giaccomo exclamó:
-¿Capisce ahora signore carabiniere cómo pasa lo achidente?
Y un ruso que andaba cerca dijo:
-¡Qué boina está...!
En resumen: se aclararon las cosas, y el uniformado sintió remordimientos de conciencia por la pateadura. ¡Hasta los milicos tienen corazón, si se los sabe tratar! Así que luego de ofrecerse cigarrillos e intercambiar números de teléfono, los protagonistas de este entuerto se confundieron en un abrazo.
-¡Perdoná, hermano, que fue sin doble intención!
Ejemplos de convivencia como el relatado rubrican la benéfica influencia social de la minifalda, porque sin ella otro hubiera sido el epílogo. Pero hablemos de historia ciudadana. En un lejano ayer, las pebetas poco mostraban. Entonces los del sexo fuerte debíamos semblantearlas a pura imaginación. Y como sabemos, una idea trae la otra. Con el peligro que de tanto pensar, el sujeto termine haciéndose extremista. Que si el marote entra en directa, puede ocurrir cualquier cosa. Mas a pesar de tan claro beneficio, detractores siempre habrá.
-¡Mirá qué desfachatada, la chica del corralón! –dijo una vieja.
-Salió a la madre, doña Juana, que cuando el marido hace horas extra, se va a loquear por Santa Fe.
Agregue Vd. lo que quiera, pero cuando se acortaron las polleras allá por los años 70, todo anduvo mejor. Volvió el Pocho, se firmó un tratado de límites que aleja para siempre todo peligro de guerra con la República Oriental del Uruguay, y Boca prendido haciendo punta. Así que todo iba en carroza, como cheque de alegría extendido al portador. Hasta que un negro atardecer, el finado Carlitos Pestolini, que en paz descanse, dio la alarma como una premonición.
-¡Oia, muchachos...! ¡Semo frito, si esa longaniza se viene popular!
Ni más ni menos que la propia Mónica Brutovsky de cuerpo presente otra vez. Quien a pesar de ser ya madre de familia, seguía siendo un desafío al pudor. ¡Ese pelo, esas curvas, esos ojos con color de eternidad! El tuttiquanti de siempre, para qué seguir. Pero al bajar la vista me se vino el alma al sótano, se vino. Iba con unas maxis que parecía escondida atrás de las cortinas. Y recordé una copla que cantaban los mozos gallegos del Munich que hay frente al Rosedal: