(N, de la R.: En esta edición
iniciamos la publicación de los catorce capítulos
en los que ha dividido la autora este trabajo. Ahora, “Motivos”.
Le seguirán, en sucesivas ediciones, “El viaje”,
“Primeros días”, “Hacia el interior”,
“Actitudes”, “El idioma”, “Religión”,
“Oficios”, “Qué comían”,
“Costumbres”, “Festejos”, “Festejos”,
“Entretenimientos”, “La nostalgia” y
“Volver”, seguidos de “Conclusiones”y
“Bibliografía”. Tratase de un verdadero homenaje
al inmigrante que llegó a la Argentina para hacerla grande
y poderosa con su trabajo y amor al país que escogieron
para sembrar y echar raices.)
Presentaciòn
Me propongo en este trabajo recuperar para
los inmigrantes y sus descendientes esas historias cotidianas
que nos describen la vida en la tierra nueva. Para ello, he
recurrido a los testimonios de escritores, historiadores, actores,
periodistas, y de los inmigrantes que conozco, incluidos los
familiares. También transcribo testimonios de hijos y
nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material
en librerías “de viejo” y en bibliotecas.
Archivando y preguntando, llegué a reunir los recuerdos
transcriptos en esta obra, que intenta ser un homenaje a quienes
vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y trabajo”.
Los textos a los que me refiero, y que
transcribo parcialmente, provienen de memorias, biografías,
ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos pasajes
provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión,
tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no
han sido reflejados en estas páginas; abordaré
este aspecto en un futuro.
Escribir este libro llevó muchos
meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una tarea
difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios
relatados se referían a la crueldad humana y su reflejo
en toda la sociedad, pero especialmente en los más desprotegidos.
En América, esos inmigrantes encontraron una vida digna
–aún debiendo soportar a los xenófobos-,
pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña,
estén donde estén. Como contrapartida, asistimos
también al relato de sus logros, los que alcanzaron con
fe, laboriosidad y privaciones.
Tiene semejanza con otros libros escritos
anteriormente –La Colonia San José, de Celia Vernaz
y La gran inmigración, de Ema Wolf y Cristina Patriarca-
y con uno que apareció luego -Historias de inmigración
(1850-1950), de Lucía Gálvez-. Al libro de Vernaz
se aproxima en la atención puesta en “El viaje”
y los “Primeros días”, títulos que
utilicé sin saber que ella los había utilizado
antes. Se aproxima al de Ema Wolf y Cristina Patriarca en el
tipo de indagación realizada; se diferencia en que esa
obra llega hasta 1910, mientras que el mío abarca cuatro
décadas más. Del de Lucía Galvez se diferencia
por incluir manifestaciones artísticas, y se aproxima
a él por el período elegido. En un principio,
tomé el lapso que va de 1900 a 1950 –alrededor
de esa fecha llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y
a Tandil, mis bisabuelos lombardos-; luego me di cuenta de que
era necesario incorporar material relativo a la segunda mitad
del siglo anterior, sin el cual, el trabajo quedaría
incompleto.
“Inmigración y literatura”
fue el título del primer artículo periodístico
que escribí sobre este tema, publicado en el diario El
Tiempo de Azul, en el que colaboré entre 1983 y 2005.
Esa visión literaria se fue ampliando con historias de
vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan
valiosos a la hora de conocer una etapa. Los capítulos
que componen este volumen fueron publicados durante 2002 en
el sitio www.monografias.com. Luego los amplié y actualicé.
Faltan muchas historias, y hay colectividades
representadas con más testimonios que otras. No hay una
“razón de amor” –salvo en lo referido
a los gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay
información más accesible que sobre otras. En
las próximas actualizaciones me ocuparé de las
comunidades menos abordadas en este trabajo.
Este libro, en el que hablan personalidades
relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a
esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones,
sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas
y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás
tientan suerte en la tierra de sus abuelos.
I LOS MOTIVOS
Algunas de las páginas que se escribieron
sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar
desde los instantes en los que surge. La vemos afirmándose,
madurando en esas mentes en las que la desesperación
es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como
dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”-
“Todo aquel que dejó su país, su patria
de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o
aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser
protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas”
(1).
José Luis Baltar Pumar, presidente
de la diputación de Orense, se refirió en 1998
al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos
han colaborado en la realización de la Argentina, pero
nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría
existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad
de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia
no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (2).
En el sitio “Asturias en la emigración”,
Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron
a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación,
la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los
“ganchos” o agentes de los armadores, la evasión
del reclutamiento militar, y los motivos económicos o
de población (3). Estos motivos, aunque
con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de otros países,
pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los
pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo
a la emigración asturiana- y los dramas personales –los
cuales, aunque mínimamente, también fueron causa
de emigración.
Notas
(1) Cirigliano, Gustavo: “Disquisiciones
tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
(2) Estévez, Paula: “Buenos Aires
es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa,
7 de noviembre de 1998.
(3) Méndez Muslera, Luciano: “Asturias
en la emigración”, www.telepolis.com.
Guerras, persecuciones
Leopoldo Díaz, en el poema “Tierra
prometida”, expresa: “¡América! te
anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te
den gloria./ Serás del pensamiento la victoria,/ no la
victoria de la guerra impía.// La voz del porvenir es
la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha
de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con
fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje...
El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal
tiene la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a
ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con
la Tierra Prometida” (1).
La política aparece reiteradamente
como motivo de emigración. Del fascismo y sus reiteradas
golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra,
libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar “porque
él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces
por los camisas negras”. El anciano narra qué había
sucedido: “Sabían que era músico, director
de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué
a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos
bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí la cabeza
como pude, pero ésa es otra historia. Después,
emigré a América” (2).
Syria Poletti evoca la guerra, por
ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en “Agua
en la boca”. La protagonista se encuentra con un hombre
que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe:
“Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado
trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para
él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque
en ella había perdido un brazo y encontrado todas las
alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo
en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3).
En “Desarraigo”, cuento
de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en
emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente,
evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó
que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada
de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela
materna y comenzó a secarse las lágrimas con el
delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su
madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días.
El correo tardaba mucho y él hacía quince años
que no la veía. Recordó el duelo a distancia y
el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos
y de tanta soledad impuesta por un país destruido por
la guerra” (4).
Los recuerdos bélicos tienen
que ver para el autor de La tierra incomparable, con la figura
paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano
Narciso, un hombre valiente. De él dice: “era tremendamente
trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente
testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba
en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había
toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban
a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía
a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía:
Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede
prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini...” (5).
También escapa del fascismo
el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: “Mi
padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que,
perseguido por el fascismo, se quedó aquí para
siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades
para poder salir de Italia, llegó en 1929” (6).
Debieron emigrar Julián Centeya
(Amleto Vergiati) y su familia: “El 15 de septiembre de
1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de
Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista
del diario Avanti, cuyo jefe de Redacción era Benito
Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años después,
realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la
represión sobre la izquierda se tornó violenta
y obligó a muchos opositores al régimen a decidir
su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre,
Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no
fue una excepción y viajó hacia la Argentina como
casi la mayoría de los refugiados políticos de
ese momento” (7).
Juan Fazzini recuerda que su
madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien alentó
a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar
de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial.
‘Es una tierra donde no hay hambre y no hay guerra’,
le decía a su esposo Pedro, que era mecánico de
vuelo”(8).
Hubo quien vino por un tiempo, y no
pudo regresar. Finalmente, se estableció aquí:
“Mi abuelo, un anárquico antifascista, había
partido en 1926 por motivos políticos –comenta
Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio ballava
il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería
de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina,
fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre
tenía menos de un año cuando él partió.
La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó.
Fue así como, postergando cada año el regreso,
mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde
vivió sus últimos cuarenta años”
(9).
Huyendo del Mariscal Tito venían
los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví muchos
años con el recuerdo del rincón donde había
dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como
en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa
de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en
un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá.
Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa
la dejaron pasar...” (10).
La emigración aparece como una alternativa
que otros italianos no aceptan, porque no pueden abandonar a
sus muertos. En su novela La piel, Curzio Malaparte dice que
los difuntos “no pueden pagarse un billete para América,
son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es
la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en
la esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso
muertos serán siempre esclavos, sufrirán hambre
y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses que Cristo yace entre
ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo abandonarías?”
(11).
Vino de Italia –donde había
emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi.
El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria,
pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas,
se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo,
llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar...
Así llegaron a la Argentina” (12).
Los sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los
conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano,
para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San
Juan y la Patagonia fronteriza” (13).
El croata Miro Kovacic padeció
la guerra en su país de origen. Así recuerda el
efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren
tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes.
Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento
sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles.
Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale
una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones
en las que se puede notar una clara certeza de la existencia
del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él
que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre
comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose
a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede
pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más
sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro
de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante
con la que debemos cargar” (14).
Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar,
“tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos
que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia
comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se
crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña
María y don Luis” (15). También
emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un periodista:
“Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su
país natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron
como inmigrantes en 1948 a la Argentina” (16).
A la vienesa Hedy Crilla, “el
creciente antisemitismo de los nazis en el poder las empujó,
como a tantos, al exilio: primero en París –donde
vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio
y cine- y luego en la Argentina” (17).
“En 1939, como tantos otros judíos
perseguidos por las hordas de Hitler, los Hurwitz se despidieron
de su casa”, en Alemania (18).
Fueron perseguidos los Flichman en
su tierra, cuenta una inmigrante afincada en Mendoza. En Rojos
y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno
en el que se desarrolló su infancia. Las persecuciones,
la revolución, la guerra civil, las violaciones y los
asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus-
son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy
corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen
sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan
de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy
cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy
los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables
burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones.
El hambre se hace sentir, duele”.
Más adelante manifestará
una preferencia, en su desgracia: “Quiero que vuelvan
los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan,
pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes,
desalmados, asesinos”. Afirma que ella y su familia eran
perseguidos en su país de origen por dos motivos: su
condición de judíos y de burgueses. Si estas dos
causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos,
también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra
tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones
judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen
de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió
una salvación que a otros estuvo negada (19).
María Arcuschín recuerda,
en De Ucrania a Basavilbaso, los relatos familiares sobre la
razón que los llevó a emigrar. Los antepasados
“Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre
el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir
hacia América en busca de libertad y de paz” (20).
En Minsk, en 1941, a una adolescente
y a sus padres les advertían el peligro: “a Tínkele
–relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar que gran
parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son
los primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán
a los judíos si no huyen a tiempo hacia Palestina o América.
Los religiosos oran y esperan pasivos el destino que Dios les
depara. Esto la subleva porque sus padres oscilan entre ambos
y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye que los
que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar
mejor el futuro. Los padres de Leie también creen que
hay que emigrar, pero no les es fácil movilizarse con
una familia tan grande y sin dinero” (21).
El pequeño protagonista de “Historia
con tango y misterio”, de Oche Califa, pregunta por qué
sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le contesta: “Por
el ejército del zar. Cada vez que aparecían por
la aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes
a pelear en alguna guerra en la otra punta del país”
(22).
Emigraron, asimismo, los padres de
Alejandra Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en Buenos
Aires en 1936, apodada Buma, convertida en Alejandra con la
edición de su segundo libro- hizo su elección
definitiva por la poesía. Flora (Buma en idish) era la
segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías
Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal
(donde algunos años despúes los nazis masacraron
a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de
Avellaneda” (23).
Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo
David emigran de Polonia, donde “Otra vez los gritos de
‘yid’atronaban la calle. El viaje había sido
inútil. Se culpó por haberla dejado sola mientras
él iba al mercado. Aún tenía el uniforme
ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos.
Para ellos la guerra había terminado pero no su odio
por los judíos. (...) el celo polaco podía dejar
atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba.
(...) También de Polonia debían irse” (24).
Alejandro Kokocinski, “hijo de
un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció
en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro
Kokocinski consiguió una nacionalidad, la argentina.
Hasta entonces era un apátrida. ‘Yo tengo una gran
pasión por la Argentina, me considero muy argentino –aclara-.
Recién me dieron la doble ciudadanía italiana
de grande, porque como aquí rige la ley de sangre yo
no tenía una patria. Mis padres eran dos refugiados corridos
por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...)
Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren
que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque
si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre
mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron
a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto
dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá
Kokocinski organizó con otros soldados la liberación
de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se
escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul
se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta
del mar los trajo a Buenos Aires” (25).
Con el título ...Y elegirás
la vida, “un libro de la periodista Adriana Schettini
cuenta diez historias de sobrevivientes de la Shoah con quienes
convivió dos años y medio, inmersa en la cotidianeidad
de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la encarnación
del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’(...)
En los párrafos que siguen (26), apenas
una parte de las historias que integran el libro”.
“En abril de 1943, José
Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que enfrentaron
el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina,
unas cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora.
‘Los judíos, antes de tomar vino u otro alcohol,
dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim? Por la vida;
para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra
los judíos, después de tanta Inquisición
y tanto pogrom, después de este tremendo Holocausto,
aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy
fuerte’ ".
“Auschwitz, 24 de junio de 1943.
Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...),
dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los
vagones (...). Salomón Feldberg se aferra a la mano de
su madre. La memoria de las razzias le dice que en segundos
perderá ese contacto protector. Pero nadie le avisa que
será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un
esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos
me asignaron un trabajo horrible: juntar cadáveres. (...)
Pero, a pesar de todo, yo siempre tenía una chispita
de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos por los campos
sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que
queríamos vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El
heroísmo es luchar por conservar la vida’ ".
Relata Isak Lempert: "Pasamos
Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las oraciones
que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi
a mi papá ayunando en la prisión de Czernovits
porque era el Día del Perdón".
"A veces pienso cómo fue
que después de la guerra tuvimos ganas de seguir viviendo,
de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth
Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte.
No sé explicar cómo ocurre, pero llega un bendito
día en que uno vuelve a interesarse en una receta de
cocina".
Dice Moniek Taub: " ‘Es
que a mí me gusta tanto cantar...’ Si alguien le
hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además
iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría
creído, ¿verdad? ‘En Auschwitz... ¿cómo
iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz, si estaba
al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba
gente y salía humo?’ ".
Moisés Borowicz recuerda: “Tuve
muchos compañeros de colegio y de juegos que no eran
judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos
en cualquier parte del mundo. Pero cuando Hitler subió
al poder en Alemania, en Polonia surgió un enorme antisemitismo
(...) No me puedo olvidar lo que me dijo un grupito de compañeros:
‘Cuando venga Hitler, los vamos a pasar por la máquina
de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’
".
"Llegamos a Majdanek en abril
de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos hicieron
sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos
pudor... Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas
(...) Estábamos vigiladas por kapos alemanes. Hasta el
día de hoy me esfuerzo por no agobiar a los otros con
mis penas. Creo que, por más que la gente te quiera,
si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden
aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar
junto a los otros. (...) Tengo muchos problemas y llevo una
enorme tristeza adentro, pero no soy una resentida".
" ‘Yo te quiero contar
-dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se sepa’.
Supuse que aludía a los crímenes cometidos por
Hitler, pero me equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa
que sé hablar idish y hebreo gracias a la escuela del
ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto
se había organizado un coro, y que cantábamos.
Sí, en el ghetto de Vilna cantábamos y estudiábamos;
a pesar de los nazis. Y de esto no habla nadie’ ".
"Es increíble –afirma
Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con semejantes sufrimientos,
casi no hubo suicidios (en el ghetto de Bialystok). La gente
tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría
se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera,
con tal de seguir vivo".
Sostiene Regina Kenigstein de Hubel:
"Una vez por mes habría que hacer una lección
para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz,
querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan
a nadie lo que a nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay
que trabajar para que nunca nadie venga con ideas como las de
Hitler, y la gente lo siga."
También escrito por Schettini,
leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos
días de Auschwitz” (27), en el
que entrevista a otra sobreviviente, quien le dice: “-Por
favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número de
prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque
esa marca me la han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es
Mira Kniaziew de Stupnik, A 15538. A los 76 años, vive
en el barrio porteño de Villa del Parque. Es viuda, tiene
una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan la fuerza para
vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando
estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía once
años, y Adolf Hitler la condenó a muerte por ser
lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz,
el pozo más negro de la historia de la humanidad”.
“Se conmemoran los 60 años
de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique
Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más
impresionan es aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente
que no estuvo en Auschwitz nunca podrá entrar. Gente
que estuvo ahí nunca podrá salir’. Por poco
que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno
la habite, es posible advertir que la angustia que encierra
es casi insondable” (28).
Para proteger a su hija de lo que vendría
es que una madre judía quiere que la niña deje
Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el
belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales
de los treinta”. La moribunda había dicho: “ma
fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre
refroidisse” (29). Esta es la historia
que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista
en el Premio Planeta 1997.
Entrevistado por Mario Diament, dice
Máximo Yagupsky: “¿Cómo han venido
aquí nuestros judíos? Escapando, prácticamente,
de pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No
los movía, como a los italianos, el buscar una vida más
confortable o huir de la miseria. Allá los judíos
eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban
la vida en el ghetto porque significaba la vida en común,
en la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió
a los noventa y tantos años y hablando de su país
de origen decía siempre ‘allí, en mi casa’.
A pesar de que vivían en la miseria, era su hogar”
(30).
“El país de Gales, viendo
comprometido su antiquísimo patrimonio cultural ante
la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder
a la política inmigratoria propuesta por la República
Argentina. Así fue como algunos eligieron a la Patagonia
cuya condición deshabitada alentó sus ideales”
(31).
La Guerra Civil fue el motivo para
que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego
Arturo Cuadrado Moures, pasajero del Massilia, quien recuerda
ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella
tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar
a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró
tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles.
Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos
Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos
la canción y teníamos a América”
(32).
Durante la contienda, “los dirigentes
del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se refugiaron en las colonias
vascas de América latina y buscaron el respaldo logístico
y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña.
En nuestro país se produjo una movilización de
la comunidad para favorecer la radicación de los fugitivos
vascos, tanto de los que procuraban salir de España como
de los que se habían establecido momentáneamente
en Francia antes de que fuera ocupada por el ejército
nazi. El presidente Roberto Ortiz, un descendiente de vascos,
reconoció ya en 1940 a un comité de personalidades
argentinas y españolas como intermediario para la rápida
entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía
de que no tuvieran antecedentes comunistas” (33).
La Guerra Civil hizo que emigrara la
española María Luisa Robledo, casada con el argentino
Aleandro, hijo de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro:
“Estaban en la compañía de De Rosas en España,
se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la
guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre
de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires”
(34).
El humorista Quino es “nieto
de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”.
Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era
una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre
no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas
terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios
de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba
a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía
diez años” (35).
Manuel García Ferré nació
en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país
a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de
la Guerra Civil en su España natal” (36).
El guitarrista murciano Manolo Iglesias,
en una entrevista, contó: “Primero vino mi padre
solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de
la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos
mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de
edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué
desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió
aquí, vivo con mi madre” (37).
Llegaban sefaradíes. En su libro
La cita en Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí,
Vittorio Alhadeff, “oriundo de la ciudad de Rodas, hace
desfilar ante el lector diversos episodios del dominio turco
y de la ocupación italiana del Dodecaneso. Pero la tremenda
verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo y del
nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a
Buenos Aires, donde se refugian los últimos miembros
de una familia que creyó en el trabajo y en el progreso”
(38).
De Esmirna viene otros sefaradíes,
aterrorizados por las matanzas de griegos y armenios: “Masaltó
sabía que la situación en Izmir no les ofrecería
paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de
Antoinette y toda esa familia armenia, le dolía por las
familias armenias deportadas de Izmir, esa herida no cerraría
con facilidad” (39).
“Acerca de las causas de la emigración,
los armenios de la Argentina consideran que la misma fue forzada,
a partir de las persecuciones políticas en el Imperio
Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909)
y durante ella (Genocidio de 1915)” (40).
En “A los que se encuentran en
un pozo” (41), Gustavo Bedrossian homenajea
a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real,
maravillosamente real. La situación es la siguiente:
el protagonista es un adolescente que ha perdido a su familia.
Hace minutos vio cómo delante de sus narices mataron
a parte de su familia a palazos. A él mismo luego de
golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres
de los que golpean y matan pensando que está muerto.
Pero él no está muerto... Siguen matando gente
y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos,
el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde
sólo se respira muerte. ¿Qué expectativas
podemos tener de este muchacho? Quizá el más optimista
puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo
de enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió
la historia? Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló
estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo
sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con
otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano
suyo que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo
para estar con una mujer que suponía era su madre. Ese
muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo”.
Décadas después llegarían
más japoneses (42), a sumarse a la
colectividad que ya estaba instalada aquí en tiempos
del Centenario (43).
En Flores de un solo día (44),
Anna Kazumi Stahl relata la historia de “Aimée
y su madre, Hanako. La madre “ desde chica sufría
tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa de origen
y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial
hacer su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir
los nueve años de edad. Peores eran sus circunstancias,
porque a causa de una enfermedad infantil había quedado
sin habla, con daños en el centro del habla del cerebro,
y no podía entender las explicaciones que le daban la
empleada doméstica y el coronel mismo, su padre”.
Con Gaijin. La aventura de emigrar
a la Argentina (45), Maximiliano Matayoshi
ganó el Premio Primera Novela UNAM-Alfaguara. En esa
obra, relata un adolescente, poco antes de dejar Okinawa: “Quiero
que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y
me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos
el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo
quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera
sería diferente, dijo”.
Notas
1 Díaz,
Leopoldo: “Tierra prometida”, en Cantan los pueblos
americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones
de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Gusberti, Martina: El laúd
y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
3 Poletti, Syria: “Agua
en la boca”, en Taller de imaginería. Buenos Aires,
Losada, 1977.
4 De Benedictis, Ana María:
“El desarraigo”, en El Tiempo, Azul, 24 de marzo
de 2002.
5 Roca, Agustina: “Historia
de vida”, en La Nación Revista, 12 de julio de
1978.
6 Ingberg, Pablo: “El
amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires,
14 de febrero de 1999.
7 Criscuolo, Eduardo: “Un
habitante ‘gris’ de Coghlan: Julián Centeya”,
en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, diciembre
de 2003.
8 Barbiero, Daniel: “Confieso
que he vivido”, en El Barrio Periódico de Noticias,
Año 5, N° 50, Mayo de 2003.
9 Patat, Alejandro: “El
país de los sueños perdidos”, en La Nación,
Buenos Aires, 28 de abril de 2002.
10 Gaffoglio, Loreley: “El
teatro me contuvo”, en La Nación, Buenos Aires,
20 de diciembre de 1998.
11 Malaparte, Curzio: La piel.
1949.
12 Aubele, Luis: “A boca
de jarro”, en La Nación, 23 de junio de 2002.
13 S/F: “Viaje a la tierra
de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre
de 1998.
14 Anzorreguy, Chuny: El ángel
del Capitán. Biografía del Capitán Croata
Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
15 Savoia, Claudio: “Un
milagro argentino en Africa”, en Clarín Viva, Buenos
Aires, 3 de agosto de 2003.
16 S/F: “Una vida dedicada
a los ferrocarriles”, en El Barrio Periódico de
Noticias, Buenos Aires, Noviembre de 2003.
17 Saavedra, Guillermo: “Vida
en escena”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero
de 2001.
18 Savoia, Claudio: “El
equipaje de los sueños”, en Clarín Viva,
14 de enero de 2000.
19 Flichman, Rosalía
de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
20 Arcuschín, María:
De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar. 1986.
21 Fingueret, Manuela: Hija del
silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999. 218 pp.
22 Califa, Oche: “Historia
con tango y misterio”, en Un bandoneón vivo, Buenos
Aires, Sudamericana, 2002.
23 Amuchástegui, Irene:
“Poeta del insomnio”, en Clarín Viva, Buenos
Aires, 14 de diciembre de 2003.
24 Goldberg, Mauricio: Donde
sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano,
1985.
25 Algañaraz, Julio:
“Pintor y aventurero”, en Clarín Revista,
Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
26 S/F: “... Y elegirás
la vida”. Foto: Daniel Pessah. En La Nación Revista,
Buenos Aires, 27 de marzo de 2005.
27 Schettini, Adriana: “Un
testimonio para la memoria. Los últimos días de
Auschwitz”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de enero
de 2005.
28 Valiente Noailles, Enrique:
“Auschwitz aún no fue liberado”, en La Nación,
Buenos Aires, 30 de enero de 2005.
29 Báñez, Gabriel:
Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.
30 Diament, Mario: Conversaciones
con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
31 S/F: Hotel Gwesty Tywi, Gaiman,
Patagonia – Hostería Galesa – Welsh Colonial
B&B.htm
32 S/F: “Esa magnífica
legión de viejos”, en Revista Mayores, Año
II, N° 11, 1994.
33 García Lupo, Rogelio:
“Los espías vascos que operaron en la Argentina”,
en Clarín, Buenos Aires, 19 de enero de 2003.
34 Mactas, Mario: “Norma
Aleandro. Estados del corazón”, en La Nación
Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
35 Reinoso, Susana: “Quino:
‘ Los adultos están arruinando a los chicos’“,
en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
36 Varios autores: Enciclopedia
visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
37 S/F: “Manolo Yglesias”,
en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española.
Año 1 N° 6. Buenos Aires, Mayo de 1998.
38 Malinow, Inés: “Testimonio
familiar”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero
de 1998.
39 León, Luis: “Historias
de Izmir. Los finiricos”, en SEFARaires, N° 3, Julio
de 2002.
40 Boulgourdjian-Toufeksian,
Nélida: Los armenios en Buenos Aires La reconstrucción
de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
41 Bedrossian, Gustavo: “A
los que se encuentran en un pozo”, en www.psicorecursos.com.ar.
42 Castrillón, Ernesto
G. y Casabal, Luis: “Japoneses en la Argentina. Recuerdos
de la guerra”, en La Nación Revista, 27 de septiembre
de 1998.
43 Fainsod, Jéssica: “La
infancia de la ciudad”, en Clarín Viva, Buenos
Aires, 4 de abril de 1999.
44 Kazumi Stahl, Anna: Flores
de un solo día. Buenos Aires, Seix Barral, 2002.
45 Matayoshi, Maximiliano: Gaijin.
Buenos Aires, Alfaguara, 2002.
En la Argentina
Nélida Boulgourdjian-Toufeksian
destaca la labor de la prensa argentina, con respecto a la comunidad
armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo lugar en
Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos
oculares, informes de funcionarios de potencias europeas) salían
a la luz para dar cuenta de un crimen que habría de constituirse
en el antecedente de otros que sembraron de horror el siglo.
La prensa europea y la americana plasmaron en sus páginas
las noticias de hechos y situaciones patéticas que superaban
con creces lo que el simple lector podía imaginar como
posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde
el siglo XIX las matanzas de los armenios en el Imperio otomano
de 1894-1896 fueron ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto
desde entonces la preocupación y la sensibilidad de los
argentinos frente a hechos aberrantes que afectaron a un pueblo
del cual poco o nada sabían. La frecuencia y el caudal
de la información –noticias del día, editoriales
y notas de fondo- así lo demuestran” (1).
Durante la primera guerra mundial,
en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con una colectividad
italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero
patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia,
oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando
banderas de su país y realizaron desfiles en los que
iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno
de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata
incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran
presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar
a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron,
sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como
reservas del ejército italiano”(2).
Los avatares de las contiendas se vivían
con gran tristeza Lo recuerda María Trepicchio de Danna,
a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió
mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares
en Europa”. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar:
“Con el Círculo de Damas Francesas tejí
para los soldados partidarios de De Gaulle”. Cuando la
guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan:
“la paz se celebró con locura, en casa entonamos
La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en
el living” (3).
Las privaciones pasadas en el país de origen
durante la guerra marcan a quienes emigraron. Una calabresa,
llegada a la Argentina en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar
el alimento del que se puede disponer en la nueva tierra. Lo
cuenta una nieta, Griselda García, en un poema: “mi
abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos
fritos con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen
lo que es la guerra, el hambre...’ “ (4).
En un poema de Marcos Silber se evoca
la amargura de los que, en la nueva tierra, sabían que
los suyos eran víctimas de la persecución. Desde
la Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio.
La angustia y la desolación son presentadas por medio
de imágenes de los adultos, a los que un niño
comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá
llorándole toda la cabeza al pequeño. Regándole/
el sueño, todo el juego. Mamá que regresa con
papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos
de nuevos/ silencios. 1940” (5).
A un suceso de la infancia de Marcos
Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz: “El
pibe tenía siete años y estaba parado junto a
la puerta del dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones
y ruidos sordos. Había llegado por correo una carta desde
Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían
encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía,
en ese momento, por qué lo habían dejado afuera,
donde permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia
y en ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio,
doblado por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera
vez en toda su vida. La carta narraba sin eufemismos la suerte
que habían corrido su abuelo y las dos tías que
Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana
República de Moldavia, donde los nazis arreaban judíos
para hacinarlos en los campos de concentración o asesinarlos
en los hornos de exterminio” (6).
Norma Manzur afirma: “Aunque
en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho
dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes,
serias y sobre todo la tristes se hablaban en idish, idioma
que nunca aprendí. La guerra en Europa mataba a los judíos
y los padres, hermanos y otros parientes de mamá y papá
no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo
viajó a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del
Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos murieron en
el campo de concentración de Treblinka. Qué pasó
con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis dos tías
y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé”
(7).
“La shoá, el hecho traumático
primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de
nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado
con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal
de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores,
las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para
o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes
y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras”
(8).
Escribe Mauricio Goldberg que en una
familia de inmigrantes judíos, “para el sábado
era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse
todos alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier
intento por modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición
del padre y sus recuerdos que flotaban durante los almuerzos
en la casa del abuelo. Ese abuelo que Mario no había
conocido a resultas de la guerra, la misma que de una u otra
forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos”
(9).
Mónica Sifrim escribe: “No
señor. En mis antepasados no hay diabéticos, hipertensos,/
cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez
antepasados míos,/ uno moría en las revoluciones,
otro en las cámaras de gas/ y cuatro o cinco de melancolía”
(10).
Los inmigrantes padecen las secuelas
de la guerra. En un cuento de Sebastián Jorgi, un hombre
dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá
Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación
contigua. Vos me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia
y no quiere dormir sola porque tiene mucho miedo de sólo
pensar que los nazis la llevarán a la casona del fondo
del campo” (11).
Los padres de Daniel Goldman, “ambos
polacos, fueron sobrevivientes del Holocausto. Su padre fue
un partisano (guerrilla que luchaba contra el nazismo en la
Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años
en un sótano después de escapar de un gueto. Se
conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a un país
que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero en
las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier
autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro
a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi
no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos
para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien,
y a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De
día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación
amiga del idealismo”(12).
En su novela Hotel Edén, escribe
Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila
imperial había dominado el valle hasta que a comienzos
del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente
todo el pueblo asistió a la demolición del águila,
símbolo de un poder que se extinguía en el mundo.
Posiblemente también ese mismo día destruyeron
la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía
que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó
el hueco que el águila había dejado y después
localizó la fecha borrosa de la fundación del
Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros
propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos,
una leyenda negra” (13).
Escribe Luis León: “El
holocausto que impactó de lleno en todas las comunidades
ashkenazíes de Europa, golpeó también a
los sefaradíes de Grecia y los Balcanes. Por eso las
noticias de los antecedentes que concluyeron con la declaración
de la independencia del Estado de Israel, movilizó a
los djidiós en igual magnitud que a las otras comunidades
judías de Buenos Aires. Un gran acto en el cine Villa
Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas,
aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park..
En esa ocasión, un número importante de djidiós
de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas, desde
las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó
una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos
alrededor del mástil que en esa época se alzaba
en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning, recuerda
‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso
de uno de los escasos edificios de altura de esa época,
mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar
si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años,
iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre
del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa
actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar
hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo
una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia
abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente
para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos’
” (14).
Afirma Carlos Szwarcer: “Pasaron
los años y el Café lzmir se consolidó como
referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba
los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas
con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales
que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente
cubiertas por banderas de los países vencedores de la
contienda” (15).
Con respecto a lo que acontecía
en España -relata Ema Wolf-, en América, las opiniones
estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación
Patriótica Española. Organizó una bolsa
de trabajo, se ocupó de repatriar a los que carecían
de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos
para que controlaran las condiciones en que se hacían
las travesías. Pero el motivo de su fundación
fue la guerra entre España y Cuba”.
“A mediados de la década
del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió
al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia,
debido a la acción de José Martí y los
grupos de patriotas. La Asociación promovió colectas
para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que
se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo,
no eran unánimes. Dentro de la colectividad había
quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de ‘¡Viva
España!’ y ‘¡Viva Martí!’
se trenzaban los dos bandos en las veredas de la Avenida de
Mayo, y en una oportunidad volaron como proyectiles las sillas
y mesas del café Tortoni. Cuarenta años más
tarde, cuando la Guerra Civil partió a España
en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos.
Nada de lo que sucedía allá resultaba indiferente
a esta especie de sucursal de la península”.
“Al ser bombardeado en la bahía
de La Habana el acorazado Maine, de la marina de los Estados
Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir
en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada,
ya no pudo defenderse. Los españoles en la Argentina
manifestaron su indignación en mítines callejeros
agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y suscripciones,
la Asociación Patriótica logró reunir fondos
para adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la
Plata, que donó a la armada de su país. Pero el
enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España
resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano”
(16).
Los españoles inmigrantes se
organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta
Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil,
Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus
hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria.
Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives
en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park”
(17).
Helvio Botana escribe en sus memorias:
“mi padre convirtió la guerra española en
problema argentino, pues así se lo tomó... Por
influjo de Crítica nuestra población tomó
partido a favor o en contra de Franco. Así fue, en toda
la República una beligerancia polémica nos invadió.
Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos,
abnegados y aprovechados. El ‘no te metás’
desapareció. La Argentina vibró y se vivió
pasionalmente un suceso que fue nuestro” (18).
Rodolfo Alonso recuerda que en el medio
en el que él vivía “se hablaba de lo que
ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían
nada menos que la guerra civil española y el nazismo-
o en nuestro propio país, este último vivido más
bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior”
(19).
Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo
era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida
cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado
de que la Guerra Civil también se libró en mi
casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita,
el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra
en las Canarias y ésa fue la señal para que el
18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de
1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó.
En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal,
la mitad de España moría, muerta por la otra mitad.
No sabíamos que había comenzado la matanza y ese
día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos
tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo,
Chichita y yo supimos el día final porque entró
Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en
el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y
yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que
sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el
silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en
las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo
no tenía con quién jugar” (20).
Llorarían asimismo los padres
de María Rosa Lojo, autora de Canción perdida
en Buenos Aires al Oeste, quien se define como “la primera
generación argentina nacida de una pareja de exiliados
durante la Guerra Civil”(21).
En 1982, la guerra, que parecía
tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En “La
noche de la cruz de plata”, Jorge Torres Zavaleta evoca
otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia
inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente
el hijo que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se
alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando
contra los soldados de la nación de sus padres. Miss
Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó
que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían
mutilado” (22).
En Latas de cerveza en el Río
de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con
el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que
oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata
el protagonista: “Aunque no podía verle la cara
al gallego porque me había quedado esperando en la planta
baja, oía su voz retumbando a través de la escalera
y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una
lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (23).
El festejo del inicio de la Guerra
de las Malvinas irrita a un italiano. En “16 de Junio
de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la
Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen
en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas
celestes y blancas se convertían ese atardecer en la
violada utilería de una puesta de teatro del absurdo
y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un
conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían,
ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos
en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia
horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo
al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba
en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?”
y pensé, cincuenta años en este país, pero
no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno,
creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor”
(24).
Notas
1 Boulgourdjian-Toufeksian,
Nélida: EL GENOCIDIO ARMENIO en la prensa argentina.
Tomo II 1901-1915. 350 pp. Buenos Aires, Unión General
Armenia de Beneficencia, 2005.
2 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante.
Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
3 Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”,
en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.
4 García, Griselda. Poema inédito.
5 Silber, Marcos: Doloratas. Buenos Aires,
Milá, 2001. (en colaboración con Carlos Levy).
6 Fernández Díaz, Jorge: “Marcos
Aguinis. Un hombre del Renacimiento”, Fotos: Daniel Merle,
en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.
7 Manzur, Norma: Lazos y Nudos. Cuentos, Buenos
Aires, Editorial Milá, 2003.
8 Wang, Diana: “La segunda generación
de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio”,
en Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida; Toufeksian, Juan
Carlos y Alemian, Carlos (eds.): Análisis de prácticas
genocidas Actas del IV Encuentro sobre Genocidio. Buenos Aires,
Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004.
9 Goldberg, Mauricio: op. cit..
10 Sifrim, Mónica: Novela familiar.
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1990.
11 Jorgi, Sebastián: “Tardes
del Lorraine”, en Tardes del Lorraine. Buenos Aires, Ediciones
del Valle, 1996.
12 Fondevila, Fabiana: “Los personajes
del año”, en Clarín Viva, Buenos Aires,
8 de diciembre de 2002.
13 Gusmán, Luis: Hotel Edén.
Buenos Aires, Norma, 1999. 246 pp.
14 León, Luis: “Recuerdos de
la partición”, en SEFARaires, N° 13, Mayo de
2003.
15 Szwarcer, Carlos: “El café
Izmir”, en Todo es historia, N° 422, Septiembre de
2002.
16 Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran
inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
17 Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”,
en Viajero Celta, Buenos Aires, Año I N° 9, Julio
de 1996.
18 Botana, Helvio: Memorias. Tras los dientes
del perro. Buenos Aires, 1977.
19 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia
de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. Vol. VI
(Capítulo).
20 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro.
Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
21 Lojo, María Rosa: Canción
perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero,
1987.
22 Torres Zavaleta, Jorge: El palacio de verano.
Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
23 Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en
el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995.
229 pp.
24 Flores, Marili: “16 de Junio de 1982”,
en www.elmuro.com
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